He construido una aplicación para parar

Llevo un mes trabajando, a ratos sueltos, en un proyecto personal que no tiene ambición comercial. Se llama Mindful Journal y vive en mindful-journal.app. Es una aplicación para escribir, para pensar, para reflexionar, para darse tiempo y para cuidarse. A veces también para darse unos cuantos latigazos cuando toca, que tampoco se trata de un ejercicio constante de complacencia con uno mismo.

Captura de pantalla de la vista diario de Mindful Journal

La he construido probando el framework de Replit y he aprendido bastante por el camino.

Por qué un diario

Tampoco es una idea original. Llevar un diario es una práctica con siglos de recorrido y la literatura sobre sus efectos en el bienestar emocional es abundante. Lo que me interesaba era otra cosa: si el acto de escribir, de detenerse a pensar y de revisar lo escrito en perspectiva tiene valor, ¿por qué la mayoría de aplicaciones que existen para esto se plantean o como redes sociales encubiertas, o como herramientas de productividad disfrazadas de bienestar?

Quería algo distinto. Una herramienta que parte de una convicción sencilla y muy personal: escribir sobre uno mismo hace bien. Sin terapia, sin programa estructurado, sin método infalible. Solo un espacio privado, seguro y propio, donde volcar pensamientos, registrar emociones y, con el tiempo, empezar a ver patrones que quizá nunca habías notado.

Vivimos en una cultura que mide, optimiza y acelera. Que pide resultados rápidos y visibles. Qué lío todo. El bienestar emocional no funciona así. No hay una guía de pasos ni hay un resultado que alcanzar en una fecha concreta. Uno lo va descubriendo con el uso, con el lápiz, con el silencio cuando toca silencio.

Los principios que he intentado mantener

He trabajado con cuatro principios de fondo, no como mantras sino como criterios para decidir.

El primero, bienestar, no rendimiento. No hay puntuaciones que mejorar, ni hay metas que cumplir, y por supuesto no hay rachas que defender. Escribir ya es el acto en sí. Si una decisión de diseño no contribuye a que la persona se siente, escriba y luego pueda revisar lo escrito, sobra.

El segundo, privacidad radical. Las entradas son del usuario. Solo del usuario. Sin anuncios, sin análisis externos, sin entrenamiento de modelos a costa de lo que la persona ha decidido confiar a la aplicación. Y sin la posibilidad de compartir. Esto se traduce en cumplimiento estricto de GDPR, declaración de accesibilidad, política de privacidad, aviso legal y un DPO real, que soy yo mismo a través de Torresburriel Estudio. Si una aplicación pretende ser un espacio seguro para volcar lo emocional, lo mínimo es que el marco legal acompañe.

El tercero, sin fricción. Abre, escribe y cierra. La herramienta tiene que desaparecer para que lo que quede sea la persona y lo que ha escrito. He pensado  en esto al diseñar las prompts de escritura, que aparecen en el idioma elegido por el usuario, son rotativas y están redactadas para invitar, no para imponer. Y también al decidir que la página de resultados deje de ser scroll infinito a partir de los diez registros, porque en una aplicación que pretende reducir la ansiedad, el scroll infinito es enemigo declarado.

El cuarto, autenticación seria. He decidido que la entrada se hace mediante Google OAuth. Soy consciente de que esto deja fuera a quien no tiene o no quiere usar una cuenta de Google. Lo he sopesado. La alternativa habría sido construir un sistema de autenticación propio, con su recuperación de contraseñas, sus correos transaccionales y las incidencias de soporte. Un rollo que ahora mismo no he querido afrontar. Para un proyecto personal y para una aplicación cuyo valor reside en la confianza, he preferido apoyarme en un mecanismo robusto antes que improvisar uno inferior.

El agradecimiento como ancla

Hay una pieza que me parece central y que merece párrafo aparte: la nota de gratitud.

