Anotaciones sobre diseño, experiencia de usuario, liderazgo, user research, emprendimiento, escalado de equipos y negocios digitales.
Categoría: Negocio digital
Contenido relacionado desde una perspectiva amplia con los negocios digitales, modelos de negocio, sectores, mercados, productos, herramientas, tendencias y tecnologías.
Hoy he hecho 600 kilómetros para estar en Bilbao. He salido de casa a las seis y media de la mañana y, mientras tomaba unas notas de voz para escribir este post, eran las cinco y veinte de la tarde. Venía de vuelta atascado a la entrada de Zaragoza. Lo cuento no porque tenga ningún mérito particular. Más bien porque creo que vale la pena explicar por qué uno hace este tipo de cosas y por qué las hace muy a gusto.
El auditorio estaba lleno hasta la bandera hasta el punto que he llegado justo de tiempo y me ha costado encontrar sitio. Eso ya dice tres cosas:
que hay interés por el B2B
que LIN3S tiene un tirón importante en el País Vasco
que cuando se trabaja bien y se trabaja durante años, la audiencia responde
Por qué he ido
La obligación de un partner es estar con sus socios, y también, o sobre todo, en los días de celebración. No solo cuando hay que resolver un problema o cerrar un proyecto. Acompañar también es eso: aparecer cuando toca aparecer, aunque suponga conducir 600 kilómetros en un día. Es una manera concreta de entender las relaciones profesionales que para mí no admite mucha discusión. Si tienes una alianza, la sostienes también con presencia. En el ADN de DANOK lo tenemos muy claro y lo predicamos con el ejemplo.
Después del evento he podido saludar a Iñaki, a Oiane, a Itziar, a Ana Santos, a la que hacía mucho que no veía, a Laura Carazo y a Nagore Frías de Workoholics, y he estado un buen rato charlando con Asier Barainca. Todo eso es la parte que sostiene una red profesional viva.
El contenido del estudio
El informe tiene varias lecturas que me han parecido especialmente interesantes.
La primera, sobre el propio B2B. Yo siempre he dicho lo mismo: cuando el consumo general flojea, hay que mirar el consumo entre empresas, y al revés. Son dos termómetros que se complementan y que ayudan a entender hacia dónde van las cosas. Soy fan declarado del B2B, no solo en marketing digital, que es donde trabaja sobre todo LIN3S, sino también en experiencia de usuario y en diseño. Es un sector menos vistoso, se luce menos, se muestra menos, y sin embargo el impacto que tiene es, en mi opinión, mayor que el del B2C. La factura que pasa la mala experiencia en un entorno B2B se cuenta en contratos perdidos y en procesos que no escalan, no en abandonos de carrito.
La segunda lectura interesante ha sido todo lo que ha aparecido alrededor de la inteligencia artificial: el estatus actual de la IA en contexto B2B, cómo las empresas la están adoptando o no, y cómo lo están haciendo los equipos. En algún momento alguien (creo que ha sido Oiane) ha dicho una frase que parece sencilla pero que tiene mucho fondo: «la inteligencia artificial viene con las personas«. Tiene que ver con la adopción, sí, pero también con la formación, con la capacitación, con la motivación y, sobre todo, con la visión. La IA no se instala, se incorpora (o no, claro).
Y la tercera, en la que Oiane ha hecho mucho hincapié y que me ha encantado (porque voy a tope con eso), es la importancia de la gobernanza. Es una conversación que en Torresburriel Estudio estamos teniendo cada vez con más clientes, sobre todo con aquellos en los que la IA empieza a ser un vector fundamental. Sin gobernanza lo que se genera es un caos que se descontrola, que se va de las manos, y que termina pasando factura en procesos, en estructura de equipos y en resultados. Toda esa capa de gobierno me parece hoy más relevante que la promesa de eficiencia, que llega después y solo si la gobernanza está resuelta.
Lo que me llevo
Me llevo tres cosas muy relevantes:
la satisfacción de haber visto disfrutar a unos socios con algo que han trabajado bien
la confirmación de que el B2B es un terreno que merece más atención de la que recibe
la certeza de que también es relevante desde la experiencia de usuario y el diseño de producto, donde tenemos algo concreto que aportar
Apoyamos este tipo de iniciativas, las hemos apoyado y las seguiremos apoyando. Si es de la mano de LIN3S, con más motivo. Cuidar a los partners no es un gesto, es una manera de trabajar.
Hay gente que lleva años haciendo algo que parece sencillo y no lo es: leer mucho, filtrar con criterio y compartir lo que merece la pena. Es una suerte de curación de contenidos profesional sin pedir nada a cambio. Son personas que, de un modo u otro, enseñan sin cobrar por ello.
Llevo más de veinte años siguiendo la lista de correo de Laura Carlson. Cuando las tecnologías web eran territorio de pioneros y la información relevante estaba dispersa en mil sitios que no sabíamos cómo localizar, Laura ya estaba ahí, semana tras semana, recopilando lo que importaba sobre accesibilidad y desarrollo web. No fallaba. No se cansaba. Su constancia fue, para mucha gente de mi generación, una forma de educación continua a la que nunca pusimos precio porque nunca tuvo precio. Y sigue siendo una referencia indiscutible precisamente por eso: por la constancia.
Ilustración del siempre genial y generoso Hugo Tobio
Esa clase de generosidad me parece una de las formas más puras de contribución profesional. No espectacular, no viral, no gamificada. Solo trabajo bien hecho, repetido semana a semana durante años.
Pues bien, hoy quiero hacer público un agradecimiento parecido, aunque en otro dominio.
Quique Aparisi publica regularmente en LinkedIn una selección de sus favoritos de la semana sobre datos, digital, ecommerce y moda. Quien le siga sabrá de qué hablo. Una lista de enlaces con criterio, sin florituras, sin agenda oculta ni movidas raras. Fuentes de primera línea mezcladas con voces más locales y especializadas, informes de McKinsey junto a posts de juniors del sector, contenido en inglés y en español, todo bajo el mismo criterio de utilidad real. De nuevo, curación de contenidos profesional a disposición de la comunidad. No me digáis que no es bonito esto.
Quique lleva más de catorce años trabajando en analítica de datos, estrategia de audiencias y ecommerce en empresas multinacionales. Actualmente lo hace en José Luis Joyerías como Chief Digital Officer. Lo que comparte no es el resultado de una búsqueda superficial: refleja la mirada de alguien que trabaja todos los días con esa materia y sabe distinguir lo sustancial del ruido.
En 2026 eso tiene un valor estratégico específico que conviene nombrar.
La curación de contenidos de calidad es, en ese sentido, un acto de resistencia discreta frente a la sobreabundancia de información. No es la persona que grita más alto. Es la que lee más y comparte mejor.
Me gusta pensar que existe una especie de linaje informal entre las personas que hacen esto bien. Laura Carlson fue, para muchos de nosotros, la primera demostración de que se podía aprender profesionalmente siguiendo a alguien con buen ojo y generosidad para compartirlo. Quique es, en su dominio, un heredero legítimo de esa actitud.
El dominio es diferente. La plataforma es diferente. Pero la lógica es la misma: alguien con conocimiento decide invertir tiempo en ordenarlo y regalarlo. Y eso, multiplicado por semanas y por años, construye algo que no tiene fácil traducción en métricas de negocio pero que todos los que lo reciben saben que vale.
Así que gracias, Quique. Por la selección, por el criterio y por la constancia. Que es, al final, lo que distingue a los que de verdad enseñan.
Ayer sábado estuve en el #SOSZ26, el Startup Open Space Zaragoza 2026. Un año más. Y ya van los suficientes como para que pueda hablar con criterio de lo que supone este evento, no sólo del que fue ayer, sino de lo que ha ido siendo y de hacia dónde apunta.
Arranque de las dinámicas en SOSZ26
Vamos por partes.
La sede: Hiberus confirma que no fue una casualidad
El año pasado fue la primera edición en la sede de Hiberus, fuera de Etopía, donde el evento se había celebrado con anterioridad. Un cambio de sede en un evento como un Open Space no es un trámite menor. Puede afectar a la logística, a la atmósfera y a la propia percepción del evento. En este formato, donde la experiencia lo es todo, el espacio importa más de lo que parece.
El año pasado salió bien. Muy bien. Y eso planteaba la pregunta lógica: ¿fue una buena edición a pesar del cambio, o fue porque Hiberus funciona de verdad? La respuesta ha llegado este año: Hiberus funciona de verdad.
Los cuatro espacios (Zaragoza, Huesca, Teruel, Salou) respondieron. La terraza con vistas a la ciudad (en este caso también a las obras de la futura Nueva Romaneda) hizo su trabajo durante la comida, con el tiempo colaborando como siempre. Hiberus está siendo una pieza clave para que este evento siga adelante, y desde mi punto de vista hay que decirlo con todas las letras.
La organización: trabajo invisible que no debería ser invisible
Detrás del #SOSZ26 hay un grupo de personas de la comunidad tecnológica de Zaragoza que pone su tiempo, su esfuerzo y sus recursos personales para que esto sea posible. No cobran por ello. Lo hacen porque creen en la comunidad.
A eso hay que llamarlo por su nombre: generosidad. Y hay que reconocerlo en público, porque es fácil dar por supuesto un evento que funciona bien, y difícil entender la cantidad de trabajo invisible que hay detrás.
El evento cuida los detalles. Tiene un código de conducta claro, que no es decorativo, sino funcional. Es un espacio en el que todo el mundo debería sentirse acogido.
Dicho esto, si me permiten una sola observación de mejora: las opciones para personas celíacas merecen más atención. La celiaquía no es una preferencia voluntaria, es una enfermedad. Y puestos a cuidar los detalles al máximo, ese es un recorrido de mejora que vale la pena recorrer.
En todo lo demás: 9,9 sobre 10 sin dudar.
El contenido: cuando el 35% del público propone conversación
Se presentaron más de 40 propuestas de conversación. Considerando que había en torno a ciento y pico personas, eso significa que aproximadamente un tercio de los asistentes propuso un tema. Un tercio.
Recuerdo ediciones en las que había que animar activamente a la gente para que se animase a presentar propuestas. Ayer eso no ocurrió. La gente llegó con los temas preparados, con ganas de participar, con criterio.
Eso es un indicador claro de la calidad de la audiencia. Y de la madurez del evento. No es casualidad.
Las conversaciones en las que estuve
Aquí viene la parte más personal, porque en un Open Space cada asistente vive su propia versión del evento. Esta fue la mía.
La primera sesión en la que me metí giraba en torno al liderazgo en entornos tecnológicos. Mi aportación principal fue que el liderazgo no se ostenta, se ejerce. Que de poco sirve tener la posición si luego no haces nada con ella. Es algo que en su momento fue un aprendizaje muy importante para mí, y que sigo creyendo que vale la pena repetir, porque lo obvio también necesita ser dicho.
Esta fue de las sesiones más concurridas. El título convocaba: algo así como si Figma estaba viviendo sus últimos días. La lideraron dos personas muy jóvenes y me gustó mucho su planteamiento. Fresco, sin complejos, bien estructurado.
Mis aportaciones fueron en dos direcciones. La primera: en la conversación apareció la tesis de que la mejor forma de probar un producto es lanzarlo rápido a producción y escuchar a los usuarios después. Eso hace veinte años ya fue tendencia. Lo pusimos en práctica. Y en muchos casos salió mal, porque el feedback cuantitativo nos dice el qué con rapidez y precisión, pero no el porqué. Si ignoramos el porqué, nos equivocamos en las soluciones. Lo hicimos como disciplina hace veinte años. La verdad es que no parecería razonable repetirlo.
La segunda: Figma muestra síntomas de fin de ciclo. No le veo una estrategia clara de integración de inteligencia artificial en el flujo de trabajo. Lo que le llevó a ser una herramienta hegemónica parece que lo está dejando atrás para ensanchar su base de usuarios hacia territorios que tienen necesidades distintas. Si me preguntáis cuándo empezó esto, os diría que con la fallida compra por parte de Adobe. Desde entonces, los movimientos de Figma me suenan a compañía que busca su siguiente capítulo sin tenerlo del todo claro.
Félix no es de la parte tech. Es emprendedor en hostelería, cortador profesional de jamón. Y llegó con dos mensajes que, dicho sin rodeos, deberían haber escuchado todos los que estaban en el evento.
El primero: que desde fuera, como alguien que no pertenece al mundo de los de la tecla (así nos llama), observa una capacidad para compartir conocimiento incluso entre competidores directos que no ve en otros sectores. Nos dijo que deberíamos valorarlo más.
Yo creo que hay algo de raíz en esto. Aragón ha sido históricamente tierra de pactos. En las Cortes de Aragón nunca ha habido mayoría absoluta, algo bastante singular en el contexto político que nos rodea. Esa cultura del acuerdo, de la convivencia entre diferentes, tiene algo de subconsciente colectivo. No creo que sea casualidad que aquí exista este nivel de espíritu colaborativo, y Félix lo señaló con precisión.
El segundo mensaje fue sobre cobrar. Llegó con su ropa de calle, luego se puso el delantal y nos dijo: ahora soy Félix Martínez, cortador profesional de jamón. El delantal era su señal de que está trabajando. Y cuando uno trabaja, cobra. Nos invitó a pensar en las señales profesionales que emitimos, o que no emitimos, y en la necesidad de poner el taxímetro en marcha.
Fue un mensaje sencillo y diría que también necesario. Fue la conversación más importante del día para mucha gente, aunque no todos estuviesen presentes para escucharla.
El título prometía una sesión más o menos convencional sobre ventas. No fue eso. Desde el principio tomó un cariz inesperado porque quien monopolizó el inicio fue alguien que compra, no que vende. Y no cualquier perfil de compra: una persona con un conocimiento técnico profundo, que quiere hablar con el desarrollador más friki, con quien le propone algo inesperado.
Lo que parecía un desvío fue en realidad una sacudida: nos obligó a reformular nuestros argumentos desde un terreno de juego exigente.
Yo expliqué mi forma de vender, que es orgánica, lenta y basada en compartir. Que yo empecé un blog en 2003 y a partir de ahí monté la empresa. Que dar genuinamente antes de pedir no es sólo un valor, sino que es también una apuesta estratégica inteligente, aunque sus frutos lleguen con el paso del tiempo. Lo que no dije en el momento, y lo pienso ahora: dar es estrategia.
El momento más bonito de esa sesión fue cuando un chico muy joven, alumno mío en la universidad, planteó tímidamente dónde podría dar visibilidad a su proyecto. La respuesta que recibió fue generosa, cercana y directa: lo que estás haciendo ahora mismo, preguntar esto aquí, ya es visibilidad. El resto de la sala le respondió como lo hace esta comunidad.
Esta fue la sesión más intensa. La tesis de partida de Saul era que el empleo tech se está deteriorando: vuelta a la presencialidad, reducción de salarios en nuevas posiciones, presión sobre quienes no están en Madrid o Barcelona, desequilibrio creciente entre coste de vida y remuneración derivada en las grandes ciudades.
Hubo de todo: perfiles junior, senior, procedencias distintas, posiciones distintas. El debate que Saul propuso se encontró con un debate que le desbordó un poco, lo cual es comprensible porque el tema no deja a nadie indiferente.
Mi tesis fue sencilla: quizá estamos evitando pronunciar la palabra crisis. Hablamos de que todo va más despacio, de que cuesta más cerrar operaciones o de que el contexto es incierto. Pero a lo mejor el problema no es la descripción, sino que le falta el nombre. Y el nombre es crisis. Una crisis potenciada por la incertidumbre geopolítica, por la inteligencia artificial reordenando el mercado laboral, por preguntas que no tienen respuesta todavía.
La última sesión en la que estuve fue sobre investigación con usuarios en el contexto de la inteligencia artificial. Concurrida, en el Espacio Zaragoza, con muchas voces.
Mis aportaciones fueron escépticas, o al menos matizadas. Hay una narrativa que dice que la IA ha transformado radicalmente el research: más rápido, más barato, más accesible. Puede ser. Pero las grandes corporaciones, en su mayoría, no han modificado sustancialmente su forma de hacer investigación. Y eso debería hacernos pensar.
Hay dos vectores que conviene no olvidar. Primero, los mandatos corporativos: muchas organizaciones no permiten usar las herramientas de IA que están disponibles en el mercado, por una cuestión simple de política interna. Eso condiciona lo que se puede hacer. Segundo, el marco legal: protección de datos, tratamiento de información de usuarios, lo que se puede y lo que no. Nuestra experiencia profesional nos lleva constantemente a pruebas de concepto que se ven truncadas por estos factores. No digo que la IA no cambie el research. Digo que el laboratorio de ensayos y la producción real son lugares distintos. Y conviene no confundirlos.
Tres aproximaciones distintas, con implicaciones distintas, que me parecen importantes precisamente porque no son intercambiables ni equivalentes. Obtuvo uno o dos votos. No hubo conversación.
No lo digo como queja. El formato Open Space funciona así, y funciona bien: la comunidad vota y el resultado es el programa. Pero el hecho de que esa distinción no despertase interés suficiente me ha generado una reflexión que publicaré estos días en el blog. A veces lo que no ocurre en un evento dice tanto como lo que sí que ocurre. Me pregunto si esa diferenciación es aún demasiado conceptual para una audiencia que está en modo práctico, o si simplemente el título no convocó lo suficiente. Cualquiera de las dos respuestas me interesa.
Por qué sigo viniendo y seguiremos patrocinando
El #SOSZ26, como todas las ediciones anteriores, es para mí un evento indispensable. Junto con la TRG en Madrid, son los dos eventos de comunidad que considero fundamentales.
Los eventos de comunidad son difíciles de construir y fáciles de perder. Las empresas deberíamos contribuir a sostenerlos, porque el retorno no siempre es medible, pero siempre es real. Estoy contento de que Torresburriel Estudio haya vuelto a patrocinar este año. Y nada nos impedirá seguir haciéndolo.
La comida en la terraza de Hiberus, el networking sin forzar, la cena en La Garnacha como colofón. Todo eso también forma parte del evento. No es ni de lejos accesorio. Es parte de lo que hace que la gente venga un sábado, de cerca y de lejos, pagándose el viaje y el alojamiento, y salga pensando que ha sido un sábado bien empleado.
Esta semana hemos estado tomando un café con uno de nuestros socios de DANOK. Bueno, un café, se ha alargado seis horas. Aquí las cosas las hacemos bien o no las hacemos. La cuestión es que estábamos explorando oportunidades. Hablando, hablando, ha salido el tema del sector industrial, ese mundo de la energía, la automoción y la aeronáutica donde, a veces, parece que el tiempo se detuvo en Windows 95. Escribo esto y no me quito de la cabeza a Steve Ballmer bailando enloquecido el día de la presentación.
Ilustración de Hugo Tobio
Volviendo a lo concreto de lo que quiero transmitir en este post, siempre me ha flipado bastante la cantidad de aplicaciones Frankenstein que sobreviven en plantas de montaje y centros logísticos. Herramientas que valen una pasta, que son críticas para que el mundo no se detenga, pero que tienen una UX que parece diseñada por alguien que odia a los operarios y a la clase trabajadora en general.
Sin más lejos, uno de mis primeros trabajos, cuando tenía que combinar el aprender diseño web con FrontPage con algo más que me permitiese tener un suelto medio digno, fue en un taller veterinario, imprimiendo crotales. Os dejo que busquéis qué es eso. La cuestión es que trabajábamos con máquinas, que valían un dineral, controladas por ordenadores con O2/Warp. Y aquello era de todo menos intuitivo. Era un auténtico dolor de cabeza.
El mito del Sistema de Diseño como solución mágica
Ahora está muy de moda decir que un Sistema de Diseño lo arregla todo. «Ponle unos botones bonitos, unifica los colores y ya tienes consistencia«. Mentira.
Un sistema de diseño sin estrategia no es más que una colección de cromos caros. Aquí hemos venido a jugar a otra cosa. En sectores como la construcción o la logística, la consistencia no es una cuestión estética; es una cuestión de supervivencia operativa. Si un ingeniero salta de una aplicación de monitorización de turbinas a una de gestión de activos y el lenguaje visual cambia por completo, estamos comprando papeletas para un error que tarde o temprano calificaríamos como catastrófico. Eso si nadie rompe nada por el camino.
Para que esto funcione, hace falta:
Presupuesto real, no migajas. Y observad que esto lo pongo lo primero de todo porque es lo más importante.
Voluntad política para romper silos entre departamentos y poder trabajar.
Investigación con usuarios que pisan el barro, no sólo con los que llevan corbata. El trabajo de campo se hace, también, en plantas industriales, almacenes, sitios donde hace frío y te llenas de mierda, y se escucha mal porque está todo lleno de ruido.
Escuchar la voz del mercado, pero sin olvidar qué necesita el negocio. Que esto es muy del libro, pero también hay que hacerlo.
Ecosistemas vs. Aplicaciones aisladas
Más tarde o más temprano, a través de la experiencia, uno llega a la conclusión de que la clave no es hacer una aplicación mejor o más bonita, sino más bien diseñar el ecosistema. Las empresas industriales están despertando y las que llevan ventaja son las que están trascendiendo la fase inicial de transformación digital: ya no vale con tener parches tecnológicos que nos salven del legacy. Necesitamos una estructura donde los datos fluyan y la interfaz sea invisible porque simplemente funciona.
Optimizar un catálogo (ecosistema) de aplicaciones industriales mediante el Diseño Centrado en el Usuario (UCD) es, en el fondo, un acto de madurez. Es admitir que el software es una herramienta de trabajo y no un obstáculo. Es entender que si el operario de aeronáutica pierde 10 segundos buscando un botón, estás perdiendo dinero, eficiencia y, posiblemente, seguridad.
La IA y el valor del criterio humano
Ahora vamos con otro melón, porque casi todo el mundo está aterrorizado con que la Inteligencia Artificial nos va a quitar el sitio, el trabajo y hasta la razón de ser. Que si la IA diseñará las interfaces, que si generará un sistema de diseño, que si escribirá el código… Me da un poco de vértigo pensarlo (a veces un poco de risa también, la verdad), pero luego me acuerdo de lo más importante: el criterio.
La IA puede ayudarnos a generar mil pantallas en un segundo, pero no tiene ni pajolera idea de por qué un usuario en una plataforma petrolífera prefiere un modo oscuro o por qué la jerarquía visual de una alerta es crítica en ese contexto exacto.
El mantenimiento de los ecosistemas de aplicaciones, basado en el conocimiento real del usuario y la estrategia de crecimiento y actualización, es nuestra mejor receta contra cualquier amenaza. La IA es una herramienta, pero la estrategia de despliegue y aumento de la tasa de adopción y retención siguen siendo propiedad nuestra.
En el título yo quería provocar. La industria no necesita más software, sino que lo que necesita es un ecosistema de aplicaciones consistentes, escalable, que funcione, no dé problemas y sea sostenible.
Voy a ser claro: yo entiendo que la gente tiene que vender. Entiendo que por momentos las cosas están apretadas y jodidas. Lo entiendo todo. Y lo entiendo porque yo también he montado una empresa, he fundado Torresburriel Estudio, que este año cumple quince años, somos veintisiete personas, y hemos tenido de todo. Altos, bajos, momentos estelares y momentos francamente complicados. Incertidumbre de la buena y de la mala. Y al final, todo se resume en algo muy simple: si vendes, la cosa funciona; si no vendes, no funciona. No hay más misterio.
Y yo soy el primero que lo sabe porque, básicamente, quien vende en mi empresa soy yo. Obviamente no solamente yo, pero es una empresa que lleva mi nombre, yo soy el fundador, y creo que está bastante claro que uno de los roles principales que me toca cumplir es el de un tipo que vende. Que además hace otras cosas, pero que vende.
Mi manera de vender: a fuego lento
He ido aprendiendo esta profesión de la venta y el desarrollo de negocio con el tiempo. Exactamente igual que aprendí a gestionar una agencia, a gestionar personas y a gestionar equipos. Nadie nace sabiendo vender. Lo que sí puedo contar es cómo lo hago yo.
Mi empresa creció de manera orgánica. Lo he contado muchas veces, pero no me importa repetirlo porque creo que tiene valor: yo empecé porque monté un blog. El blog de torresburriel.com. Y a partir de ahí, la gente me empezó a leer, me empezó a conocer y me empezó a llamar. Primero para pequeñas consultorías. Luego para proyectos más grandes. Después para cosas que requerían de más equipo del que yo solo podía aportar. Y cuando alcancé el límite máximo de lo que podía abordar por mi cuenta, empecé a contratar gente. Así hasta hoy.
Eso es un crecimiento orgánico. Y mi venta siempre ha sido orgánica. Lo he hecho compartiendo contenido, compartiendo lo que sabía, tratando de ayudar a otros haciendo lo que mejor se me da: escribir, contar lo que sé, y hacerlo de una manera particular. Sin fórmulas mágicas. Sin trucos. Sin plantillas copiadas de ningún lado.
Hoy las necesidades económicas de mi empresa son absolutamente exigentes. Somos veintisiete personas y la máquina tiene que seguir girando. Me toca vender más, claro. Pero la venta sigue siendo la misma: a fuego lento. Se cuece despacio. Obviamente siempre hay ventas rápidas, gente que viene, pregunta, quiere algo, se lo ofrecemos, le gusta y lo compra. Pero los grandes proyectos, los que nos tienen ocupados de verdad, se venden mientras dura el proceso comercial y también se siguen vendiendo mientras dura la ejecución del servicio. Cada entrega es una carta de presentación para la siguiente.
Lo que hay detrás de la venta a fuego lento
Todo esto se hace con honestidad. A veces con mucha fricción. La mayoría de las veces con esfuerzo. Equivocándote. Siendo humilde y reconociendo cuando lo haces mal. En definitiva: ganándote la confianza de las personas para quienes trabajas.
Esto no es ningún secreto. No es una metodología revolucionaria ni un framework con nombre en inglés. Es simplemente tratar a la gente como te gustaría que te tratasen a ti. Es entender que la confianza no se compra con un correo bien redactado, sino con tiempo de trabajo consistente, de cumplir lo que prometes y de dar la cara cuando las cosas se complican.
A veces parece que la gente cree que esto no se puede hacer así. Que hay que buscar atajos. Que si no estás haciendo outbound agresivo, estás perdiendo oportunidades. Que si no automatizas el envío de quinientos correos al día, eres un ingenuo.
No lo creo.
Lo que no deberías hacer
Y ahí es donde llega ese tipo de personas que entran en el correo electrónico de los demás sin preguntar, sin pedir permiso, ofreciendo soluciones mágicas y contando milongas. Es absolutamente espantosa la imagen que dejan las personas que intentan vender un producto o un servicio tratando de disimular que conocen a su interlocutor, cuando no han hecho el menor trabajo de investigación. No se han mirado ni tu web. No saben a qué te dedicas. No tienen ni idea de cuáles son tus necesidades reales. Y pretenden que les abras la puerta de tu negocio porque te han escrito un correo con tu nombre y una frase supuestamente personalizada.
La personalización de verdad no es meter el nombre de alguien en el asunto de un correo. La personalización de verdad es saber a quién le hablas, entender sus problemas, respetar su tiempo y encontrar la mejor forma de presentarte por primera vez. Y si no estás dispuesto a hacer ese trabajo previo, no vendas. O al menos no pretendas que te tomen en serio.
El resumen
Vender no es malo. Vender es necesario. Es lo que mantiene empresas, equipos y proyectos en marcha. Lo que es malo es vender sin criterio, sin respeto y sin haber hecho los deberes. Lo que es malo es tratar al otro como un lead en una hoja de cálculo en vez de como una persona que tiene su propio contexto, sus propias necesidades y su propia forma de decidir.
Mi método no es perfecto ni es rápido. Pero es honesto. Y después de un buen montón de años, puedo decir que funciona.
Por momentos me guardo las ganas de escribir esto. Y por momentos, como ahora, no puedo guardármelas porque necesito soltar una idea que me ronda la cabeza día sí y día también.
Imaginad que alguien llama a la puerta de vuestra casa. No le conocéis. No le habéis invitado. Pero insiste en que le abráis porque tiene algo que os interesa, que lo necesitáis, y que os lo va a dar porque hoy es vuestro día de suerte. Si eso pasara en la vida real, diríamos devesa persona que tiene una tuerca suelta.
Pues bien, algo parecido sucede cada día en mi bandeja de entrada.
No sé si es el último bootcamp de ventas, el último coach que ha descubierto el fuego, o las plantillas milagrosas que circulan por ahí. El caso es que recibo correos de gente que no sé de dónde ha sacado mi dirección, que incumple con alegría toda la legislación europea de privacidad habida y por haber, y que tiene la desfachatez de recriminarme que no le conteste. Que estoy ignorando la oportunidad de mejorar mis ventas. O de hacer más feliz a mi equipo. O de escalar mi negocio. Ponga usted aquí la promesa que quiera. Manda huevos.
Lo peor no es el spam. El spam tiene la decencia de no tomárselo a personal. Lo peor es el tono. Ese tono de te estoy haciendo un favor y tú no te enteras. Ese seguimiento agresivo disfrazado de persistencia. Esos correos de veo que no has abierto mi anterior mensaje como si mi silencio fuera un error que debo corregir.
No. Mi silencio es mi respuesta.
Llevo quince años con mi empresa. Nadie que me conozca mínimamente pensaría que lo que necesito es que un desconocido me diga cómo vender mejor o cómo gestionar a mi equipo. Y aunque lo necesitara, no sería a través de un correo no solicitado, escrito con una plantilla, enviado en masa, y que viola sin pestañear las normas más básicas de respeto profesional.
Esto no va de ser antipático; quizá ese grado de avinagramiento, me acompañó en tiempos pasados pero no ahora, en ningún caso. Va de poner las cosas en su sitio. Si quieres venderme algo, gánate el derecho a mi atención. Aporta antes de pedir. Conoce a quién le escribes. Respeta que el no también es una respuesta.
Y si todo eso te parece demasiado esfuerzo, quizá el problema no sea que yo no te haga caso. Quizá el problema sea tu método.
En estos casos me gustaría poder enviar un GIF como respuesta, pero las normas de urbanidad que me autoimpongo me lo impiden.
Hace unos días, en la previa de la BilboStack 2026, estuve viendo una charla de Bart Farrell sobre creación y gestión de comunidades profesionales. Y mientras escuchaba, me encontré viajando mentalmente veinte años atrás, a aquel abril de 2005 en el que convoqué el primer Cocktail Cadius en Zaragoza.
Ilustración de Hugo Tobio
Bart hablaba de comunidades Cloud Native, de Slack con 17.000 personas, de livestreams globales, de embajadores repartidos por todo el mundo. Y yo recordaba cuando quedábamos el primer jueves de cada mes en un bar de Zaragoza para hablar de usabilidad con quien quisiera aparecer. Sin Slack, sin Discord, sin herramientas de gestión de comunidades. Con un blog en Blogia y muchas ganas.
Confieso que siento algo parecido a la envidia cuando veo a los responsables de comunidad actuales. Reconozco que hay una parte de mí que desearía dedicar más tiempo a ese trabajo. El principio de realidad me dice que mi sitio ahora está en otro lugar, pero la conexión emocional con aquella etapa sigue muy viva. Fueron años en los que fui muy, muy feliz gestionando de manera voluntaria el nacimiento y crecimiento de una comunidad. La de diseño y experiencia de usuario en Zaragoza.
El nacimiento de algo que no sabíamos que era importante
En 2005 la usabilidad era una palabra que sonaba a ciencia ficción en España. Existía Cadius, la Comunidad de Arquitectura De Información y USabilidad, una comunidad que funcionaba principalmente a través de internet y en la que celebraba encuentros mensuales en diferentes ciudades. Madrid y Barcelona tenían los suyos. Zaragoza no tenía nada.
Un día decidí que eso tenía que cambiar. No había un plan estratégico, ni un documento de objetivos, ni siquiera una idea clara de lo que podía salir de ahí. Simplemente pensé que sería interesante juntarnos unas cuantas personas que trabajábamos en diseño web para hablar de usabilidad y arquitectura de la información. Así, sin más pretensiones. El empujón definitivo me lo dió Ruben Pamplona y me animé a organizarlo.
El primer Cocktail Cadius de Zaragoza fue una convocatoria informal. Quedamos en un sitio, sin agenda, sin ponentes, sin nada que se pareciera a un evento organizado. Éramos unos cuantos locos, como se solía decir, hablando de cosas que al resto del mundo le parecían irrelevantes.
Y de ahí salió algo que duró ocho años.
El crecimiento: cuando lo informal se convierte en referencia
Al año siguiente, en marzo de 2006, celebramos el primer aniversario de Cadius Zaragoza con un evento en el Milímetro Digital de La Almozara. Un taller de Ruby on Rails y una charla sobre buenas prácticas en diseño web. Colaboraron Net2u, Warp Networks y la Asociación de Vecinos de La Almozara. La entrada era libre, claro.
Esa fue la primera vez que sentí que aquello había dejado de ser una quedada de colegas para convertirse en algo con cierta estructura. Seguía siendo informal y seguía siendo voluntario, pero ya había gente que esperaba que convocaras el siguiente encuentro. Y eso genera una responsabilidad que nadie te pide pero que asumes porque quieres que funcione. También os digo que todo esto lo hacía porque los niveles de motivación sobrepasaban cualquier recipiente. Las ganas, la fuerza, el empuje, la ilusión y la permanente sensación de descubrimiento eran un combustible inagotable para abordar casi cualquier cosa que se me pusiera por delante.
En noviembre de 2006 llevamos Cadius Zaragoza al parque tecnológico Walqa, en Huesca. Nos desplazamos en coches compartidos para visitar el Laboratorio Aragonés de Usabilidad. Hicimos un test con usuarios reales, cenamos juntos, y algunos compañeros escribieron crónicas que aún se pueden encontrar por ahí. El equipo del Laboratorio tomó en consideración las recomendaciones que surgieron de aquella visita y rediseñaron su web. José Antonio Chavarría hizo una propuesta que sirvió como punto de partida. Fue un caso de éxito rotundo de la comunidad.
Bart mencionó en su charla algo que me resulta a familiar: el burnout. Dijo que se había encontrado con él varias veces por no haber calculado bien cuánta energía tenía que invertir, no para arrancar, sino para sostener las iniciativas. Eso es exactamente lo que me pasó. También es cierto que yo cuando lo hacía, lo hacía en un plano 100% voluntario.
Organizar una comunidad de manera voluntaria tiene una trampa. Al principio todo es novedad, ilusión, primeras veces. Cada encuentro es una pequeña victoria. Pero llega un momento en el que la novedad desaparece y queda la rutina. Convocar, buscar sitio, confirmar asistencias, preparar contenido, gestionar imprevistos, repetir. Mes tras mes. Año tras año. Obviamente, eso desgasta.
En febrero de 2011 tomé una decisión difícil: ceder las riendas de Cadius Zaragoza a Dani Latorre y Mamen Pradel. Mis fuerzas ya flaqueaban y no podía atender mucho más que mi trabajo. Había llegado a mi límite aunque me costó hacerme a la idea y reconocerlo.
El 5 de septiembre de 2013, primer jueves de mes, no hubo Cadius Zaragoza. Y no lo hubo más. Fueron ocho años de reuniones más o menos informales, más o menos estables, más o menos concurridas. Pero llegó un momento en el que hubo que poner punto final.
Lo que funcionó entonces y sigue funcionando ahora
Escuchando a Bart hablar de sus aprendizajes con comunidades Cloud Native, me di cuenta de que muchas cosas no han cambiado en veinte años. Las herramientas son otras y la escala es diferente, pero los principios son prácticamente los mismos.
Bart habló de ofrecer y no pedir. También de crear espacios donde la gente pueda aprender, compartir conocimiento y estar con otras personas con las que comparten las mismas inquietudes. Eso era exactamente lo que hacíamos en Cadius Zaragoza. No pedíamos nada a cambio. Ofrecíamos un lugar donde juntarse con gente que hablaba tu mismo idioma profesional. Aunque es verdad que lo pasábamos bien. Muy bien.
Habló también de espacios seguros en los que alguien puede hacer una pregunta sin miedo a ser juzgado. En nuestros encuentros, como decía Óscar Embún, se trataba de cambiar la forma de pensar y restar protagonismo a la tecnología para volver la vista a los usuarios, a las personas. Silvia Arcos lo resumía mejor: en realidad lo importante son los usuarios, las personas. Ese era nuestro espacio seguro.
Habló también de empatía como requisito fundamental. De pensar en las necesidades de los demás antes que en las propias. De diseñar experiencias pensando en quién va a participar. Nosotros lo hacíamos de manera intuitiva, sin metodología formal, pero la esencia era la misma.
Y habló también de tener un propósito claro. En la comunidad Data on Kubernetes que gestionó, si alguien llegaba hablando de videojuegos, estaba y se le consideraba como fuera de lugar. Nosotros teníamos claro que hablábamos de usabilidad, arquitectura de información, diseño de interacción y disciplinas centradas en el usuario. Aunque también teníamos claro que la procedencia de personas de fuera del ámbito de estas disciplinas, traía otras conversaciones. Y la integración resultó una mezcla perfecta de armonía, colaboración y mutuo aprendizaje.
Lo que ha cambiado: las herramientas y la escala
Bart mencionó que a través de todos los canales que gestionaba llegó a tener alrededor de 17.000 personas en la comunidad. Livestreams, podcasts, informes anuales, embajadores en todo el mundo y recursos traducidos a varios idiomas. Con perras, chufletes, que se diría en mi pueblo.
Nosotros teníamos un blog en Blogia, una lista de correo y el boca a boca. Las convocatorias se publicaban en el blog y se difundían por email. Las crónicas las escribían los asistentes en sus propios blogs y las enlazábamos. Las fotos se subían a Flickr. No había métricas sofisticadas, no había dashboards, no había analytics.
Y sin embargo, funcionó durante ocho años.
Hoy las herramientas permiten escalar de una manera que entonces era impensable: Slack, Discord, Notion, herramientas de streaming, y podcasts distribuidos a escala global. Bart puede coordinar una comunidad con personas de la India, Guatemala, Japón o España desde su casa en el País Vasco. Nosotros coordinábamos encuentros presenciales en Zaragoza con gente que vivía como mucho a una hora en coche.
La comunicación es infinitamente más eficiente ahora. La viralidad existe. Un contenido puede llegar a miles de personas en horas. En 2005 teníamos que confiar en que alguien leyera nuestro blog, lo encontrara interesante y lo compartiera en el suyo. Pero tengo que reconocer que mi visión tiene el sesgo de los pioneros.
El sesgo de los pioneros
Cuando no existen las herramientas, todo es más difícil pero también es más emocionante. Cada cosa que conseguíamos tenía un sabor especial porque éramos muy conscientes de que lo habíamos conseguido con muy poco. La primera vez que conseguimos que viniera un ponente de fuera de Aragón fue una fiesta. La primera vez que un periódico local publicó una noticia sobre nosotros flipamos. La primera vez que alguien nos dijo que había encontrado trabajo gracias a los contactos de Cadius fue la confirmación de que aquello tenía sentido. Aunque en aquel momento nos parecía también flipante y nuestro nivel de inconsciencia nos permitía seguir adelante sin tomarnos las cosas demasiado en serio. El análisis y la visión que tengo ahora son mucho más serios, pero en aquel entonces todo era mucho más ligero, informal e inconsciente.
Esas primeras veces no se pueden replicar lamentablemente. Da igual cuántas herramientas tengas, da igual cuántos recursos manejes. La emoción de construir algo desde cero, cuando nadie más lo está haciendo, cuando no hay manual de instrucciones, cuando cada paso es territorio inexplorado y cuando todo te da un poco igual, esa emoción es irrepetible.
Quizá también es una cuestión de que añoramos lo que ya se fue. La nostalgia tiene esa capacidad de hacer más bonito el pasado y hacernos olvidar las dificultades. Pero incluso siendo consciente de ese sesgo, sigo pensando que aquellos años tuvieron algo especial que las comunidades actuales, con toda su sofisticación, no pueden reproducir.
Bart habló de prueba y error, de paciencia, de no abandonar después de dos o tres intentos. Nosotros tuvimos que aprender todo eso sin referentes, sin metodologías documentadas, sin comunidades de práctica sobre cómo gestionar comunidades de práctica. Aprendimos haciendo, equivocándonos, volviendo a intentar. Pero también pasándolo estupendamente bien, creando unos vínculos personales que aún se mantienen en muchos casos, y sabiendo que nuestro día a día era un permanente aprendizaje.
Lo que queda
Entre 2004 y 2011 lideré Cadius Zaragoza. De 2008 a 2012 presidí UPA Spain, ahora UXPA Spain. Fueron años intensos, de mucho aprendizaje y de conocer a gente extraordinaria. Gente como Silvia Arcos, José Antonio Chavarría, Javier Mendívil, Roberto Abizanda, y tantos otros que pasaron por aquellos encuentros y que hoy siguen trabajando en esto.
Cadius Zaragoza fue el evento que hizo despertar del letargo a un buen número de personas. Y en el que otros se fijaron para dinamizar la vida tecnológica zaragozana más allá de las pantallas. De algo sirvió.
Escuchando a Bart hablar de sus comunidades globales, con sus herramientas sofisticadas y su alcance mundial, me alegro de que existan. Son necesarias. Hacen un trabajo importante. Pero también me alegro de haber vivido aquellos años en los que todo era más pequeño, más artesanal, más cercano y más inconsciente.
La emoción de las primeras veces la recuerdo como insustituible. Y aunque probablemente en 2026 hay cuestiones que se gestionan de manera más eficiente que en 2005, hay algo que ninguna herramienta puede darte: la experiencia de haber construido algo cuando nadie más lo estaba haciendo.
En las últimas semanas, sólo desde Torresburriel Estudio, hemos puesto en marcha tres movimientos que ilustran bien de qué va esto.
El primero: estamos trabajando ya en una oportunidad con un partner de DANOK que, seamos honestos, de otra forma nunca nos hubiese llamado. No porque no nos conociese, sino porque no había un contexto que lo facilitase. Ahora ese contexto existe.
El segundo: tenemos agendada una sesión para explorar oportunidades conjuntas con otro partner. Todavía no hay proyecto, pero hay conversación. Y la conversación es el primer paso de todo.
El tercero: hemos calendarizado una reunión con un cliente nuestro al que vamos a presentar a otro partner de DANOK. Nosotros llevando negocio a la red. Porque esto funciona en todas las direcciones o no funciona.
Y aquí viene lo importante: esto es solamente lo que estamos haciendo nosotros. Somos ocho partners. Los ocho estamos generando movimientos similares. Multiplicad por ocho y empezaréis a ver la dimensión de lo que se está cocinando.
Oportunidades de negocio en red
No voy a vender humo. Todavía no hay resultados que poner encima de la mesa. Lo que hay son oportunidades en marcha, conversaciones abiertas, proyectos en fase de definición. Pero la maquinaria ya gira. Y cuando ocho consultoras especializadas empiezan a mover oportunidades de manera multilateral, los frutos no tardan en llegar. Y cuando lleguen, van a ser exponenciales.
La estructura que viene
La tarea que tenemos por delante es clara: construir la estructura que permita no sólo sostener esto, sino ampliarlo. Procesos, gobernanza, coordinación operativa. Todo lo que hace falta para que una alianza de consultoras de este tipo escale sin perder lo que la hace valiosa.
Las sensaciones que tengo son difíciles de describir, las cosas como son. Llevamos quince años (que sí, que este año hacemos 15 años, ni más ni menos) construyendo una consultora desde Zaragoza para el mundo, compitiendo en un mercado donde el tamaño importa más de lo que debería. Y ahora, por primera vez, siento que estamos jugando en otra liga. No porque hayamos crecido solos, sino porque hemos encontrado la forma de crecer juntos.
He tenido la oportunidad esta semana de escuchar una charla de Nicolás Franco sobre inteligencia artificial que me ha parecido muy interesante y me ha gustado mucho. No tanto por lo que contó, que fue mucho y muy denso para alguien como yo, sino más bien por cómo lo contó y, sobre todo, por la honestidad intelectual que desprendió. Spoiler: me ha ganado cuando ha dicho eso de que la IA no sabe mentir.
En un momento como el actual en que todo el mundo habla de IA como si fuera la panacea universal, escuchar a alguien que lleva años trabajando en esto mantener algo así como un escepticismo saludable me ha resultado motivador. Y me he creído el discurso.
La historia importa más de lo que pensamos
Una de las cosas que más me gustó fue el énfasis que Nicolás puso en la historia. Dedicó una parte muy considerable de la charla a explicar de dónde venimos, y tenía razón cuando decía eso de que la historia tecnológica explica mejor la IA que muchos tecnicismos. Desde aquel paper de Alan Turing en los años 50 preguntándose si las máquinas pueden pensar, hasta el congreso de Dartmouth del 56 donde nace el término inteligencia artificial, pasando por los inviernos de la IA y los avances que estamos viendo actualmente.
