El informe de Anthropic sobre empleo y AI no menciona a los diseñadores. Eso también es un dato.

La semana pasada Anthropic publicó un informe sobre el impacto de la IA en el mercado laboral. Lo comparto aquí porque juego en casa: es un informe de la empresa que hace Claude, y lo he leído con bastante atención porque el tema me afecta directamente, tanto como profesional como como persona que lleva un equipo de diseño e investigación. Spoiler: no se menciona el diseño ni la UX.

Ilustración de Hugo Tobio

El informe es serio. Metodológicamente está muy cuidado, y parte de algo que para mí es relevante y definitorio: datos reales de uso y no especulación. Introduce además una distinción que me parece importante y que pocas veces se hace bien: no es lo mismo lo que la IA puede hacer en teoría, que lo que realmente se está usando en contextos profesionales. Esa diferencia tiene consecuencias.

Pero para ser honesto, lo primero que me ha llamado la atención es esto: los diez empleos con mayor exposición que identifica el informe son programadores, representantes de atención al cliente, analistas financieros, contables, técnicos en estadística, redactores técnicos, correctores y maquetadores, agentes de ventas de seguros, asistentes legales y operadores de entrada de datos.

El diseño digital y la experiencia de usuario no aparecen. Ni en el top diez ni, que yo haya visto, de forma relevante en ningún otro punto del informe.

La tentación de respirar tranquilo

La primera lectura es muy cómoda: si no estamos entre los más expuestos, estamos a salvo. O por lo menos eso es lo que la lógica nos invitaría a pensar. Yo mismo he tenido ese pensamiento dos segundos antes de frenarlo.

Porque el informe mide lo que ya está pasando, no lo que está a punto de pasar. Y el diseño y la investigación con usuarios son disciplinas cuya automatización es, por su propia naturaleza, más difícil de detectar en los datos de uso actuales. Las tareas que son más mecánicas ya las estamos delegando a la IA de forma discreta: generación de variantes visuales, síntesis preliminar de entrevistas, redacción de guías de usuario, wireframes de baja fidelidad o clusterización de datos cualitativos. Pero esas tareas no aparecen en los datos de uso como diseño UX automatizado, sino que aparecen como productividad general.

El propio informe reconoce que la cobertura observada es una sólo una parte de la capacidad teórica. En las categorías de informática y matemáticas, por ejemplo, la IA sólo cubre el 33% de lo que teóricamente podría cubrir. Esa brecha entendemos que se irá cerrando. Y cuando se cierre, no todos los roles tendrán el mismo margen de maniobra.

El problema del catálogo de tareas

El estudio se apoya en el catálogo O*NET para clasificar las tareas por ocupación. Es una base de datos razonablemente buena para empleos consolidados. Para el diseño de producto y la investigación de usuarios es, sin embargo, bastante deficiente.

Las tareas más sofisticadas de nuestra disciplina, las que combinan el juicio estratégico, la mediación organizativa y la síntesis de evidencia compleja, no están bien representadas. Eso significa que el informe nos puede estar subestimando como disciplina porque no tiene buenos datos de partida sobre qué hacemos.

No es una crítica al informe, aunque podría serlo. Es también una característica del sector: somos disciplinas relativamente jóvenes que estamos mal categorizadas en los sistemas de clasificación ocupacional tradicionales. Y eso tiene consecuencias cuando alguien intenta medir nuestro riesgo con herramientas diseñadas para empleos más consolidados.

Lo que sí dice el informe, aunque no hable de nosotros

Hay un dato que me ha dejado un poco así más que ningún otro. El grupo más expuesto a la IA tiende a ser más formado, mejor pagado y con mayor proporción de mujeres. Ese perfil describe razonablemente bien a un diseñador senior o a un UX researcher de nivel medio-alto en una empresa de tecnología o en una consultora.

El informe no dice que los diseñadores estén en riesgo. Pero el perfil sociodemográfico del trabajador más expuesto coincide, en varios aspectos, con el nuestro. Así que aquí deberíamos dejar una señal de alerta para que luego no vengan los lloros.

Lo que nadie va a hacer por nosotros

La ausencia explícita de nuestra disciplina en este ranking no es una señal de inmunidad o por lo menos no deberíamos tomarlo como algo así. Es una invitación a hacer el trabajo que este informe no ha podido hacer: analizar qué tareas del diseño y de investigación con usuarios se están automatizando ya, cuáles son teóricamente automatizables a corto plazo, y cuáles necesitan del tipo de juicio que los modelos actuales no replican de forma fiable.

Ese análisis no lo va a hacer ningún informe macroeconómico. De hecho este informe de Anthropic es buena prueba de ello. Es un buen informe, mucha gente lo está considerando como referencia y ahí no aparecemos.


El informe completo está en anthropic.com/research/labor-market-impacts. Vale la pena leerlo entero.

El silencio como respuesta

Tengo una relación extraña con el silencio. Siempre la he tenido. Cuando lo recibo, me cuesta. Cuando lo doy, me pesa. Y sin embargo, mira tú qué cosas, cuantos más años cumplo, más lo entiendo como el espacio de descanso más honesto que existe. Para mí, el silencio personal es paz. No un silencio incómodo, sino uno que llega cuando las cosas están en su sitio. Un punto de llegada, no de huida. El confort más absoluto que conozco. Pero el silencio, como casi todo, tiene otra cara, que es la que se produce entre personas.

Ilustración de Hugo Tobio

El silencio administrativo me lo explicó todo

Estudié Trabajo Social, eso lo he contado varias veces. En una de esas asignaturas que parecen áridas desde fuera, Derecho Administrativo, aprendí un concepto que me pareció fascinante desde el primer momento: el silencio administrativo. La idea de que una Administración que no contesta en un plazo determinado está, en realidad, contestando. Positivo o negativo, pero contestando.