No la he metido como obligación, sino como invitación. La investigación en psicología positiva lleva décadas documentando el efecto del agradecimiento en el estado de ánimo, la resiliencia y la capacidad de atención plena. Y en una aplicación de escritura reflexiva, dejar fuera ese ángulo habría sido empobrecer mucho el producto.

Anotar aquello por lo que uno agradece, algo pequeño, algo cotidiano, no cambia la realidad. Pero hace algo mejor: entrena la mirada. Y una mirada entrenada en lo que sí hay, en lugar de en lo que falta, transforma poco a poco la experiencia de estar. La sección de análisis recoge los agradecimientos en perspectiva, porque revisarlos en bloque, semanas después de haberlos escrito, tiene un efecto distinto y complementario al de escribirlos en el momento.

Lo que ha pasado por el camino

He iterado sobre el producto en sesiones cortas, prácticamente todas a través de prompting con la herramienta. He pedido cosas concretas y he ido revisando lo que la herramienta entregaba. Hasta ahí todo normal. Hasta me he quedado sin tokens. El mundo moderno.

Algunas iteraciones han sido de fondo. Por ejemplo, el momento en el que decidí que la aplicación tuviera registro de usuarios y persistencia de datos por persona, en lugar del estado público inicial. O cuando trasladé el dominio personalizado y descubrí, tras hacer login, que los datos previos no estaban accesibles desde el nuevo dominio, lo que me obligó a entender bien cómo se gestiona la migración de bases de datos en este tipo de despliegues.

Otras iteraciones han sido de detalle pero para mi igual de relevantes:

  • Que los prompts de escritura aparezcan en el idioma del usuario y no solo en inglés.
  • Que el footer recoja con claridad el aviso legal, la declaración de accesibilidad, la política de privacidad y la información sobre el autor y el proyecto.
  • Que el diseño visual tenga un sesgo más europeo, con predominio de azules y sans serif para lo que dirige la acción, en lugar de la convención cómoda de pasteles y tipografías redondeadas que tanto abunda en aplicaciones de bienestar.

Qué he aprendido construyéndola

He aprendido que el framework de Replit es razonablemente potente para llevar una idea a producto sin tener que ensamblar veinte herramientas distintas. También que sigue y seguirá habiendo decisiones que requieren criterio profesional y que ninguna herramienta toma por ti: qué arquitectura de información tiene sentido, qué piezas legales son obligatorias y cuáles convenientes, cuándo un módulo es funcionalidad y cuándo es ruido.

He vuelto a comprobar, una vez más, que vibe coding sin criterio es vibe coding sin destino. La herramienta acelera pero, de momento, no decide. La diferencia entre un producto digno y uno mediocre sigue estando en quién decide qué se construye, para quién y por qué.

Y he confirmado lo que ya intuía: que construir cosas pequeñas, con intención y para uno mismo, sigue siendo una de las formas más honestas de aprender. No hay informe de cliente, ni tablero de KPIs, ni revisión de stakeholders. Solo la pregunta, repetida cada vez que tomas una decisión, de si esto que estás haciendo merece la pena.

Mindful Journal no pretende estar terminado, no creo que lo esté. Es como el propio proceso de conocerse a uno mismo, está en construcción permanente. Se nutre de la experiencia de quienes lo usan, de lo que se echa en falta, de lo que sobra. Es una aplicación para parar. Construirla ha sido, paradójicamente, una forma de no parar de pensar.

Publicado por

torresburriel

Llevo más de 20 años trabajando en diseño digital e investigación con usuarios. Soy CEO de Torresburriel Estudio, miembro español de UXalliance, presidente de UXPA Spain y autor de tres libros sobre diseño digital.

4 comentarios en «He construido una aplicación para parar»

  1. Mi parter favorita: «Anotar aquello por lo que uno agradece, algo pequeño, algo cotidiano, no cambia la realidad. Pero hace algo mejor: entrena la mirada. Y una mirada entrenada en lo que sí hay, en lugar de en lo que falta, transforma poco a poco la experiencia de estar.»
    Gracias por compartir todo esto y ojalá nos cuentes más.
    Un abrazo

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