No tenía previsto escribir nada hoy sábado. Pero hay días en los que las cosas se acumulan por dentro y la única forma de sacarlas es sentarse delante del ordenador y teclear. Y hoy es uno de esos días. Llevo meses madurando algo que suena muy de señor de 53 años, lo sé, pero que necesito poner en palabras: el valor del trabajo.
De dónde vengo
Soy generación X. Legítimo y orgulloso representante. Me he criado, me he socializado y he aprendido dentro de un contexto muy determinado. Hijo de padres emigrantes, de aquellos que hicieron el camino del campo a la ciudad. Me he educado gracias a la existencia de la educación pública. He ido a la universidad. Me he insertado como he podido en el mercado de trabajo. Con un esfuerzo que no voy a calificar de heroico, pero sí de considerable, he montado mi empresa y la he hecho crecer modestamente. Y ahora puedo decir que me va bien.
Pero las cosas no son tan sencillas como ese resumen.
He visto en primera fila cómo mis padres han trabajado como animales para sacar adelante una familia. Con unos pequeños ahorros. Con el típico colchón por si acaso. He conocido el significado real del pluriempleo encarnado en mi propia familia. Sí, eso de terminar una jornada de trabajo y empezar otra, porque ahí estaba la diferencia entre llegar y no llegar.
Y todo eso lo he contemplado sin haber escuchado una queja. Sin haber presenciado un reproche. Más bien al contrario: confirmando e insistiendo en la idea compartida de que las cosas se consiguen con trabajo y con esfuerzo. También con suerte, sí, pero sobre todo con trabajo y con esfuerzo. Y lo que se consigue no son grandes cosas. Son cosas. Pequeñas. Modestas. Alcanzables. Y eso, con suerte.
Gallinas que entran por gallinas que salen
Es muy sencillo. La clave siempre ha sido que entren muchas más gallinas de las que salen. Y eso se hace con esfuerzo, pero sobre todo con sacrificio. Con privaciones. Con saber priorizar. Y con más privaciones. No es tan difícil de entender, aunque es tremendamente costoso de ejecutar.
Por qué escribo esto un sábado por la noche
Comparto todo esto porque estoy harto. Más que harto: cansado, aburrido y hastiado de leer estupideces en redes sociales acerca del valor del trabajo, del esfuerzo, de la meritocracia y, en general, de cómo enfocar la acción profesional. Consejos de gente que no ha puesto un euro encima de una mesa, que no ha firmado una nómina, que no ha pasado un mes sin dormir pensando en si cuadraban los números.
Y me siento absolutamente legitimado para hablar de esto. Porque soy un tipo de barrio. De familia de clase trabajadora. He montado mi empresa y la he hecho crecer muy modestamente. Sin ninguna ayuda. Sin socios. Sin inversores. Sin financiadores. Todo a pulmón. Cero pelotazos. Cero humo. Es lo que sé hacer y es lo que he hecho.
Creo que va siendo hora de que volvamos a reivindicar el valor del trabajo. El valor del esfuerzo. El valor del ahorro. La metodología, si se le puede llamar así, basada en esforzarse, en trabajar, en optimizar cada unidad mínima de recursos que están de nuestro lado, y en tener la certeza de que se está haciendo lo correcto. Porque además, toda esa acción desprende y se rodea de unos valores necesarios, convenientes, razonables y válidos.
No lo damos por sabido
A veces, por dar por sabidas las cosas, no las compartimos. No las describimos como merecen. Y esta es importante. Para mí, mucho.
Ideal para un sábado por la noche en un blog en el que siempre hablo de tecnología, de negocios y de movidas de este estilo. Pero aquí somos personas que tenemos nuestro contexto, nuestro background, que venimos de donde venimos. Y que nunca, nunca, lo olvidamos.
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