Me quedé con esa idea. No porque me importara especialmente el derecho público en aquel momento (estamos hablando de 1995), sino porque nombraba algo que intuía de forma difusa. El silencio no es ausencia de respuesta. Es una respuesta en sí misma. Una forma de comunicación que funciona, aunque nadie la haya acordado.

Cuando me lo hacen a mí

En el mundo profesional, el silencio lo he recibido muchas veces. Personas a las que contactas con una propuesta, una consulta, un mensaje al que le has puesto mucho cuidado. Y no responden. No dicen que no. No dicen que sí. No dicen que están ocupadas o que no les interesa. Simplemente, no dicen nada.

Durante mucho tiempo, ese silencio me ha generado malestar, siendo muy diplomático en mi expresión. Una especie de incomodidad que no sabía bien dónde colocar. Son incontables las veces en las que me he formulado preguntas como estas. ¿He hecho algo mal? ¿La propuesta no era buena? ¿Me habrán leído siquiera?

Con el tiempo he aprendido a leerlo de otra manera. El silencio de quien no contesta también dice algo. Dice que en este momento no hay espacio, o que no hay interés, o que contestar es más complicado que callar. No siempre es educado. No siempre es amable. Pero es real. Y es lo que hay.

Cuando lo practico yo

Y entonces llegó el momento más incómodo de este aprendizaje: darme cuenta de que yo también lo hacía.

Hay mensajes que recibo y no contesto. No siempre por dejadez, aunque a veces también. A veces porque no sé qué decir. A veces porque la respuesta honesta sería demasiado directa y prefiero que el tiempo lo resuelva. A veces porque, en el fondo, mi silencio ya es la respuesta, y decirlo con palabras no añadiría nada útil para ninguno de los dos.

Cuando me di cuenta de esto, de alguna manera algo encajó. No me liberé de la incomodidad de recibirlo, ni de coña, pero sí cerré un círculo que llevaba abierto mucho tiempo. No podía seguir molestándome con quienes me callaban si yo mismo lo hacía, consciente o no.

Ese cierre fue, paradójicamente, un acto de paz.

Una herramienta que no me gusta pero que uso

Lo que me parece honesto decir es esto: el silencio como herramienta de comunicación profesional no me gusta. Me parece imperfecto. Deja demasiado espacio a la interpretación, demasiada carga emocional en quien lo recibe, demasiada ambigüedad en una relación que podría resolverse con dos líneas. Y de alguna manera no puedo evitar que me parezca algo injusto.

Y, sin embargo, lo uso. A veces de manera inconsciente, otras con plena conciencia de lo que estoy haciendo. Es parte de un sistema que todos conocemos, que todos practicamos, y que muy pocos nombramos con claridad. Incluso ahora mismo escribiéndolo me estoy sintiendo extraño.

No creo que sea lo mejor. Creo que hay mucho silencio profesional que podría sustituirse por un ahora mismo no puedo o un esto no encaja con lo que necesito que sería mucho más útil para todos. Pero entiendo por qué no ocurre así. Contestar a veces cuesta. El silencio, al menos en el momento en que se produce, no.

Lo que el silencio me ha enseñado

Cuantos más años pasan, más espacio le doy al silencio como estado propio. Al silencio que elijo, al que me nutre, al que me permite pensar sin ruido. Y me encanta cuando eso sucede. Soy incapaz de explicar por qué, pero es así.

Y, cuidado, más tranquilidad tengo también con el silencio de los demás. No porque me parezca ideal. Sino porque lo entiendo como parte de la condición humana: la dificultad de decir las cosas difíciles, de cerrar conversaciones que uno preferiría que se cierren solas.

El silencio es, en ese sentido, algo así como un espejo. Me dice tanto de quien lo practica como de mí mismo cuando lo recibo. Y cuando aprendes a leerlo sin proyectar demasiado, se vuelve más manejable.

No deja de ser incómodo. Pero ya no me descoloca. Ya no. Pero eso no significa que no siga generándome un cierto grado de fricción.

Diseñar para dos tipos de usuarios: personas y máquinas

Addy Osmani ha publicado hoy el Google Workspace CLI con una frase que se me ha quedado dando vueltas en la cabeza: “built for humans and agents”. Cuarenta y tantas agent skills incluidas, acceso a Drive, Gmail, Calendar. Una herramienta de línea de comandos que sirve a dos amos a la vez. Trabajando para Platzi. Aprendí la expresión de dos collares para un perro no sirven, pero vamos a ver qué pasa con esto, porque satisfacer a personas y a máquinas a la vez.

Ilustración de Hugo Tobio

Soy muy fan de la línea de comando (CLI). Siempre lo he sido. Hay algo en la austeridad de la terminal, en esa interfaz que exige precisión y te devuelve potencia, que me resulta tremendamente satisfactorio. Pero más allá de mi entusiasmo por el producto en concreto, ese anuncio plantea algo que llevaba tiempo masticando y que creo que todavía no hemos elaborado bien desde el diseño de producto.

Estamos entrando en una fase en la que los productos digitales tienen dos tipos de usuario radicalmente distintos: personas y agentes de IA. Y esto no es una extensión de aquello que llevamos quince años repitiendo sobre escribir contenido para personas y escribir para motores de búsqueda. Eso era semántica, era estructura, era accesibilidad para crawlers. Lo que está pasando ahora es cualitativamente diferente: hablamos de funcionalidad para personas y funcionalidad para máquinas. De valor para personas y valor para máquinas. De dos modelos mentales completamente distintos que un mismo sistema tiene que satisfacer.

