Llevo un tiempo observando cómo muchas aplicaciones y servicios digitales van perdiendo aquello que las hacía útiles, diferentes o simplemente agradables de usar. A finales de 2025 esto ya no es una sensación: es un patrón que podemos identificar y nombrar. Y lo que me parece más preocupante, tiene causas muy concretas que lejos de atajarse parecen campar a sus anchas.
Hay dos procesos que convergen para crear una tormenta perfecta contra la experiencia de usuario. Ninguno de los dos es nuevo, pero su combinación está resultando demoledora.
Vamos a mojarnos, que para eso he montado esto.
La mierdificación
El término es feo, lo sé. Pero describe muy bien lo que está pasando. Ale Muñoz lo usaba hace poco para explicar cómo Front, una herramienta que le encantaba para gestionar el soporte, se había transformado en “una herramienta genérica de helpdesk”. De algo específico, bien pensado y con un propósito claro, a algo hinchado y difuso.
Es un patrón que vemos en todas partes. Las aplicaciones se van llenando de funcionalidades que ya no es que no sean básicas, sino que directamente no son necesarias, son accesorias. Si faltaba alguien por unirse a la fiesta, se mete inteligencia artificial con calzador, sin que aporte valor real al usuario, simplemente porque hay presión por tener IA en el producto o porque se quiere molar o por lo que sea (no me quiero adelantar). Se diseñan mecanismos de enganche (hookers) que buscan atrapar usuarios y disparar la fricción de migración. El objetivo ya no es resolver mejor el problema del usuario, sino secuestrarlo.
La aplicación que empezó siendo simple y con una función concreta bien resuelta termina convertida en un monstruo que intenta hacer de todo y no hace nada especialmente bien. Y lo peor: el usuario que llegó por aquella primera propuesta de valor se ve secuestrado de mala manera en algo que ya no reconoce, pero de lo que no puede salir fácilmente porque sus datos, su historial, sus integraciones están ahí dentro.
“Es que todo el mundo lo hace”
No me quería adelantar. El segundo vector es todavía más hilarante. Jeremy Keith lo explicaba ayer mismo con ejemplos muy reconocibles: desde los carruseles en páginas de inicio hasta los banners de cookies, pasando por decisiones técnicas cuestionables como hacer una SPA con React para una web que no lo necesita.
La frase “everyone else is doing it” (o su equivalente en castellano, “es que todo el mundo lo hace”) se ha convertido en sustituto de cualquier tipo de análisis o responsabilidad. Keith recuerda los intros de Flash: todo dios sabía que eran molestos e innecesarios, pero todo el mundo los ponía. La solución no fue eliminarlos, sino añadir el famoso enlace de “skip intro” que tenía un 100% de clics. Así cualquiera.
Es francamente deprimente ver cómo esta lógica sigue funcionando igual veinte años después. Cuando una decisión de diseño o de negocio se justifica únicamente porque “los demás lo hacen”, estamos renunciado al criterio profesional. Estamos dejando de preguntarnos si tiene sentido para los usuarios, para el contexto y para el producto. Un desastre.
La combinación es tóxica
Cada uno de estos dos vectores por separado ya es problemático. Pero cuando se combinan, el resultado es devastador para la experiencia de usuario.
Por un lado, la mierdificación va hinchando los productos con funcionalidades innecesarias y mecanismos de captura (secuestro más bien) del usuario. Por otro, esas decisiones se justifican con el “todo el mundo lo hace”, lo que impide y pone freno a cualquier reflexión crítica. El resultado es una carrera cuesta abajo donde todos los productos van convergiendo hacia el mismo modelo deformado, genérico y hostil con el usuario. Estoy haciendo esfuerzos para no decir eso de la convergencia hacia una mierda.
Lo que se pierde en el camino es precisamente aquello que hacía valiosos y deseados a esos productos: un propósito claro, su simplicidad, su capacidad de resolver un problema concreto de una forma correcta y eficaz.
Qué podemos hacer
Ante esta realidad, quienes trabajamos en experiencia de usuario tenemos la responsabilidad de plantear alternativas. Y desde mi punto de vista pasan por tres ejes fundamentales.
Hacer investigación con usuarios. No como un trámite ni como una validación de decisiones ya tomadas, sino como una práctica honesta para entender qué necesitan realmente las personas que usan nuestros productos. La investigación es el antídoto contra el “todo el mundo lo hace”, porque nos obliga a mirar a nuestros usuarios, no a lo que hacen los demás.
Aumentar el nivel de madurez UX de las organizaciones. Muchas de estas decisiones se toman porque no hay criterio ni estructura para cuestionarlas. Cuando UX es sólo un departamento que “pone bonitas las pantallas”, no tiene capacidad de influir en decisiones estratégicas. Necesitamos organizaciones donde la experiencia de usuario sea un criterio de negocio, no una capa de maquillaje. Y eso también necesariamente pasa por contar con referentes en el liderazgo en diseño.
Asegurar una buena formación de los equipos. Y no me refiero sólo a formación en herramientas o metodologías, sino en criterio profesional. Equipos que sepan argumentar por qué una funcionalidad no debe añadirse, que entiendan las implicaciones de las decisiones de diseño, que tengan la capacidad de decir “no” cuando corresponde.
No es un problema que se resuelva con una checklist ni con una herramienta nueva. Es un problema de cultura, de criterio y de responsabilidad profesional. Y si algo podemos hacer quienes trabajamos en esto, es no quedarnos callados cuando vemos estas dinámicas en marcha.
Pues mira, me voy a mojar aún más, y diré que en mi opinión otra de las causas que contribuye a esta mierdificación son las malditas métricas (o más concretamente, la perversión de las mismas).
Desde el momento en que se imponen KPIs a un producto, nos arriesgamos a que se optimice en función del dato, y no de la experiencia.
Esto lo he visto muchas veces, y es demoledor ver el resultado que obtienes cuando sólo haces caso al número y pierdes de vista al ser humano que usa tu producto.
Por ejemplo: si el objetivo del equipo de producto ya no es “hacer un producto bueno, bonito, y agradable de usar” sino “subir el ratio de conversión de la peña que inicia un trial”, se empiezan a hacer cosas como sembrar el producto de banners que te “animan” a que aflojes la pasta. Y si no pones mucho cuidado, lo más probable es que la experiencia de uso sufra, bastante.
Y si, puede que el ratio de conversión suba. Pero el producto ahora es más feo, más grosero, y mucho menos agradable de usar.
Me dirás: “pues hay gente que lo consigue, y te ponen triggers para que te conviertas en usuaria de pago que son super elegantes”. Y te contestaré: pues tienes razón, y toda esa gente tiene en común una cosa: que ponen la experiencia de uso al mismo nivel (o incluso por encima) del maldito KPI.
Gracias por venir a mi TED Talk, me voy a pegarle fuego a Amplitude 😅
Se me ha salido el café por la nariz al leer lo de pegarle fuego a Amplitude 😂😂
Anyway luego te cuento, que tu comentario tiene mucha miga.
Tenía pendiente pasarme por aquí porque había mucha tela en tu comentario y tampoco la quería dejar pasar.
Mira, respecto de las métricas. Tengo una experiencia profesional determinada con un cliente que ya no tengo, que ya pasó, que básicamente se ha resumiría en que tenía que acatar las directrices de un manager que cuando le interesaba sacaba las métricas a pasear. Cuando le interesaba, sacaba su criterio personal, subjetivo y soportado en nada para aprobar o denegar iniciativas.
Las métricas en sí no me parece algo para demonizar, pero desde luego está claro que la mediocridad utilizando métricas es devastadora.