Por un 2026 sin excusas y sin amargura

El otro día, mientras cerraba el típico resumen profesional de fin de año, ese que muchos publicamos en diciembre para sacar pecho o hacer balance de facturación y proyectos, me di cuenta de algo que me dejó un poco así. Llevamos años midiendo el éxito con base en lo que otros validan: el cliente, el mercado, los seguidores de turno. Que, en cierto modo, me parece razonable, pero también lo es el no venirse arriba y pisar suelo firme, mancharse los zapatos y pensar que tampoco pasa nada por eso.

Con mis ojeras del 1 de enero y mis mejores deseos para el nuevo año

Me ha apetecido estrenar el año en mi blog personal de otra manera. Sin métricas de vanidad. A tumba abierta.

He estado dándole vueltas a mis objetivos para este 2026. Son personales. No los voy a poner aquí con nombres y apellidos porque, francamente, no le importan a nadie más que a mí. Pero hay algo en ellos que me ha hecho click: dependen enteramente de mi voluntad.

Ni del presupuesto de un tercero, ni de si el algoritmo me trata bien, ni de si el contexto internacional acompaña. Todo eso quizás sirve para los objetivos profesionales, ya os digo que sí. Pero esto es distinto. Si no los cumplo, el único responsable soy yo. Y eso, que a mucha gente le da un pánico atroz, a mí me da paz mental. Básicamente porque significa que tengo el control. Es que es así de simple.

Pero bueno, lo que de verdad me importa no es la lista de tareas, sino el cómo quiero recorrer el camino este año.

Saber lo que uno quiere, y lo que no

Hace poco escribí sobre la amargura y he flipado con la de gente que se ha visto reflejada. Yo el primero. He estado ahí. También he sido esa (mierda de) persona que ha llevado la queja por bandera, que ha mirado lo que hacen los demás con el colmillo afilado y que se ha dejado arrastrar por esa inercia de que todo está fatal.

He identificado el patrón. Y una vez que lo ves, ya no puedes dejar de verlo. Hay muchísima gente operando desde ahí, desde un resentimiento que al final lo único que hace es chuparte la energía. Este año, mi línea roja es esa: alejarme de la amargura y de quienes la llevan como estandarte. No es una cuestión de ser Mr. Wonderful, que ya sabéis que me da alergia, es una cuestión de higiene mental.

Manos a la obra

Para este 2026 he decidido que hay una serie de principios transversales que van a mandar sobre todo lo demás. Cosas que no están en la lista de objetivos, pero que son el suelo que quiero pisar.

Sumar, siempre sumar. No me interesa la crítica que destruye por el placer de destruir. Si no vas a aportar algo que construya, mejor nos tomamos un café y hablamos del tiempo. Ante la duda, bondad. Suena cursi, ¿verdad? Pues me da igual. En un mundo lleno de cínicos, capullos y de gente que va de vuelta de todo, elegir la bondad es un acto de rebeldía.

Voy a doblar la apuesta por quienes lo merecen. Mi tiempo y mi energía son finitos. Voy a poner el resto en la gente que suma, en la que está ahí, en la que aporta valor real. Y dar. Así de simple. Sin esperar el retorno inmediato, sin llevar la cuenta de te debo una.

Al final, este 2026 va de eso. De una responsabilidad individual que asusta un poco pero que libera muchísimo. Pero también de ser generoso porque sí. De entender que, si quiero que mi entorno sea mejor, el primero que tiene que dejar de lado el runrún de la amargura soy yo.

Aquí hemos venido a jugar, pero a jugar limpio y con el corazón por delante. Sin filtros. A ver qué tal se nos da el año. Yo, de momento, empiezo con ganas.

Mi Top 10 de discos de 2025

A estas alturas de la película, quienes me seguís desde hace años ya sabéis que mi cabeza siempre tiene un pie en los 90. Me gusta lo que es real, lo que suena orgánico y lo que tiene groove.

Este 2025 ha sido un año curioso. He vuelto a los básicos. Mucho. He pasado horas con los cascos puestos saltando del bajo de UB40 (que para mí son sagrados pese a las estúpidas movidas entre los Campbell) al sonido sucio y directo de Nas y DJ Premier.