Esto, como cualquiera, se puede imaginar, cambia bastante las cosas. Veamos cómo.

Escenario 1. La interfaz bifurcada: personas y máquinas

El escenario más inmediato que se nos puede venir a la cabeza es el de los productos que desarrollan dos capas de interacción bien diferenciadas: una GUI pensada para el flujo cognitivo humano y una API o CLI optimizada para el consumo programático por parte de agentes. No es nada nuevo en términos técnicos, pero sí lo es en términos de intencionalidad de diseño. Es una forma muy políticamente correcta de hacer autocrítica, que buenas falta nos hace.

Hasta ahora, las APIs eran un subproducto del producto. Se construían para que terceros integraran, para automatizar y para conectar. Ahora tenemos que diseñarlas con la misma atención que una pantalla o un proceso de onboarding, porque el agente que las consume toma decisiones a partir de su estructura, de su naming, de su jerarquía de endpoints. Si el modelo mental de la API es confuso, el agente cometerá errores. La calidad del diseño de la interfaz de máquina tiene consecuencias directas en el comportamiento del sistema. Todo eso, pero también consecuencias en los resultados.

Esto exige que los equipos de producto empecemos a razonar en términos de agent experience design, no solo de user experience design.

Escenario 2. Diseño de producto que aprende y toma decisiones

El segundo escenario es más interesante y más inquietante al mismo tiempo. Son los productos que no sólo exponen funcionalidad para agentes, sino que incorporan agentes como parte de su arquitectura interna. El propio producto toma decisiones, ejecuta tareas, actúa con autonomía parcial.

Aquí el reto de diseño es de otra naturaleza: ¿cómo diseñamos la transparencia de un sistema que actúa por su cuenta? ¿Cómo comunicamos a una persona que algo ha pasado sin que ella lo haya pedido explícitamente? ¿Le pedimos permiso? ¿Cuál es el modelo de confianza correcto entre el usuario y un agente que trabaja en su nombre? ¿Quieren/queremos las personas que esto sea posible?

La interacción ya no es siempre reactiva sobre este contexto. El producto puede tomar la iniciativa. Y eso requiere un nivel de diseño agéntico que apenas hemos empezado a explorar: cuándo interrumpir, cuándo notificar, cuándo actuar en silencio, cuándo pedir confirmación. Patrones de diseño que no existen todavía de manera consolidada en ningún sistema de diseño que yo conozca.

Escenario 3. El producto cuya interfaz principal es el lenguaje natural

El tercer escenario es el más radical. Hay productos donde la interfaz para las personas empieza a ser el lenguaje natural, y la interfaz para las máquinas es exactamente la misma. El prompt es la UI. El contexto que se pasa al modelo es el diseño de la experiencia.

Esto le pega una patada al tablero de trabajo en forma de décadas de práctica. En UX llevamos años construyendo la idea de que una buena interfaz es aquella que no requiere instrucciones, que es intuitiva, que guía sin esfuerzo. En un sistema conversacional basado en lenguaje natural, la interfaz eres tú explicándote. La fricción no desaparece, se desplaza: ya no está en entender el menú, está en formular bien lo que quieres. Es un poco aquel meme que decía hace un año y medio que la inteligencia artificial no nos quitará el trabajo a los diseñadores, sino que obligará a los clientes a saber lo que quieren para poder pedírselo a ChatGPT.

Para el diseño de producto, esto implica que el trabajo no desaparece, sino que muta (el meme). Alguien tiene que diseñar la arquitectura del sistema de prompts, los límites agénticos del modelo, los mensajes de error y los flujos de recuperación para cuando la intención inicial expresada no se interpreta correctamente. Es diseño de experiencia, pero con una gramática nueva.


No sé cuál de estos tres escenarios va a dominar. Probablemente los tres coexistan, como coexisten hoy la web, la app móvil y la API en un mismo ecosistema de producto. O quizá no. No lo sabemos ni tenemos la bola de cristal para saberlo. Lo que sí tengo claro es que el diseño de producto que ignora al usuario máquina está tomando decisiones con información incompleta.

Addy Osmani ha llamado a su herramienta “built for humans and agents” con una naturalidad que me ha parecido reveladora. No como novedad, sino como requisito. Como si fuera lo mínimo exigible.

Puede que tenga razón.

Cuando emprender se pone feo: la suerte nos pilla trabajando

Llevo unas semanas en una de esas rachas que no tienen un nombre dramático ni una causa única. Sólo una acumulación silenciosa de cosas que no acaban de cuajar: propuestas que no progresan, conversaciones que se enfrían, proyectos que tardan más de lo esperado en arrancar. Días que pasan y en los que ninguna de las cosas en las que pones energía da el resultado que necesitas. Días en los que emprender se pone feo y además de trabajo, se necesita suerte para capear el temporal.

Ilustración de Hugo Tobio

Sé que hay quien me diría, con la mejor de las intenciones, que esto no se escribe. Que un CEO no debería compartir que está pasando una racha regular. Que hay que proyectar solidez, confianza, imagen. Llevo casi dieciocho años haciéndolo a mi manera, que es exactamente la contraria: mostrar lo que hay. Y la verdad es que puedo decir que me ha ido bien.

Lo cuento y lo comparto por aquí porque creo que es útil. Porque sé, con la certeza que da el tiempo y la experiencia, que esto es temporal. Y porque si alguien está pasando por algo parecido, que sepa que forma parte del oficio.

