Emprender es elegir. También las incomodidades.

Hay algo que me resulta llamativo cuando leo a otros emprendedores, autónomos y empresarios en redes sociales: la queja permanente. Los impuestos, la legislación, el contexto regulatorio, las condiciones laborales. Todo parece estar mal, todo el tiempo.

No digo que lo que denuncian sea mentira. A nadie le gusta cumplir con regulaciones que preferiría no tener. Es incómodo, a veces absurdo, y en ocasiones injusto. Eso es así. Pero también es real que esto es lo que hay.

Cuando decidí emprender, nadie me obligó. De hecho, mi madre me dijo literalmente si había “perdido la cabeza”. Elegí este camino con sus ventajas y con sus inconvenientes. Y una de las cosas que he aprendido con los años es que quejarse de las circunstancias que acompañan a un camino libremente elegido es, cuanto menos, poco práctico.

Sobre los impuestos tengo una posición que sé que no es popular entre mis pares, pero me parece de sentido común: si pagas muchos impuestos es porque te va bien. Y además, pagar impuestos tiene un componente social que, personalmente, me genera más orgullo que frustración. Contribuir a sostener servicios públicos, sanidad, educación, infraestructuras… eso no es un castigo, es participar en algo más grande que tu cuenta de resultados.

Entiendo que haya quien no lo vea así. Pero lo que me cuesta entender es que el discurso predominante entre quienes emprendemos sea precisamente ese: el del agravio permanente.

Y aquí va una observación que hago sin ánimo de ofender, pero con total honestidad: quien tiene tiempo de quejarse todo el día de los impuestos, probablemente no está tan ocupado facturando, vendiendo, produciendo y cuidando a su equipo como debería. Cuando estás de verdad centrado en lo que importa, las quejas sobre Hacienda ocupan un espacio muy marginal en tu cabeza.

Para quienes quieran sumarse a otra manera de ver esto, mi consejo es sencillo: asume las reglas del juego antes de sentarte a jugar. Emprender requiere inteligencia estratégica, y parte de esa inteligencia consiste en saber dónde poner el foco. Y el foco debería estar en lo que puedes controlar: tu producto, tu servicio, tu equipo, tus clientes.

Todo lo demás: impuestos, regulaciones, contexto, es el terreno de juego. No es justo, no es perfecto, pero es el mismo (al menos en teoría) para todos. Y si no te gusta el campo, siempre puedes elegir no jugar.

Pero si eliges jugar, hazlo con todas las consecuencias. Sin lloros.

Cómo medimos y contamos las trayectorias profesionales

En 1998 empecé a trabajar como diseñador web. No existían los editores visuales, así que tuve que aprender HTML y CSS por mi cuenta, con método, ensayo y error. Nunca fui programador (mi cabeza no está preparada para ello), pero ese aprendizaje técnico me permitió entender cómo funcionaba la web y qué implicaciones tenía el producto digital en el negocio de las empresas.

Pasé 7 años en una consultora en Zaragoza. Crecí con ella, aprendí el oficio, y cuando decidí emprender en 2007, me llevé ese conocimiento técnico y de negocio. Lo que no sabía entonces es que emprender me obligaría a desarrollar un conjunto de habilidades nuevo para mi: vender, gestionar personas, adquirir y retener talento, negociar, tomar decisiones con información incompleta, sujetar una empresa durante una pandemia, crecer sin perder el control.

Hoy dirijo una empresa de 25 personas. Y a veces me pregunto cómo se refleja todo eso en el relato convencional de una carrera profesional.

Cuando miro perfiles de otros profesionales, veo trayectorias que están construidas sobre nombres de empresas reconocibles. Cada paso es un logotipo que añade peso al CV. Y funciona: el mercado entiende ese código. Si has trabajado en determinadas compañías, se asume que tienes cierto nivel.

Pero cuando eres emprendedor, el relato es diferente. Tus clientes a veces son puntuales, a veces continuos. Muchos están bajo acuerdos de confidencialidad. El portafolio en entornos B2B es difícil de enseñar. Y la empresa que has construido, por relevante que sea, no tiene el mismo efecto de marca personal que haber pasado por una multinacional.

No digo esto desde la amargura. Lo digo porque creo que hay una conversación pendiente sobre cómo valoramos la experiencia profesional.

Quien emprende y sostiene una empresa durante años ha tenido que dominar su disciplina técnica. En mi caso, diseño de producto digital. Pero también ha tenido que aprender gestión de equipos, desarrollo de negocio, gestión de expectativas, negociación, estrategia. Ha tenido que construir algo donde antes no había nada, y además de eso mantenerlo funcionando cuando todo se complica.

Eso no aparece en un CV convencional. No hay un apartado para “mantuve una empresa a flote durante una pandemia” o “aprendí a gestionar la tensión entre cuidar al equipo y cuidar la cuenta de resultados”. Y sin embargo, esa experiencia existe. Es real.

No tengo una conclusión clara para esto. Es más bien una pregunta que me hago: ¿estamos midiendo bien la experiencia profesional? ¿O estamos usando un sistema de medición que premia un tipo de trayectoria y deja en la sombra otras que son igual de valiosas?

Si has emprendido, probablemente te reconoces en esto. Si no lo has hecho, quizá te sirva para entender por qué el CV de un emprendedor a veces parece más corto de lo que realmente es.