Hay algo que me resulta llamativo cuando leo a otros emprendedores, autónomos y empresarios en redes sociales: la queja permanente. Los impuestos, la legislación, el contexto regulatorio, las condiciones laborales. Todo parece estar mal, todo el tiempo.
No digo que lo que denuncian sea mentira. A nadie le gusta cumplir con regulaciones que preferiría no tener. Es incómodo, a veces absurdo, y en ocasiones injusto. Eso es así. Pero también es real que esto es lo que hay.
Cuando decidí emprender, nadie me obligó. De hecho, mi madre me dijo literalmente si había “perdido la cabeza”. Elegí este camino con sus ventajas y con sus inconvenientes. Y una de las cosas que he aprendido con los años es que quejarse de las circunstancias que acompañan a un camino libremente elegido es, cuanto menos, poco práctico.
Sobre los impuestos tengo una posición que sé que no es popular entre mis pares, pero me parece de sentido común: si pagas muchos impuestos es porque te va bien. Y además, pagar impuestos tiene un componente social que, personalmente, me genera más orgullo que frustración. Contribuir a sostener servicios públicos, sanidad, educación, infraestructuras… eso no es un castigo, es participar en algo más grande que tu cuenta de resultados.
Entiendo que haya quien no lo vea así. Pero lo que me cuesta entender es que el discurso predominante entre quienes emprendemos sea precisamente ese: el del agravio permanente.
Y aquí va una observación que hago sin ánimo de ofender, pero con total honestidad: quien tiene tiempo de quejarse todo el día de los impuestos, probablemente no está tan ocupado facturando, vendiendo, produciendo y cuidando a su equipo como debería. Cuando estás de verdad centrado en lo que importa, las quejas sobre Hacienda ocupan un espacio muy marginal en tu cabeza.
Para quienes quieran sumarse a otra manera de ver esto, mi consejo es sencillo: asume las reglas del juego antes de sentarte a jugar. Emprender requiere inteligencia estratégica, y parte de esa inteligencia consiste en saber dónde poner el foco. Y el foco debería estar en lo que puedes controlar: tu producto, tu servicio, tu equipo, tus clientes.
Todo lo demás: impuestos, regulaciones, contexto, es el terreno de juego. No es justo, no es perfecto, pero es el mismo (al menos en teoría) para todos. Y si no te gusta el campo, siempre puedes elegir no jugar.
Pero si eliges jugar, hazlo con todas las consecuencias. Sin lloros.