El sesgo negativo y el efecto LinkedIn

Lo que pasa en estas etapas no es que todo vaya mal. Lo que pasa es que el sesgo negativo se apodera de la lectura que haces de lo que pasa. Las malas noticias pesan más que las buenas. Las cosas que no salen ocupan más espacio mental que las que sí avanzan. Es como decir todo mal sin esperar que sea así, pero resultando ser un poco así.

A eso hay que añadirle el efecto LinkedIn. Abres el feed y ves crecimiento, nuevos clientes, equipos que se amplían, proyectos que se lanzan. Todo el mundo parece estar haciéndolo bien. Y tú llevas semanas sintiéndote como si lo estuvieras haciendo todo regular. Lo he leído en algunos comentarios de TikTok y me ha hecho mucha gracia: la vida es una sopa y yo soy un tenedor. Esa sensación.

Sé que es una ilusión. Nadie, o casi nadie, publica sus rachas malas. Pero saberlo no te libra completamente de esa sensación. Al menos, cuando ya has pasado por esto varias veces, tienes la ventaja de reconocerlo. Sabes que es temporal. Sabes que hay un sesgo operando. Y esa certeza, con el tiempo, se convierte en un ancla muy sólida. Un perfecto sustituto de cualquier química para conciliar el sueño.

Olvidar la guerra y ganar batallas pequeñas

Mi tendencia en estas fases es obsesionarme con el objetivo final. Ver todo el camino que queda, todo lo que falta, toda la distancia entre donde estoy y donde quiero estar. Y eso, amigos, paraliza. Y lo hace porque el objetivo final, en ese estado mental, tendemos a percibirlo como inalcanzable.

Lo que me funciona, y lo que he aprendido a fuerza de repetir este ciclo más veces de las que me gustaría, es exactamente lo contrario: olvidarme de la guerra y centrarme en las batallas pequeñas. En las batallitas, incluso.

Descomponer el problema en tareas concretas y alcanzables tiene varias consecuencias que se retroalimentan. Interrumpe el ciclo de pensamiento rumiante. Me obliga a moverme, a no pararme. Y sobre todo, me permite empezar a acumular victorias pequeñas, que son las que reconstruyen la confianza cuando las grandes todavía no han llegado.

Enviar ese correo de seguimiento que llevo días posponiendo es una batalla pequeña. Retomar una conversación con un contacto que quedó en el aire. Redactar una propuesta pendiente. Nada de esto parece heroico. Pero cada cosa completada reconforta, devuelve motivación y da impulso para continuar.

El rumbo es lo que no cambia

Hay algo que he aprendido con el tiempo y que en los momentos difíciles es lo más valioso que tengo: saber a dónde voy. No con arrogancia ni bravuconería, sino con convicción. Torresburriel Estudio tiene quince años, ha sobrevivido crisis económicas, pandemias y transformaciones profundas del sector. No por suerte, sino porque hay un rumbo claro y una forma de hacer las cosas que no negociamos cuando el contexto se complica. Y os aseguro que el paso del tiempo nos ha retado en más de una ocasión. Pero amigos, yo soy aragonés y tengo la cabeza muy dura. Y no es broma.

Eso, básicamente, es lo que impide que una racha mala o una racha regular, se convierta en una crisis de identidad. Cuando sabes por qué haces lo que haces y en qué dirección vas, las semanas complicadas son eso: semanas complicadas. No señales de que te has equivocado de camino.

La suerte viene a buscarte cuando te mueves

Hay algo que también he comprobado varias veces y que no termina de dejar de sorprenderme: cuando estás en el barro pero sigues moviéndote, la suerte suele aparecer cuando menos la esperas. No porque exista ninguna magia, sino porque el movimiento genera oportunidades y la quietud no genera ninguna. Es eso de que la suerte te suele pillar trabajando.

El secreto no es especialmente sofisticado: esfuerzo, constancia y no perder de vista el rumbo. Especialmente cuando los árboles no te dejan ver el bosque y el síndrome del impostor llama a la puerta trayendo a toda su familia.

A veces emprender es saber estar en el barro sin quedarte a vivir en él. Y tener la honestidad, contigo mismo y con los demás, de reconocer que el barro existe. Eso no es una debilidad. Eso es oficio.

El valor del trabajo

No tenía previsto escribir nada hoy sábado. Pero hay días en los que las cosas se acumulan por dentro y la única forma de sacarlas es sentarse delante del ordenador y teclear. Y hoy es uno de esos días. Llevo meses madurando algo que suena muy de señor de 53 años, lo sé, pero que necesito poner en palabras: el valor del trabajo.

De dónde vengo

Soy generación X. Legítimo y orgulloso representante. Me he criado, me he socializado y he aprendido dentro de un contexto muy determinado. Hijo de padres emigrantes, de aquellos que hicieron el camino del campo a la ciudad. Me he educado gracias a la existencia de la educación pública. He ido a la universidad. Me he insertado como he podido en el mercado de trabajo. Con un esfuerzo que no voy a calificar de heroico, pero sí de considerable, he montado mi empresa y la he hecho crecer modestamente. Y ahora puedo decir que me va bien.

Pero las cosas no son tan sencillas como ese resumen.

He visto en primera fila cómo mis padres han trabajado como animales para sacar adelante una familia. Con unos pequeños ahorros. Con el típico colchón por si acaso. He conocido el significado real del pluriempleo encarnado en mi propia familia. Sí, eso de terminar una jornada de trabajo y empezar otra, porque ahí estaba la diferencia entre llegar y no llegar.

