Ayer, día de Nochebuena, estuve toda la mañana enviando mensajes personalizados para felicitar la Navidad. No eran los típicos mensajes corporativos, sino que fueron notas a personas con las que normalmente solamente tengo un intercambio profesional. Pensé que era buena idea darle un toque más personal, aunque sólo fuera una vez al año.
Pues bien, la cosa es que uno de esos mensajes tuvo una respuesta que honestamente no esperaba. Me dijo que se alegraba de trabajar con alguien que pone sus principios por encima de otras cuestiones. Y que no era fácil encontrar gente así.
La verdad es que no supe muy bien qué responder. Pero fue el mejor regalo de Navidad que podía imaginar, las cosas como son.
Tener principios no es gratis. Nunca lo es, y es una lástima que sea así, pero es lo que hay. Aplicarlos siempre cuesta algo: un cliente que se va, una oportunidad que se cierra, lo que podría ser y no es, una conversación incómoda que otros prefieren evitar. No es postureo, precisamente porque escuece. El postureo es muy barato; los principios, no tanto.
A corto plazo, tener principios no es una buena idea. Si miramos sólo los próximos tres meses, pues me atrevo a decir que casi siempre es más rentable mirar hacia otro lado, decir que sí a todo o adaptarte a lo que toque sin rechistar, o sin intentar aplicar el criterio propio.
A largo plazo, la cosa cambia. Primero, duermes más tranquilo. Y eso, con los años, tiene un valor que no aparece en ninguna hoja de cálculo pero se nota en la calidad del sueño. Y también en el humor que a uno le contempla por las mañanas.
Segundo, no le debes nada a nadie. No hay favores que devolver, ni silencios que mantener, ni compromisos que te aten las manos. La independencia es muy cara, eso es algo que digo siempre y que reitero.
Tercero, tienes más libertad de movimiento. Puedes decir lo que piensas porque no hay nada que proteger más allá de lo que ya defiendes. Aunque todo esto no es infinito y tiene límites, sí que se nota bastante.
Y cuarto, y esto es lo que más me importa, puedes mirar a tu equipo a la cara con un discurso medianamente coherente. La transparencia no se predica sino que se practica.
No escribo esto para presumir. Escribo esto porque me lo recordaron ayer, y porque a veces necesitamos que nos lo recuerden. Hay que reconocer que se siente uno muy bien pero también se es mucho más consciente del precio que se paga.
Feliz Navidad.