He montado una lista en Spotify con los 10 discos que más me han gustado estos meses. No es una lista de lo más escuchado, es lo que me ha gustado/sorprendido:

  • Nas & DJ Premier: Puro Nueva York de los 90 en pleno 2025. Sin filtros.
  • UB40: El disco UB45 es como volver a casa.
  • Fontaines D.C.: Ese rock británico que te mantiene despierto.
  • De La Soul: un clásico de entre los clásicos. Decir De La Soul es decir hip hop.
  • Chronixx: sonido con un rollo increíble. Groove lo llaman pero a mí lo que da es un buen rollo impresionante.
  • Loyle Carner: rapear sobre guitarras, bajos, pianos, pero que no parezca un rap. Tiene mucho mérito.
  • The Smile: no sabría cómo calificar el sonido, pero me viene a la cabeza algo como ecléctico, desde el reggae hasta lo experimental, pasando por lo intimista.
  • Clipse: hip hop de El Corte Inglés como definición. Bases premium pero nada excluyentes. Voces ortodoxas pero amables.
  • Idles: rock británico, con pocas concesiones, si me apuras hacia ritmos o sonidos que recuerdan al soul o al gospel. Pero no nos vengamos arriba, muy británico.
  • Jesse Royal: para cuando necesito el ritmo de Jamaica bien puesto.

Es una mezcla de géneros que, sobre el papel, igual no pegan mucho (indie, reggae, boom-bap), pero que para mí funciona. Al final, se trata de música con la que me siento cómodo.

Si os apetece escuchar algo que no sea más de lo mismo, os dejo por aquí el enlace a la lista.

Master of naming, o no

La verdad es que nunca me ha dado por apuntarme las distintas formas en las que la gente escribe el nombre de mi empresa. Y no hablo solamente de gente que no nos conoce personalmente, sino que hablo también de personas que nos conocen y, en alguna ocasión, incluso de gente que se unía al equipo en sus primeras semanas, por no hablar de las personas que me envían su candidatura para trabajar con nosotros y me cuentan lo mucho que admiran nuestro trabajo, pero el nombre de la empresa lo escriben de diferentes formas.

No les culpo, todo el mundo no tiene la misma motivación que yo para conocer mis apellidos, que en realidad es el nombre de mi empresa.

Pero bueno, más allá de eso, este post solamente tiene como intención contar esa anécdota, la de veces que veo el nombre escrito de formas de lo más variopintas.

Torres Burriel Studio
Torres Burriel
Estudio Torres Burriel
Torres Buriel
Torres Buriel Estudio


En fin, que eso me pasa por poner un nombre tan complicado.

El medio y el mensaje

Llevo compartiendo cosas en Internet desde 1997. No sé exactamente cuándo empecé a hacerlo con intención, pero sí recuerdo la máxima que me ha guiado todos estos años. La aprendí de David de Ugarte y viene a decir que, con todo lo que la comunidad te ha dado, lo mínimo que puedes hacer es compartir una pequeña parte de lo aprendido. Devolver algo. Contribuir a ese ecosistema del que te has nutrido.

Esa idea me ha acompañado en los blogs, en los tweets, en los comentarios, en las referencias cruzadas. He escrito pensando en quienes venían detrás, en quienes se enfrentaban a las mismas dudas que yo tuve, en quienes podían aprovechar un atajo que a mí me costó años descubrir. Y lo he hecho desde una escuela muy concreta: la del texto, la de la palabra escrita, la de la conversación asíncrona que se construye enlace a enlace.

Pero los tiempos han cambiado. Y yo, aunque me resista a admitirlo del todo, también.

Tenía casi treinta años cuando empecé a comunicar con cierta audiencia. Ahora tengo cincuenta y dos para cincuenta y tres. Aquella gente que me leía al principio ha cambiado, y hay muchísima gente nueva que se ha ido incorporando. Generaciones enteras que se han socializado en lo digital de formas que yo ni imaginaba. El vídeo corto, los shorts, los reels, lo visual como lenguaje dominante, la inmediatez, lo efímero. Todo eso es territorio que no domino. No me he criado ahí, no tengo el hábito, no me sale natural.

Y aquí viene la parte incómoda de admitir: me he quedado desactualizado. Desactualizado en la forma de comunicar, posiblemente en la forma de hablar, y no sé si también en la aproximación a lo que comparto. Porque una cosa es saber que debería estar en determinados canales y otra muy distinta es que el mensaje, la personalidad y la forma de comunicar hagan match con esos formatos.
Puedes estar en todas partes, pero no puedes estar de cualquier manera.

Sigo queriendo compartir. Sigo queriendo dinamizar esa comunidad de la que formo parte desde hace casi tres décadas. Pero tengo dudas. Muchas. ¿Merece la pena forzar una adaptación a formatos que me resultan ajenos? ¿Tiene sentido aparecer en canales donde no voy a poder ofrecer lo mejor de mí? ¿O es más honesto aceptar que mi lugar está en otro tipo de comunicación, aunque ese lugar tenga hoy menos alcance?

No tengo respuestas claras. Lo que sí tengo es la voluntad de seguir pensando en voz alta, de exponerme a la crítica y de escuchar a quienes tengan algo que decir al respecto.

Porque si algo he aprendido en todo este tiempo es que las mejores decisiones rara vez se toman en solitario.