Y todo eso lo he contemplado sin haber escuchado una queja. Sin haber presenciado un reproche. Más bien al contrario: confirmando e insistiendo en la idea compartida de que las cosas se consiguen con trabajo y con esfuerzo. También con suerte, sí, pero sobre todo con trabajo y con esfuerzo. Y lo que se consigue no son grandes cosas. Son cosas. Pequeñas. Modestas. Alcanzables. Y eso, con suerte.

Gallinas que entran por gallinas que salen

Es muy sencillo. La clave siempre ha sido que entren muchas más gallinas de las que salen. Y eso se hace con esfuerzo, pero sobre todo con sacrificio. Con privaciones. Con saber priorizar. Y con más privaciones. No es tan difícil de entender, aunque es tremendamente costoso de ejecutar.

Por qué escribo esto un sábado por la noche

Comparto todo esto porque estoy harto. Más que harto: cansado, aburrido y hastiado de leer estupideces en redes sociales acerca del valor del trabajo, del esfuerzo, de la meritocracia y, en general, de cómo enfocar la acción profesional. Consejos de gente que no ha puesto un euro encima de una mesa, que no ha firmado una nómina, que no ha pasado un mes sin dormir pensando en si cuadraban los números.

Y me siento absolutamente legitimado para hablar de esto. Porque soy un tipo de barrio. De familia de clase trabajadora. He montado mi empresa y la he hecho crecer muy modestamente. Sin ninguna ayuda. Sin socios. Sin inversores. Sin financiadores. Todo a pulmón. Cero pelotazos. Cero humo. Es lo que sé hacer y es lo que he hecho.

Creo que va siendo hora de que volvamos a reivindicar el valor del trabajo. El valor del esfuerzo. El valor del ahorro. La metodología, si se le puede llamar así, basada en esforzarse, en trabajar, en optimizar cada unidad mínima de recursos que están de nuestro lado, y en tener la certeza de que se está haciendo lo correcto. Porque además, toda esa acción desprende y se rodea de unos valores necesarios, convenientes, razonables y válidos.

No lo damos por sabido

A veces, por dar por sabidas las cosas, no las compartimos. No las describimos como merecen. Y esta es importante. Para mí, mucho.

Ideal para un sábado por la noche en un blog en el que siempre hablo de tecnología, de negocios y de movidas de este estilo. Pero aquí somos personas que tenemos nuestro contexto, nuestro background, que venimos de donde venimos. Y que nunca, nunca, lo olvidamos.

Decálogo para abordar tu primer proyecto de Vibe Coding

Hoy le he contado a alguien en una conversación cuál es la experiencia que tenemos en el Estudio para trabajar con herramientas de inteligencia artificial en el ámbito del diseño de producto y la investigación con usuarios. Normalmente cuando salgo de las reuniones de trabajo me tomo unas notas de voz para después ordenar mis ideas. Y este es el resultado de la evolución de una de esas ideas. Algo así como un decálogo para abordar un proyecto de Vibe Coding para diseño de producto.

Lo comparto porque seguro que alguien le puede servir o de inspiración o de guía.

Define el problema antes de abrir la herramienta

Parece obvio pero no lo es. La tentación de lanzarte a escribir prompts es muy grande. Pero si no tienes claro qué problema resuelves, para quién y en qué contexto, vas a construir una solución en busca de problema. Eso no es producto, eso es entretenimiento. Que no está mal, pero es otra cosa.

Empieza en pequeño

Tu primera aplicación no tiene que ser un SaaS con autenticación, base de datos, pagos y notificaciones. Tiene que ser algo simple, que funcione, que puedas usar tú mismo mañana. Una sola funcionalidad, bien resuelta. Todo lo demás vendrá después, si es que tiene que venir.

Escribe un brief de producto, no una lista de funcionalidades

Antes de hablar con la IA, escribe en un documento quién va a usar esto, en qué situación, qué necesita resolver y cuáles son los criterios de éxito. Ese documento es tu ancla. Es la fuente de la verdad. Cada vez que la herramienta te proponga algo brillante pero innecesario, que sucederá, vuelves a él.

Elige una sola herramienta y aprende a dominarla. Lovable, Mocha, Cursor… da igual

Lo peor que puedes hacer es saltar de una a otra buscando la perfecta. Cada herramienta tiene su lógica, su forma de conversar, sus limitaciones. Necesitas tiempo para entenderla. Elige una y quédate con ella hasta que la conozcas de verdad. Lleva tiempo. Yo la que más a menudo utilizo es Mocha.

Trata la conversación con la IA como un proceso de diseño

Esto no va de dar una orden y esperar un resultado mágico. Esto es iterar. Pides, revisas, ajustas, vuelves a pedir. Y vuelves a empezar. Exactamente igual que cuando haces un prototipo con un equipo de desarrollo. La diferencia aquí es la velocidad, no tanto la naturaleza del proceso.

No aceptes el primer resultado visual

Las herramientas de las que estamos hablando generan interfaces que se parecen todas entre sí. Si te quedas con lo que sale por defecto, tu aplicación será una más del montón. Invierte tiempo en la dirección visual: referencias, paletas, tipografías, densidad de información. El criterio estético es tuyo, no de la máquina. Por mucho que parezca que lo va a hacer bien, el resultado será infinitamente mejor si guías a la herramienta.

Prepárate para lo que no se ve

Autenticación, gestión de errores, estados vacíos, persistencia de datos, permisos, rendimiento, edge cases. La parte invisible del producto es la que marca la diferencia entre algo que funciona en una demo y algo que puedes usar de verdad todos los días. Esto es lo que más vas a aprender, y lo que más te va a cambiar la perspectiva. Y si no te lo crees, pruébalo y verás. Eso sí, quizá que tengas que googlear para aprender a manejar algunos conceptos, pero de eso se trata. Esto es un proceso de aprendizaje.

