Hay algo que me parece que nos pasa a muchos cuando queremos promocionar lo que hacemos. Nos complicamos la vida sin necesidad.
Pensamos que para captar la atención de la audiencia hay que descubrir la rueda o el fuego. O, peor aún, inventar un concepto nuevo que suene sofisticado y nos coloque ese halo de experto que sabe cosas que tú no sabes. Y mira, puede que funcione. Pero también puede que estemos confundiendo complejidad con valor.
El caso es que he construido una experiencia gamificada para promocionar uno de nuestros productos. Y lo que he hecho ha sido exactamente lo contrario de lo que relatado al principio. He buscado:
- Lo simple.
- Lo obvio.
- Lo entretenido.
Nada de grandes artificios. Conceptos útiles que tengan un accionable detrás, un aprendizaje real. Incluso que tengan algo que la gente se pueda llevar. Que vayan presentando el producto de manera escalonada, sin saturar, sin pretender impresionar.
Ese era el objetivo y la verdad es que lo he conseguido. Al menos es lo que a mis expectativas se refiere.
Otra cosa será que funcione, que a la gente le guste y que sirva para la conversión. Pero eso ya es otro debate. Y uno que no me quita el sueño ahora mismo, porque lo que valoro de este ejercicio es otra cosa.
Lo que más me ha gustado es que me ha obligado a pensar en el resultado final de manera radical, no tanto en cómo construirlo. He delegado el 100% de la construcción en Lovable. El cien por cien. Y estoy muy contento con el resultado.
Hay algo liberador en soltar el cómo para centrarte en el qué y el para qué. Es algo que tiene que ver con dejar uno de ser el que ejecuta para ser el que decide qué tiene sentido y qué no. No es que la ejecución no importe, porque claro que importa, y mucho, pero a veces nos ciega tanto que perdemos de vista lo básico: qué queremos conseguir y por qué.
La sencillez no es falta de ambición sino que se parece mucho más a la presencia de claridad.