El día del resumen del año

Mira que pasa el tiempo y me lo sigo pasando igual de bien escribiendo el post del resumen del año en el blog de Torresburriel Estudio. Creo que es cosa de hacerse mayor. Pero no importa, lo disfruto igual.

Lo que me flipa es que para generar un poco de atención lo cuento en redes sociales y al final la conversación se queda allí, en LinkedIn. Ya no me acordaba lo duro que ha sido siempre mantener una conversación consistente en los comentarios de los blogs.

Tendré que hacerme la idea.

Nunca me preocupó tanto un 14%

Me parece alucinante que lo que he visto en redes sociales lo he contrastado en un medio del que me fío. El 14% de los españoles han discutido o han roto alguna amistad por diferencias políticas.

El 14% de los españoles tiene un serio problema con la democracia.

Precisamente se trata de convivir, de cultivar amistades, de trabajar su pervivencia, incluso cuando se piensa diferente, lo contrario, o radicalmente opuesto.

No salgo de mi asombro.

El día que lo cambió todo estaba durmiendo en un colchón de aire

Colchón de aire y contrato que lo cambió todo

Estaba subiendo una foto a Flickr y me salió una descripción, quizá un poco épica, pero bastante cercana a la realidad. Decía algo así como: el día que cambió todo estaba durmiendo en un colchón de aire, en una habitación vacía en una casa nueva, a punto de empezar una mudanza. Y era cierto.

A veces puede resultar paradójico el hecho de estar viviendo uno de los momentos más dulces desde la perspectiva profesional, mientras desde un plano personal se está en un plano donde la incomodidad es la nota predominante. Pero cuidado, es una incomodidad transitoria porque estoy hablando de una mudanza, no de algo más profundo, serio o de impacto.

La cosa es que echando la vista atrás, que es algo que se suele hacer cuando se encara la última parte del mes de diciembre, me ha parecido bastante paradójico darme cuenta de eso, de que el día que estuve firmando un contrato con un cliente que lo cambió todo en mi empresa, estaba durmiendo en un colchón de aire porque al día siguiente tenía que gestionar una mudanza en un tiempo récord y con la mayor dimensión de todas las mudanzas que he hecho en mi vida.

Una muestra más de que uno nunca sabe, de que las cosas a veces no son lo que parecen y en general de la fragilidad de las apariencias.

La baja intensidad

Si hay algo en esta vida que me molesta y me podría hacer perder la educación es el observar de cerca a personas con comportamientos racistas y xenófobos. Lamentablemente en mi día a día no estoy exento de experimentarlo de cerca porque mi mujer no es española. Y además no tiene la piel blanca como la mía. Y además todo ello es muy evidente.

Lamentablemente hoy hemos experimentado otro de esos pequeños episodios, que se podrían considerar desde una perspectiva externa como “de baja intensidad”. Pero esa intensidad no se mide por lo que la gente puede observar, sino por cómo uno lo siente. Son episodios extraordinariamente desagradables.

Como este es mi blog y escribo lo que me da la gana, dejo este pensamiento por aquí porque no se me ocurre un lugar mejor donde dejarlo. Acompañado de ese pensamiento incluyo que espero que no llegue el día en el que tras uno de estos episodios pase a la acción, porque honestamente —y estoy siendo muy sincero—, no sé cómo reaccionaría. Intentaría hacerlo dentro de cauces de diálogo, pero no lo puedo garantizar..

Otro día hablaré de los sentimientos, las emociones y el día a día cuando toda esta mierda es más protagonista de lo que debiera. Hoy no.

Siempre hay una primera vez, pero esta es la segunda

Pues hace tiempo, mucho tiempo que quería esto. Tener un sitio para poder ir dejando pensamientos y anotaciones. Unos más elaborados, otros menos elaborados y espontáneos, y otros directamente estoy seguro que me arrepentiré de haberlos publicado.

Pero en esto consiste escribir y compartir. Muchas veces es una cuestión de equivocarse. Pero algo de experiencia tengo en esto porque mi primera vez fue en 2003 (en realidad fue en 2001, pero quien yo era la época de Movable Type, antes de WordPress). Nada más y nada menos que 23 años. Me da vértigo pensarlo.

También es verdad que hay una cosa que siempre ha venido conmigo: aquí hemos venido a jugar y a estas alturas de la película no me voy a preocupar demasiado por los comentarios, por lo que pueda pensar quien sea, ni por nada por el estilo. Yo sé mejor que antes que hay audiencia que lee, pero principalmente escribo para mí.

Esta entrada la escribo con el móvil. Vaya experiencia mejorada que ha experimentado WordPress con esto. Pero es que hace demasiado que no escribía en mi otro blog, aquel que aunque lleve mi nombre ya no es mío.