La privacidad tiene un problema de diseño

Quienes me leéis sabéis que desde hace unos meses estoy alternando el uso de dos tipos aplicaciones. Por una parte las que todo el mundo usa, las que se actualizan cada dos semanas, las que tienen una feature para cada cosa que se te ocurra y para tres que no se te habían ocurrido, y por otro, esas herramientas que casi nadie conoce, que respetan escrupulosamente tu privacidad, que no venden tus datos ni los almacenan en servidores de terceros, pero que a veces tiene uno la sensación como si estuviera usando software de 2014. Spoiler: estamos hablando de privacidad y diseño.

Ilustración de Hugo Tobio

La conclusión a la que llego, después de un par de meses conviviendo con ambos ecosistemas, no es la que esperaba ni tampoco me está suponiendo una gran sorpresa.

El problema no es la privacidad, es la experiencia

Las herramientas mainstream como Google, Microsoft, Notion o Slack, tienen equipos muy grandes iterando sobre la experiencia de uso prácticamente cada semana. Eso se nota mucho en detalles como los flujos, que están bastante pulidos (hay excepciones, pero generalmente es así), las integraciones funcionan o el onboarding, que es casi invisible. Pero claro, el precio que pagamos no es económico: es nuestra información, nuestros patrones de uso, nuestra atención convertida en producto.

Las alternativas respetuosas con la privacidad como Proton, Ulysses o Signal parten de una premisa técnica y ética impecable. Pero, y este es el tena en cuestión, muchas de ellas arrastran una deuda de diseño considerable. Y no hablo sólo de interfaces menos bonitas. Hablo de fricciones innecesarias, de flujos que no se han pensado desde el usuario, de funcionalidades que llegan tarde o que nunca llegan.

Una propuesta desde el diseño

El sector de la privacidad digital necesita incorporar estrategia de diseño con la misma urgencia con la que incorporó el cifrado de extremo a extremo, por poner un ejemplo. Esto implica cosas concretas: investigación con usuarios reales, no solamente con early adopters técnicos; pero también ciclos de iteración más cortos aunque los equipos sean pequeños; y sobre todo, dejar de asumir que el usuario que elige privacidad está dispuesto a sacrificar experiencia de uso para siempre.

Para las herramientas mainstream, la propuesta es distinta pero igual de necesaria: transparencia real sobre qué datos se recogen y para qué, controles de privacidad que no estén enterrados en submenús, y dejar de usar patrones oscuros para mantener al usuario dentro del ecosistema.

La privacidad no debería ser un sacrificio en la experiencia de uso. Y la buena experiencia de uso no debería costar tu privacidad. Que en 2026 sigamos tratando esto como un dilema dice bastante de lo poco que hemos avanzado.

Publicado por

torresburriel

Llevo más de 20 años trabajando en diseño digital e investigación con usuarios. Soy CEO de Torresburriel Estudio, miembro español de UXalliance, presidente de UXPA Spain y autor de tres libros sobre diseño digital.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *