Nuevo libro: contra el descontento

Soy súper fan de Cristina Monge, desde hace más tiempo desde quizá puedo recordar. Me tengo que remontar a mi época de prácticas de lo que hoy sería el Grado en Sociología, que cursé en la Universidad Pública de Navarra. Fue en las prácticas, que hacía en Zaragoza, en la Fundación Ecología y Desarrollo. Lo que no recuerdo dónde la puedo ubicar, pero sé que fue en aquella época. Es posible que por la vinculación de Cristina con la fundación, no sé si antes, durante o después del tiempo al que me refiero.

Portadas del libro “Contra el descontento” de Cristina Monge.

En todo caso, fue el primer tiempo del confinamiento por la COVID-19 cuando Raúl Oliván nos lió a un buen montón de gente a través de un maravilloso proyecto llamado Frena la curva, cuando volví a tener contacto con Cristina.

En fin, os estoy contando mucho rollo para decir que me acabo de comprar este libro de Cristina Monge, Contra el descontento, por una alianza para construir futuros deseables.

Me encanta el concepto de futuros deseables. Por mi trabajo he tenido que lidiar, y aún lo sigo haciendo, con el concepto de diseño de futuros. No sabéis lo que me gusta encontrarme estas cuestiones cuando trato de salir de la dinámica profesional para adentrarme en otros territorios.

En todo caso, siempre que me compro un libro de papel pienso que no sé si me estoy comprando el libro o el tiempo que me gustaría tener para poder leerlo y disfrutarlo. Lo que sí que sé, es que me voy a comprar un fluorescente amarillo para disfrutarlo doblemente.

10 de mayo de 2026

Es difícil pasar un 10 de mayo, con todo lo que eso significa para quienes somos zaragocistas, siendo consciente de que el equipo que nos quita la vida, nos da alegrías y une a personas de muy diferente procedencia ideológica, va a bajar a una categoría no profesional de fútbol.

Imagen de la vieja Romareda ❤️

10 de mayo de 2026. 31 años después de aquel 10 de mayo de 1995. Es difícil procesarlo. Tampoco hace falta que lo entienda todo el mundo porque estas cosas solamente quien es hincha de un club deportivo, cosa totalmente irracional, puede comprender.

Normalmente aquí escribo sobre mis cosas profesionales, pero también tienen que haber un espacio para esto. Porque esto también soy yo. Estar aquí pasando un rato de la mañana del domingo escribiendo, borrando, editando, pensándome tres veces lo que decir y sobre todo lo que no decir sobre un tema que para la mayoría de personas puede ser trivial, pero que para unos cuentos es importante, relevante y me atrevería a decir que por momentos es incluso nuclear.

Como dijo con mucha sabiduría un zaragocista, Jorge Valdano, el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes.

Y aquí estamos, pasando un mal rato.

Una nota personal sobre la actualidad

Se ha firmado el acuerdo de gobierno para Aragón. Como aragonés, deseo sinceramente que la legislatura sirva para mejorar la vida de la gente: la vivienda, la sanidad, la escuela rural, el agua, los regadíos, los cuidados. Ahí hay mucho trabajo que merece salir bien, y ojalá salga.

Y como ciudadano, deseo también que toda la acción de gobierno se desarrolle dentro del marco del Estatuto de Autonomía de Aragón, de la Constitución y de los derechos humanos, con el respeto a la convivencia como guía. Aunque suene muy manido, son las reglas que nos hemos dado entre todos, y son las que permiten que un gobierno sirva al interés general y no solo a una parte.

Suerte al nuevo Ejecutivo en lo primero. Y atención cívica, la de todos, en lo segundo.

La democracia es esto.

Y mañana, 23 de abril, es San Jorge. Día de Aragón. Entalto.

Sonrisas genuinas

He elegido esta foto en la que salgo con mi amiga Carol, mi amiga Isa, mi amiga Pili y mi amigo Isaac. Creo que se puede advertir sin temor a que nadie se equivoque, que estamos contentos, a gusto, felices, pasando un buen rato. Son las sonrisas más auténticas y genuinas que nos podemos encontrar.

Como diría Amaral, son mis amigos.

Normalmente no suelo publicar contenido de este tipo, ni en mis redes, ni por supuesto en este blog, por muy personal que sea. Pero a veces merece mucho la pena pararse, observar y disfrutar de las instantáneas que reflejan momentos felices.

Este es uno de ellos.

El color y el olor de la paz

Es curioso, porque muchas veces dejamos de registrar los lugares como los colores y las percepciones sensoriales que nos llevan a sitios que nos gustan. Para mí, esta foto que veis, hecha en la casa del pueblo de mi familia, es el color de la paz. El olor no se puede transmitir por una foto, así que haced un ejercicio de fe y creedme.

Yo en paz. Así podría llamar a esta foto.

Hemos venido unos días por semana santa y gracias a Starlink, no precisamente a las infraestructuras ni del Gobierno de Aragón ni del Gobierno de España, ni de las operadoras telefónicas que aquí hacen negocio, puedo tener el Internet que me permite subir la foto y escribir este post.

Cosas de ser de las Cuencas Mineras de Teruel. Tenemos derecho a menos cosas, por lo que sea.

Pero bueno, que tampoco me quiero poner vinagres porque aquí se está muy bien, la paz y el silencio operan muy positivamente en el organismo, y aunque hace un frío que pela, sacaremos tiempo para hacer ejercicio, estar con los amigos y pasar unos buenos ratos.

El síndrome del impostor no desaparece con los años. Aprendes a convivir con él.

Pongamos en la situación verosímil. Llevas décadas trabajando en tu campo. Tienes proyectos, clientes y reconocimiento. Gente que te cita, que sigue tu trabajo y que va a escucharte. Aun así, antes de entrar a una reunión importante, antes de subir a un escenario, hay ese momento: la boca seca, el corazón acelerado y la maldita voz interior que te susurra ¿y si no estoy a la altura?

Ilustración del magnífico Hugo Tobio

Eso tiene nombre: síndrome del impostor. Y lo que nadie te dice es que los años de experiencia no lo eliminan. Lo que cambia, si trabajas en ello, es tu relación con él.

La trampa de creer que los expertos no tienen miedo

Hay una imagen bastante extendida del profesional senior que entra a cualquier sala con total seguridad, sin dudas y sin nervios. Dominando y controlando la situación. Bien, permitidme estropear la foto. Es una ficción. Lo que distingue a alguien con trayectoria no es la ausencia de inseguridad, sino la capacidad de actuar a pesar de ella. Y ese escenario es totalmente distinto.

El síndrome del impostor no es señal de incompetencia. Además podemos constatar, la investigación sugiere lo contrario: quienes lo experimentan con más intensidad suelen ser personas con altos estándares, muy conscientes de lo mucho que aún no saben. Es el precio de seguir aprendiendo.

Lo que sí puedes cambiar

La primera palanca es cognitiva: distinguir entre el miedo al fracaso y la evidencia real de tu trayectoria. Cuando la voz interna te dice no eres suficiente, vale la pena preguntarle: ¿en qué se basa eso? ¿Qué datos tienes? Normalmente, los datos apuntan en la dirección contraria. Esa es una primera señal.

La segunda palanca es conductual: actuar antes de sentirte preparado del todo. La confianza no llega esperando a tenerla sino que más bien llega actuando. Cada presentación, cada propuesta que defiendes, cada conversación difícil que afrontas, es una pequeña prueba que actualiza la imagen que tienes de ti mismo.

La tercera palanca, y quizás la más subestimada, es la del contexto. El síndrome del impostor se alimenta del aislamiento: creer que eres el único que siente esto. Parece claro que hablar con colegas de confianza sobre estas inseguridades suele ponernos sobre el espejo de que son universales.

Una paradoja que vale la pena sostener

Cuanto más sabes de algo, más ves lo que no sabes. Eso puede leerse como debilidad, o puede leerse como precisamente lo que te hace valioso: tienes la madurez suficiente para comprender la complejidad real de tu campo.

La humildad que nos hace conscientes de esa conciencia de los propios límites, no es lo contrario de la competencia. Es una forma sofisticada de ella.

Lo que me ha funcionado a mí

Antes de una situación de alta exposición, me ayuda recordar el recorrido, no el destino. No ¿soy suficientemente bueno para esto?, sino ¿qué he hecho que me ha traído hasta aquí? La respuesta, cuando eres honesto contigo mismo, casi siempre es más sólida de lo que el síndrome del impostor quiere que creas.

Y luego, sencillamente, también hay una cuestión de tomar la decisión de empezar. Porque una vez que empiezas, el miedo se transforma en algo más manejable: presencia, atención, energía. Los primeros segundos son los más duros. Lo que viene después suele ser lo que sabes hacer.

Esto que parece por momentos un manual de autoayuda, está basado en la experiencia personal de este que escribe. Quizá hablar en tercera persona es un escudo protector de la inseguridad que aún queda, incluso por reconocerlo.

El valor del trabajo

No tenía previsto escribir nada hoy sábado. Pero hay días en los que las cosas se acumulan por dentro y la única forma de sacarlas es sentarse delante del ordenador y teclear. Y hoy es uno de esos días. Llevo meses madurando algo que suena muy de señor de 53 años, lo sé, pero que necesito poner en palabras: el valor del trabajo.

De dónde vengo

Soy generación X. Legítimo y orgulloso representante. Me he criado, me he socializado y he aprendido dentro de un contexto muy determinado. Hijo de padres emigrantes, de aquellos que hicieron el camino del campo a la ciudad. Me he educado gracias a la existencia de la educación pública. He ido a la universidad. Me he insertado como he podido en el mercado de trabajo. Con un esfuerzo que no voy a calificar de heroico, pero sí de considerable, he montado mi empresa y la he hecho crecer modestamente. Y ahora puedo decir que me va bien.

Pero las cosas no son tan sencillas como ese resumen.

He visto en primera fila cómo mis padres han trabajado como animales para sacar adelante una familia. Con unos pequeños ahorros. Con el típico colchón por si acaso. He conocido el significado real del pluriempleo encarnado en mi propia familia. Sí, eso de terminar una jornada de trabajo y empezar otra, porque ahí estaba la diferencia entre llegar y no llegar.

Y todo eso lo he contemplado sin haber escuchado una queja. Sin haber presenciado un reproche. Más bien al contrario: confirmando e insistiendo en la idea compartida de que las cosas se consiguen con trabajo y con esfuerzo. También con suerte, sí, pero sobre todo con trabajo y con esfuerzo. Y lo que se consigue no son grandes cosas. Son cosas. Pequeñas. Modestas. Alcanzables. Y eso, con suerte.

Gallinas que entran por gallinas que salen

Es muy sencillo. La clave siempre ha sido que entren muchas más gallinas de las que salen. Y eso se hace con esfuerzo, pero sobre todo con sacrificio. Con privaciones. Con saber priorizar. Y con más privaciones. No es tan difícil de entender, aunque es tremendamente costoso de ejecutar.

Por qué escribo esto un sábado por la noche

Comparto todo esto porque estoy harto. Más que harto: cansado, aburrido y hastiado de leer estupideces en redes sociales acerca del valor del trabajo, del esfuerzo, de la meritocracia y, en general, de cómo enfocar la acción profesional. Consejos de gente que no ha puesto un euro encima de una mesa, que no ha firmado una nómina, que no ha pasado un mes sin dormir pensando en si cuadraban los números.

Y me siento absolutamente legitimado para hablar de esto. Porque soy un tipo de barrio. De familia de clase trabajadora. He montado mi empresa y la he hecho crecer muy modestamente. Sin ninguna ayuda. Sin socios. Sin inversores. Sin financiadores. Todo a pulmón. Cero pelotazos. Cero humo. Es lo que sé hacer y es lo que he hecho.

Creo que va siendo hora de que volvamos a reivindicar el valor del trabajo. El valor del esfuerzo. El valor del ahorro. La metodología, si se le puede llamar así, basada en esforzarse, en trabajar, en optimizar cada unidad mínima de recursos que están de nuestro lado, y en tener la certeza de que se está haciendo lo correcto. Porque además, toda esa acción desprende y se rodea de unos valores necesarios, convenientes, razonables y válidos.

No lo damos por sabido

A veces, por dar por sabidas las cosas, no las compartimos. No las describimos como merecen. Y esta es importante. Para mí, mucho.

Ideal para un sábado por la noche en un blog en el que siempre hablo de tecnología, de negocios y de movidas de este estilo. Pero aquí somos personas que tenemos nuestro contexto, nuestro background, que venimos de donde venimos. Y que nunca, nunca, lo olvidamos.

El final de un ciclo: casi 20 años en Twitter y por qué dejo de invertir en ello

Marzo de 2007. Lo recordaré siempre porque ahí es cuando empezó todo, ahí es cuando abrí mi cuenta en Twitter, en un momento en el que la plataforma apenas era conocida fuera de los círculos tecnológicos más frikis. Casi 20 años después, en febrero de 2026, he decidido no renovar mi suscripción de pago. Y creo que merece la pena explicar por qué. Aunque sólo sea como ejercicio de terapia, como dinámica de gestión del duelo. Sí, esto es un fin de ciclo de Twitter en lo que a mi respecta.

Ilustración de Hugo Tobio

Todo lo bueno se acaba

Esto no es una decisión impulsiva. Llevo meses dándole vueltas, intentando encontrar razones para seguir. He sido usuario de pago, contra todo lo que la razón y mis principios me aconsejaban, precisamente porque quería sacar el máximo partido a la plataforma, independientemente del ruido ambiental. He invertido tiempo, dinero y energía en mantener una presencia activa, en compartir conocimiento y en construir conversaciones, relaciones, contactos y todo tipo de dinámicas en positivo.

Pero hay un momento en que los números y los resultados son claros: el alcance es mínimo y el crecimiento nulo. Y no hablo sólo de métricas de esas que le engordan a uno el ego (que esas, por cierto, hace tiempo que dejaron de ser importantes para mí). Hablo de conversaciones reales, de intercambio de ideas, de ese valor que justifica invertir recursos económicos y temporales en una plataforma. Tan simple como eso.

El coste real de la toxicidad

El dinero, siendo honesto, en este caso es lo de menos. Para una empresa como Torresburriel Estudio (en realidad para cualquier empresa medianamente sostenible), el coste de una suscripción a Twitter es ridículo en términos de presupuesto. Lo que no es ridículo es el coste de oportunidad del tiempo invertido.

El nivel de toxicidad, basura, gentuza y trolls ha superado cualquier límite razonable. Y esto no sólo pudre la experiencia directa, sino que tiene efectos secundarios más sutiles y desde mi punto de vista perniciosos: afecta al comportamiento de las personas que podríamos considerar “normales”. La interacción desaparece. La gente deja de compartir. El miedo, creo, a ser el siguiente objetivo de una horda enfurecida paraliza la conversación que nace con el objetivo de compartir.

La moderación como virtud perdida

Siempre he creído que en la moderación está la virtud, aunque también es cierto que no siempre lo he practicado. Especialmente en los últimos años, he intentado mantener un equilibrio entre lo directo y lo reflexivo, entre lo informal y lo intelectual. Pero Twitter ha dejado de ser un espacio donde esa moderación tenga sentido o siquiera sea posible. Ahora solamente hay espacio para la confrontación directa, que un escándalo mayúsculo sea superado por el siguiente, el insulto y la polarización extrema.

No hay espacio para el matiz. No hay lugar para el pensamiento pausado. Ni hablamos de que haya espacio para la fraternidad, la colaboración, la ayuda mutua y el compañerismo. Todo se convierte en trinchera, en posicionamiento extremo, en ruido ensordecedor que ahoga cualquier intento de conversación que merezca la pena.

Lo que se pierde

Es una pena, y lo digo sin ironía. Todavía quedan algunos perfiles que comparten contenido interesante, reflexiones valiosas, conocimiento genuino y algo de espíritu colaborador. Pero el conjunto, para mí, hace que ya no merezca la pena. Es como intentar mantener una conversación inteligente en medio de un estadio durante un derbi: puede que tu interlocutor tenga cosas interesantes que decir, pero el contexto lo hace insostenible.

Nada es para siempre

Casi 20 años dan para mucho. He visto nacer tendencias, he participado en conversaciones que luego se convirtieron en movimientos, he conocido a personas extraordinarias, he hecho negocios muy interesantes y sobre todo he aprendido muchísimo. Twitter fue, durante mucho tiempo, una herramienta profesional valiosa y un espacio de aprendizaje continuo. Tantas veces me pregunté que no sabía cómo había podido estar en internet hasta la llegada y existencia de Twitter. Y, cómo son las cosas, estoy cerrando una de las últimas páginas de esa historia.

Todo tiene un final. Y reconocer cuándo algo ha dejado de aportar valor no es rendirse, es ejercer el criterio profesional que llevo aplicando casi dos décadas en mi trabajo: saber cuándo una herramienta, un proceso o una relación ha dejado de ser productiva.

La decisión

No renovaré mi suscripción. Probablemente mantenga la cuenta, por si acaso, pero sin inversión activa de tiempo ni recursos. Redirigiré esa energía a otros espacios, otras conversaciones, otras formas de compartir conocimiento y construir comunidad. La mera existencia de este nuevo blog creo que ya apuntaba hacia donde iba el futuro.

Porque al final, de eso se trata: de construir, no de resistir. Y Twitter se ha convertido en un ejercicio de resistencia que ya no estoy dispuesto a mantener.

Todo lo bueno se acaba. Y está bien que así sea.

Soberanía digital desde el escritorio: un experimento personal con software europeo

Hoy he decidido arrancar un experimento. Nada revolucionario, nada que vaya a cambiar el mundo. Simplemente quiero probar a reconstruir mi infraestructura digital personal, la que uso para mis cosas y no para el trabajo, sobre software europeo.

He elegido tres herramientas fundamentales: Vivaldi como navegador, Proton Mail para el correo electrónico y Qwant como motor de búsqueda.

Por qué lo hago (y por qué ahora)

Tengo una convicción personal bastante arraigada sobre la soberanía digital. No como un eslogan, sino más bien como una pregunta práctica: ¿dónde están mis datos personales? ¿Bajo qué marco legal operan? ¿Qué modelo de negocio sostiene las herramientas que uso cada día para cosas que no tienen nada que ver con mi actividad profesional?

Profesionalmente trabajo con equipos FANG. Conozco bien sus productos, respeto muy profundamente a las personas que están detrás y valoro la calidad de lo que hacen. Puedo decir que colaboro a construir parte de ese producto. Pero precisamente por eso sé que hay una diferencia entre las herramientas que elijo para mi trabajo, donde prima la integración, la eficiencia y la interoperabilidad con clientes y colaboradores, y las que uso para mi vida personal, donde puedo permitirme explorar alternativas que responden a otros criterios.

La propuesta: Vivaldi, Proton y Qwant

Vivaldi es un navegador desarrollado en Noruega con una filosofía de personalización radical. No te impone un flujo de trabajo “óptimo”, sino te da herramientas para que construyas el tuyo. Me gusta esa idea de respeto al criterio del usuario.

Proton Mail viene de Suiza, y es un sistema de cliente de correo electrónico (aunque hacen muchas más cosas) que ofrece cifrado de extremo a extremo por defecto y tiene un modelo de negocio transparente: pagas por el servicio, no eres el producto. Simple. En realidad tan simple como el internet de principios de los 2000, pero ya se nos ha olvidado cómo era.

Qwant es francés, no hace tracking, no construye perfiles comerciales sobre uno y devuelve resultados de búsqueda sin movidas de filtros. Quiero ver qué se siente al buscar sin que alguien edite internet para mí.

Qué espero aprender

No sé si estas herramientas serán mejores, peores o simplemente diferentes. Tampoco sé si el experimento durará tres meses o tres años. Lo que sí sé es que quiero entender, en primera persona, qué implica operar con software que parte del RGPD como estándar, no como obligación legal a cumplir.

Quiero comprobar si la privacidad como sistema por defecto cambia algo en mi forma de trabajar. Quiero ver si pierdo funcionalidad significativa o si gano algo que no sabía que me estaba perdiendo. Y quiero hacerlo desde la curiosidad, no desde el rechazo a lo que uso ahora.

Esto no va de purismo tecnológico. Va de explorar alternativas viables que respondan a una visión diferente sobre qué debe ser la infraestructura digital básica.

Un punto de partida, no una cruzada

Arranco hoy. Vivaldi ya está instalado y configurado. Proton Mail está listo para funcionar. Qwant es mi buscador por defecto. Iré contando cómo evoluciona esto, qué funciona, qué no, y qué aprendo en el proceso.

No es una declaración de principios contra nada ni contra nadie. Es, simplemente, un experimento personal sobre soberanía digital. Empezamos.​​​​​​​​​​​​​​​​

Por qué me voy a vivir a un libro este 2026

No sé a vosotros, pero a mí el mundo últimamente me tiene un poco saturado. Abres cualquier red social o pones las noticias y lo que te encuentras es un ruido constante, un caos que parece que no descansa ni en festivos. Hoy puede ser un ejemplo estupendo de esto. Precisamente por eso, he decidido que este año, que ya viene cargadito de planes en mi lista, necesito algo que me saque de aquí sin necesidad de pasar por el control de seguridad de un aeropuerto.

Tengo una espina clavada desde 2025: leer Cien años de soledad. Se me quedó ahí, en la lista de tareas pendientes, mirándome de reojo mientras pasaban los meses. Pero hoy, con todo lo que está cayendo, el cuerpo me pide Macondo a gritos.

¿Por qué ahora? Pues porque creo que el realismo mágico es la única forma lógica de mirar de frente a una realidad que, honestamente, a veces no hay por dónde cogerla.

Objetivos y propósito

Este año me he propuesto objetivos muy claros: bajar a los 85 kg, viajar a Varsovia o Budapest y, sobre todo, defender mis fines de semana a capa y espada, entre otros. Ahí es donde entra García Márquez. No quiero leerlo por postureo ni por tachar un clásico de la lista. Quiero leerlo porque necesito un sitio donde las mariposas amarillas sean más importantes que la última crisis geopolítica.

Dicen que en Macondo el tiempo no pasa, sino que da vueltas en círculo. Y yo, que ando ahora obsesionado con organizar mis semanas en Armillas o Madrid y con no seguir no trabajando en festivos, creo que necesito esa pausa. Quizás perderse entre tantos Aurelianos y Josés Arcadios sea la mejor manera de encontrarse un poco de calma entre tanto algoritmo y tanta prisa.

Así que, si me veis un poco ausente los próximos sábados, ya sabéis dónde estoy. No me busquéis en el móvil; estaré intentando descifrar el árbol genealógico de los Buendía, buscando un poco de esa magia que a este mundo le empieza a hacer falta de forma urgente.

Al final, si la realidad se pone fea, siempre nos quedará la ficción. Y si es de la buena, mejor.