Documenta lo que haces y lo que aprendes

No para publicarlo (aunque puedes hacerlo si quieres), sino para ti. Qué prompts funcionan, qué errores aparecen de manera recurrente, qué decisiones tomas y por qué. Esa documentación es tu verdadero aprendizaje, no tanto la aplicación en sí.

Usa tu propia aplicación

Parece una tontería, pero muchos proyectos personales se abandonan el día que se terminan. Úsala. Todos los días si puedes, mejor. Ahí es donde descubres los problemas reales, donde el diseño confronta con el uso y donde aprendes que construir producto no es sólo lanzar, es mantener.

Recuerda que la herramienta ejecuta, pero el criterio es tuyo. Esto es lo más importante

La IA no tienen ni la más remota idea acerca de si tu producto tiene sentido, si resuelve una necesidad real, si la arquitectura de información es coherente o si la experiencia es buena. Eso lo sabes tú. Y solamente tú. El conocimiento profesional (de diseño, de investigación con usuarios, de producto) es lo que convierte el vibe coding en algo útil de verdad, y no en un juguete con el que pasar el rato.


Esto es lo que he aprendido, después de muchos, muchos meses de trabajo intenso, de pruebas, de aprendizajes, de equivocarme, de sorprenderme, de disfrutar y ahora mismo de compartir.

La privacidad tiene un problema de diseño

Quienes me leéis sabéis que desde hace unos meses estoy alternando el uso de dos tipos aplicaciones. Por una parte las que todo el mundo usa, las que se actualizan cada dos semanas, las que tienen una feature para cada cosa que se te ocurra y para tres que no se te habían ocurrido, y por otro, esas herramientas que casi nadie conoce, que respetan escrupulosamente tu privacidad, que no venden tus datos ni los almacenan en servidores de terceros, pero que a veces tiene uno la sensación como si estuviera usando software de 2014. Spoiler: estamos hablando de privacidad y diseño.

Ilustración de Hugo Tobio

La conclusión a la que llego, después de un par de meses conviviendo con ambos ecosistemas, no es la que esperaba ni tampoco me está suponiendo una gran sorpresa.

El problema no es la privacidad, es la experiencia

Las herramientas mainstream como Google, Microsoft, Notion o Slack, tienen equipos muy grandes iterando sobre la experiencia de uso prácticamente cada semana. Eso se nota mucho en detalles como los flujos, que están bastante pulidos (hay excepciones, pero generalmente es así), las integraciones funcionan o el onboarding, que es casi invisible. Pero claro, el precio que pagamos no es económico: es nuestra información, nuestros patrones de uso, nuestra atención convertida en producto.

Las alternativas respetuosas con la privacidad como Proton, Ulysses o Signal parten de una premisa técnica y ética impecable. Pero, y este es el tena en cuestión, muchas de ellas arrastran una deuda de diseño considerable. Y no hablo sólo de interfaces menos bonitas. Hablo de fricciones innecesarias, de flujos que no se han pensado desde el usuario, de funcionalidades que llegan tarde o que nunca llegan.

Una propuesta desde el diseño

El sector de la privacidad digital necesita incorporar estrategia de diseño con la misma urgencia con la que incorporó el cifrado de extremo a extremo, por poner un ejemplo. Esto implica cosas concretas: investigación con usuarios reales, no solamente con early adopters técnicos; pero también ciclos de iteración más cortos aunque los equipos sean pequeños; y sobre todo, dejar de asumir que el usuario que elige privacidad está dispuesto a sacrificar experiencia de uso para siempre.

Para las herramientas mainstream, la propuesta es distinta pero igual de necesaria: transparencia real sobre qué datos se recogen y para qué, controles de privacidad que no estén enterrados en submenús, y dejar de usar patrones oscuros para mantener al usuario dentro del ecosistema.

La privacidad no debería ser un sacrificio en la experiencia de uso. Y la buena experiencia de uso no debería costar tu privacidad. Que en 2026 sigamos tratando esto como un dilema dice bastante de lo poco que hemos avanzado.

La industria no necesita más software

Esta semana hemos estado tomando un café con uno de nuestros socios de DANOK. Bueno, un café, se ha alargado seis horas. Aquí las cosas las hacemos bien o no las hacemos. La cuestión es que estábamos explorando oportunidades. Hablando, hablando, ha salido el tema del sector industrial, ese mundo de la energía, la automoción y la aeronáutica donde, a veces, parece que el tiempo se detuvo en Windows 95. Escribo esto y no me quito de la cabeza a Steve Ballmer bailando enloquecido el día de la presentación.

Ilustración de Hugo Tobio

Volviendo a lo concreto de lo que quiero transmitir en este post, siempre me ha flipado bastante la cantidad de aplicaciones Frankenstein que sobreviven en plantas de montaje y centros logísticos. Herramientas que valen una pasta, que son críticas para que el mundo no se detenga, pero que tienen una UX que parece diseñada por alguien que odia a los operarios y a la clase trabajadora en general.

Sin más lejos, uno de mis primeros trabajos, cuando tenía que combinar el aprender diseño web con FrontPage con algo más que me permitiese tener un suelto medio digno, fue en un taller veterinario, imprimiendo crotales. Os dejo que busquéis qué es eso. La cuestión es que trabajábamos con máquinas, que valían un dineral, controladas por ordenadores con O2/Warp. Y aquello era de todo menos intuitivo. Era un auténtico dolor de cabeza.

El mito del Sistema de Diseño como solución mágica

Ahora está muy de moda decir que un Sistema de Diseño lo arregla todo. «Ponle unos botones bonitos, unifica los colores y ya tienes consistencia«. Mentira.