Me quedo con dos momentos que describió como hitos: el primero, cuando AlphaGo no solamente ganó al campeón mundial de Go, sino que hizo una jugada, el famoso movimiento 37, que ningún profesional hubiera hecho. Una jugada que no estaba en los datos de entrenamiento por una razón de lo más peregrino: nadie la había hecho antes. Eso es innovar, no copiar. También os digo que me recordó a mi forma anárquica de jugar al guiñote, que hace que sin seguir las pautas de juego estándar que los jugadores esperan a encontrar, a veces resulta desconcertante para los rivales. La mayoría de veces pierdo. El segundo momento: cuando DeepBlue gana a Kasparov en ajedrez en el 97. Eran dos formas distintas de llegar a lo mismo, pero con una diferencia fundamental: fuerza bruta versus aprendizaje.
El problema de la paradoja de Polanyi
Nicolás explicó muy bien algo de lo que no tenía ni idea: la diferencia entre inteligencia artificial simbólica (la de toda la vida, con reglas y árboles de decisión) y la subsimbólica (las redes neuronales que intentan imitar el cerebro). Me explotó un poco el ídem, como dirían los jóvenes. Y aquí, contó, es donde entra en juego la paradoja de Polanyi: los humanos percibimos muchísima más información de la que somos capaces de expresar. Lo explicó como: puedo reconocer una cara entre miles, pero explicar exactamente cómo lo hago es imposible.
La burbuja y sus límites
La parte que más me interesó fue cuando Nicolás habló de los límites actuales de la IA. Dijo algo que se me antojó crítico: la IA generativa de hoy (ChatGPT, Claude, Gemini) es muy buena en tareas muy específicas cuando está bien entrenada, pero se desinfla en lo genérico. Son sistemas de narrow intelligence, no general intelligence.
Me gustó y me sorprendió a partes iguales lo que contó respecto de la fiabilidad: los modelos de razonamiento actuales no pasan del 10-20% en tests de razonamiento complejo. No razonan sino que lo que hacen es calcular estadísticamente. Lo que hacen es memorizar patrones en lugar de comprenden. Es una diferencia importante que a menudo se obvia en el discurso comercial, creo que de manera no improvisada.
También contó algo que estoy viendo últimamente: el work slop, ese tiempo que pierdes metiendo, sacando y analizando resultados de la IA en lugar de trabajar. Flipante.
La duda razonable
Nicolás Franco es físico, matemático, lleva años en esto y mantiene un tono escéptico que, paradójicamente, me dio una confianza tremenda. Dijo que no cree que vayamos a ver superinteligencia, ni siquiera general intelligence en el corto-medio plazo. Y cuando contó que está revisando papers de la Comisión Europea sobre qué hacer cuando llegue la superinteligencia, dijo que no podía evitar pensar que “se han vuelto locos”. Esa honestidad me parece brutal. Y por momentos divertida, que también cuenta.
Hubo un momento en la charla en que contó dos casos recientes, que la verdad es que me dieron que pensar: un modelo LLM que se replica a sí mismo en otro ordenador sin que nadie se lo pida, y otro que investiga, escribe un paper y lo envía a un congreso (donde lo aceptan) sin intervención humana. Para flipar.
La frase final
La charla la terminó con un dicho chino que parece ser que los ingleses usaban como mal augurio: “May you live in interesting times”. Que ojalá vivas en tiempos interesantes. Porque, explicó, los tiempos tranquilos son tiempos de paz, y los interesantes suelen ser de cambio, riesgo e incertidumbre. Sólo tiene uno que darse una vuelta por las noticias estos días.
Para bien o para mal, el mundo va a cambiar o más bien ya está cambiando. Pero escuchar a alguien que trabaja en esto y no vende humo, que explica con rigor y mantiene la duda razonable, me parece un ejercicio de honestidad intelectual que se agradece.
Una de las cosas que más me siguen impresionando de internet es la capacidad que tenemos los seres humanos para ser lo puto peor, pero a la vez, en paralelo, y siempre superando expectativas, la capacidad que tenemos para pensar que somos insustituibles.
Me ha flipado esta mañana leer que la gente de Anna’s Archive han publicado una nota bastante extensa en la que cuentan que han descargado Spotify. Pero no, no la aplicación. Se han descargado toda la música de Spotify. Toda la música de Spotify, repito. Y lo explican con detalles, lo explican con mimo, con cariño, y de una manera bastante pedagógica.
Y no, no estaba para que nos lo descarguemos y busquemos nuestros discos favoritos, las listas que más nos gustan o descubramos música. O al menos de momento.
Declaración de principios
We backed up Spotify (metadata and music files). It’s distributed in bulk torrents (~300TB), grouped by popularity.
Esta gente cuenta cómo pone por delante su principio fundamental: preserving humanity’s knowledge and culture, y directamente se pone a ello. Cuentan cómo desde una perspectiva técnica han descubierto una forma de hacer scraping de Spotify a escala y entonces se han dado cuenta de que su principio fundamental les llamaba. Dicho y hecho.
A mí una de las cosas que más me han llamado la atención, y me ha gustado mucho, es que no han caído en lo fácil de poner a disposición de todo dios el catálogo de Spotify en varios torrents. Ese no es el motivo que les guía hacia una acción de este tipo, de este calado y de esta envergadura.
We saw a role for us here to build a music archive primarily aimed at preservation.
Y además, aclaran:
This Spotify scrape is our humble attempt to start such a “preservation archive” for music. Of course Spotify doesn’t have all the music in the world, but it’s a great start.
Lo que nos dicen los datos
Algunos de los datos que comparten y me han dejado impresionado, porque nunca me había parado a pensar el alcance y el volumen del contenido de Spotify.
En cuanto a las pistas y sus metadatos:
Spotify has around 256 million tracks. This collection contains metadata for an estimated 99.9% of tracks.
Lo que tiene que ver con el volumen de archivos de música:
We archived around 86 million music files, representing around 99.6% of listens. It’s a little under 300TB in total size.
En cuanto al primer criterio de ordenación que han elegido:
We primarily used Spotify’s “popularity” metric to prioritize tracks. View the top 10,000 most popular songs in this HTML file (13.8MB gzipped).
En lo referido al volumen y alcancé, así como objetivo de esta iniciativa:
This is the world’s first “preservation archive” for music which is fully open (meaning it can easily be mirrored by anyone with enough disk space).
O lo que es lo mismo, que nadie piense que aquí hay música para descargar. Esto es una base de datos de meta datos impresionante.
Habrá que seguir en la pista a esta iniciativa, porque, cuando menos, tiene muchos ingredientes para ser una referencia futura.