El silencio como respuesta

Tengo una relación extraña con el silencio. Siempre la he tenido. Cuando lo recibo, me cuesta. Cuando lo doy, me pesa. Y sin embargo, mira tú qué cosas, cuantos más años cumplo, más lo entiendo como el espacio de descanso más honesto que existe. Para mí, el silencio personal es paz. No un silencio incómodo, sino uno que llega cuando las cosas están en su sitio. Un punto de llegada, no de huida. El confort más absoluto que conozco. Pero el silencio, como casi todo, tiene otra cara, que es la que se produce entre personas.

Ilustración de Hugo Tobio

El silencio administrativo me lo explicó todo

Estudié Trabajo Social, eso lo he contado varias veces. En una de esas asignaturas que parecen áridas desde fuera, Derecho Administrativo, aprendí un concepto que me pareció fascinante desde el primer momento: el silencio administrativo. La idea de que una Administración que no contesta en un plazo determinado está, en realidad, contestando. Positivo o negativo, pero contestando.

Me quedé con esa idea. No porque me importara especialmente el derecho público en aquel momento (estamos hablando de 1995), sino porque nombraba algo que intuía de forma difusa. El silencio no es ausencia de respuesta. Es una respuesta en sí misma. Una forma de comunicación que funciona, aunque nadie la haya acordado.

Cuando me lo hacen a mí

En el mundo profesional, el silencio lo he recibido muchas veces. Personas a las que contactas con una propuesta, una consulta, un mensaje al que le has puesto mucho cuidado. Y no responden. No dicen que no. No dicen que sí. No dicen que están ocupadas o que no les interesa. Simplemente, no dicen nada.

Durante mucho tiempo, ese silencio me ha generado malestar, siendo muy diplomático en mi expresión. Una especie de incomodidad que no sabía bien dónde colocar. Son incontables las veces en las que me he formulado preguntas como estas. ¿He hecho algo mal? ¿La propuesta no era buena? ¿Me habrán leído siquiera?

Con el tiempo he aprendido a leerlo de otra manera. El silencio de quien no contesta también dice algo. Dice que en este momento no hay espacio, o que no hay interés, o que contestar es más complicado que callar. No siempre es educado. No siempre es amable. Pero es real. Y es lo que hay.

Cuando lo practico yo

Y entonces llegó el momento más incómodo de este aprendizaje: darme cuenta de que yo también lo hacía.

Hay mensajes que recibo y no contesto. No siempre por dejadez, aunque a veces también. A veces porque no sé qué decir. A veces porque la respuesta honesta sería demasiado directa y prefiero que el tiempo lo resuelva. A veces porque, en el fondo, mi silencio ya es la respuesta, y decirlo con palabras no añadiría nada útil para ninguno de los dos.

Cuando me di cuenta de esto, de alguna manera algo encajó. No me liberé de la incomodidad de recibirlo, ni de coña, pero sí cerré un círculo que llevaba abierto mucho tiempo. No podía seguir molestándome con quienes me callaban si yo mismo lo hacía, consciente o no.

Ese cierre fue, paradójicamente, un acto de paz.

Una herramienta que no me gusta pero que uso

Lo que me parece honesto decir es esto: el silencio como herramienta de comunicación profesional no me gusta. Me parece imperfecto. Deja demasiado espacio a la interpretación, demasiada carga emocional en quien lo recibe, demasiada ambigüedad en una relación que podría resolverse con dos líneas. Y de alguna manera no puedo evitar que me parezca algo injusto.

Y, sin embargo, lo uso. A veces de manera inconsciente, otras con plena conciencia de lo que estoy haciendo. Es parte de un sistema que todos conocemos, que todos practicamos, y que muy pocos nombramos con claridad. Incluso ahora mismo escribiéndolo me estoy sintiendo extraño.

No creo que sea lo mejor. Creo que hay mucho silencio profesional que podría sustituirse por un ahora mismo no puedo o un esto no encaja con lo que necesito que sería mucho más útil para todos. Pero entiendo por qué no ocurre así. Contestar a veces cuesta. El silencio, al menos en el momento en que se produce, no.

Lo que el silencio me ha enseñado

Cuantos más años pasan, más espacio le doy al silencio como estado propio. Al silencio que elijo, al que me nutre, al que me permite pensar sin ruido. Y me encanta cuando eso sucede. Soy incapaz de explicar por qué, pero es así.

Y, cuidado, más tranquilidad tengo también con el silencio de los demás. No porque me parezca ideal. Sino porque lo entiendo como parte de la condición humana: la dificultad de decir las cosas difíciles, de cerrar conversaciones que uno preferiría que se cierren solas.

El silencio es, en ese sentido, algo así como un espejo. Me dice tanto de quien lo practica como de mí mismo cuando lo recibo. Y cuando aprendes a leerlo sin proyectar demasiado, se vuelve más manejable.

No deja de ser incómodo. Pero ya no me descoloca. Ya no. Pero eso no significa que no siga generándome un cierto grado de fricción.

Publicado por

torresburriel

Llevo más de 20 años trabajando en diseño digital e investigación con usuarios. Soy CEO de Torresburriel Estudio, miembro español de UXalliance, presidente de UXPA Spain y autor de tres libros sobre diseño digital.

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