Un sistema de diseño sin estrategia no es más que una colección de cromos caros. Aquí hemos venido a jugar a otra cosa. En sectores como la construcción o la logística, la consistencia no es una cuestión estética; es una cuestión de supervivencia operativa. Si un ingeniero salta de una aplicación de monitorización de turbinas a una de gestión de activos y el lenguaje visual cambia por completo, estamos comprando papeletas para un error que tarde o temprano calificaríamos como catastrófico. Eso si nadie rompe nada por el camino.

Para que esto funcione, hace falta:

  • Presupuesto real, no migajas. Y observad que esto lo pongo lo primero de todo porque es lo más importante.
  • Voluntad política para romper silos entre departamentos y poder trabajar.
  • Investigación con usuarios que pisan el barro, no sólo con los que llevan corbata. El trabajo de campo se hace, también, en plantas industriales, almacenes, sitios donde hace frío y te llenas de mierda, y se escucha mal porque está todo lleno de ruido.
  • Escuchar la voz del mercado, pero sin olvidar qué necesita el negocio. Que esto es muy del libro, pero también hay que hacerlo.

Ecosistemas vs. Aplicaciones aisladas

Más tarde o más temprano, a través de la experiencia, uno llega a la conclusión de que la clave no es hacer una aplicación mejor o más bonita, sino más bien diseñar el ecosistema. Las empresas industriales están despertando y las que llevan ventaja son las que están trascendiendo la fase inicial de transformación digital: ya no vale con tener parches tecnológicos que nos salven del legacy. Necesitamos una estructura donde los datos fluyan y la interfaz sea invisible porque simplemente funciona.

Optimizar un catálogo (ecosistema) de aplicaciones industriales mediante el Diseño Centrado en el Usuario (UCD) es, en el fondo, un acto de madurez. Es admitir que el software es una herramienta de trabajo y no un obstáculo. Es entender que si el operario de aeronáutica pierde 10 segundos buscando un botón, estás perdiendo dinero, eficiencia y, posiblemente, seguridad.

La IA y el valor del criterio humano

Ahora vamos con otro melón, porque casi todo el mundo está aterrorizado con que la Inteligencia Artificial nos va a quitar el sitio, el trabajo y hasta la razón de ser. Que si la IA diseñará las interfaces, que si generará un sistema de diseño, que si escribirá el código… Me da un poco de vértigo pensarlo (a veces un poco de risa también, la verdad), pero luego me acuerdo de lo más importante: el criterio.

La IA puede ayudarnos a generar mil pantallas en un segundo, pero no tiene ni pajolera idea de por qué un usuario en una plataforma petrolífera prefiere un modo oscuro o por qué la jerarquía visual de una alerta es crítica en ese contexto exacto.

El mantenimiento de los ecosistemas de aplicaciones, basado en el conocimiento real del usuario y la estrategia de crecimiento y actualización, es nuestra mejor receta contra cualquier amenaza. La IA es una herramienta, pero la estrategia de despliegue y aumento de la tasa de adopción y retención siguen siendo propiedad nuestra.

En el título yo quería provocar. La industria no necesita más software, sino que lo que necesita es un ecosistema de aplicaciones consistentes, escalable, que funcione, no dé problemas y sea sostenible.

Cómo hemos elegido competir en el mercado del diseño en España

Ayer tuve una conversación con un profesional del sector. Una de esas conversaciones que, sin pretenderlo, acaban siendo un ejercicio de introspección en voz alta. Y como creo que lo que salió de ahí puede interesar a quien se dedique a esto del diseño y la experiencia de usuario en España, hoy me he decido a compartirlo por aquí, que para eso me he montado este espacio.

Ilustración de Hugo Tobio

El mercado que todos ven (y el que no se ve)

Cualquiera que hable con profesionales del sector en Madrid, se dará cuenta de que la conversación gira casi siempre alrededor de los mismos ejes: las grandes cuentas del Ibex, las consultoras que montan equipos de veinte personas en un cliente, los profesionales que saltan de agencia en agencia, a veces trabajando para el mismo cliente, pero facturando desde sitios distintos, y esa dinámica de inflación salarial que durante un par de años fue champán para todos, alimentada en buena parte por las rondas de inversión de las startups.

Ese es un mercado que es real, es legítimo y, por supuesto, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. No lo juzgo. Pero con la misma firmeza digo que no es el nuestro.

Nosotros, en Torresburriel Estudio, nunca hemos estado en esa fiesta. Ni por elección heroica ni por despecho: simplemente nunca fue nuestro sitio. Y tampoco nos han invitado. No hemos trabajado para las grandes cuentas del Ibex a través de las agencias habituales del circuito. No hemos jugado esa partida. Y con los años, lejos de vivirlo como una carencia, lo hemos convertido en una decisión estratégica consciente.

Lo que significa estar en otra liga

Digo otra liga con mucha intención: no estoy hablando de una liga inferior, sino de una liga distinta. Una liga en la que las reglas son diferentes, los márgenes son otros y las prioridades se ordenan de otra forma.

En nuestra liga, la sostenibilidad manda sobre la expansión, pese a que las pulsiones iniciales siempre tienden a esta última. Prefiero, honestamente, perder talento que no puedo adquirir de forma responsable antes que comprometer la estabilidad de un equipo que lleva años funcionando. Es un poco largo de explicar aquí pero esto es herencia de la filosofía de gestión de talento de Johan Cruyff. Eso al final duele, porque ves pasar trenes delante de tus narices y la tentación de subirse es enorme. Pero la prudencia dice que no vale de nada desvestir un santo para vestir otro. Y como esto lo aprendí hace mucho tiempo, ya no me cuesta demasiado trabajo aplicarlo.

Vamos con unas cuantas preguntas incómodas con respuestas directas. ¿Somos los que mejor pagamos del mercado? No. ¿Publicamos el salario en las ofertas de trabajo? Sí, desde hace unos años. Porque la vida es demasiado corta para perder el tiempo gestionando expectativas que no están alineadas. Si el número no te cuadra, perfecto, lo respeto y no hay drama. Pero nadie pierde el tiempo.

Dónde entregamos más valor

Trabajamos en diseño de aplicaciones. De esto no hablo habitualmente, sobre todo porque no sé muy bien cómo abordarlo. Pero vamos, lo intento. Aplicaciones de ámbito industrial, herramientas internas, back office, esas herramientas que la gente usa para trabajar todos los días y que nadie ve en un portfolio de esos que molan. Y en la combinación de investigación con usuarios y diseño de producto es donde más valor entregamos. También os digo que no es por casualidad, sino por recorrido.

En todo caso, lo curioso es que, aunque desde fuera la percepción pueda ser que somos una agencia de research, la realidad es que siempre hemos trabajado más en diseño. Lo que ocurre es que hemos ido construyendo una reputación en investigación que, honestamente, nos ha posicionado muy bien. Y lo hemos abrazado. Porque tener la capacidad de abordar ambos ámbitos, sin pretender ser unicornios, nos da una versatilidad que el mercado valora. Y me remito a la prueba de los clientes tier 1 para los que trabajamos en ese ámbito.

La inteligencia artificial y las expectativas mal gestionadas

Y luego está el elefante en la habitación. La inteligencia artificial ha generado una expectativa en ciertos perfiles ejecutivos que toman decisiones que, siendo muy políticamente correcto, roza lo mágico. Hay quien piensa que esto de la IA va a resolver de un plumazo buena parte del trabajo de diseño e investigación con usuarios. Lo han visto en una demo, les ha parecido espectacular, y lo quieren en producción para ayer. Os confieso que siempre pienso, cuando escucho eso algo así como:vale, ahora pues lo pones en producción, tal y como salga de la IA.

Pero bueno, luego llega la realidad. Llegan los gaps, los fallos y la complejidad real de los productos digitales que usan personas de verdad, personas normales. Y ahí es donde estaremos, como hemos estado siempre: resolviendo lo que hay que resolver con criterio profesional, con método y con la experiencia de quien lleva quince años en esto (es que es muy fuerte, este año hacemos 15 años como empresa y me parece que el tiempo vuela a una velocidad más rápida de lo que pensaba).

Lo que no cambia

Somos una agencia independiente al 100%. No pertenecemos a ningún grupo. No tenemos inversores. El consejo de administración soy yo. Eso tiene cosas buenas y cosas regulares. La incertidumbre está ahí, claro, pero llevamos tres lustros operando y hemos salido adelante en momentos bastante complicados. Algún día contaré el fatídico viernes en el que perdimos a nuestros dos mejores clientes y casi el 70 % de la facturación.

Lo que no ha cambiado en todo este tiempo es la convicción de que el crecimiento tiene que ser sostenible. Que las personas del equipo importan más que la factura de un mes concreto. Que la independencia se paga con prudencia. Y que en esta liga distinta en la que competimos, las reglas las ponemos nosotros. Bueno vale, no todas, pero una buena parte sí.

Eso, al final, es lo que nos ha permitido seguir aquí.

Hoy me alegro especialmente de tener un blog personal

Hoy es uno de esos días en los que me da un gusto tremendo tener un blog personal. Porque la entrada que estoy escribiendo no tiene una temática concreta, sino que más bien me sirve para expresar y compartir un estado de ánimo.

Ilustración de Hugo Tobio

Y ese estado de ánimo tiene que ver con que llevo unos días lidiando con bastante éxito con un buen montón de temas profesionales. Bueno, lo de bastante éxito es verlo en modo positivo, porque alguna metida de pata hemos tenido, pero en general estoy bastante contento con la forma en la que estamos enfrentando las dificultades del día a día y todos los retos en los que estamos metidos. Que no son pocos, sino más bien todo lo contrario.

Hoy puedo contar que somos los responsables globales, en virtud de un acuerdo firmado con UX-PM y otros agentes, de la promoción y el negocio global de una nueva certificación: la certificación internacional Research Ops. Para nosotros es un hito, y para mí personalmente es un reto y un auténtico placer. Llevo trabajando con UX-PM Global y con la UXalliance desde 2018 y además de que para mí está siendo todo un MBA, el enriquecimiento personal me parece que hubiera sido difícil alcanzarlo o igualarlo de otra forma.

También puedo compartir que la experiencia con la red de partners de DANOK, está siendo espectacular. Y los frutos que estamos recogiendo son mucho mayores de los esperados, incluso en esta primera fase oficial, publica y visible de esta aventura. En fin, que queda muy claro que cuando el camino se recorre con los compañeros adecuados, es más enriquecedor y más divertido.

Y si un día publiqué en LinkedIn, y después también por aquí, que el mes de enero había sido absolutamente retador, complejo, rocoso y complicado, el mes de febrero está siendo el mes de recoger poco a poco los frutos de la resiliencia, la paciencia, el tesón y esa actitud que nos lleva a apretar los dientes, a bajar la cabeza y a continuar un camino que sabemos que es largo, pero que además es voluntario.

En fin, que no sé cómo está quedando o cómo se percibirá el tono de esto que escribo, pero que estoy satisfecho, orgulloso de quienes me acompañan, cansado y preparado para lo siguiente.