Lo que me llevo

Ayer estuve en una reunión de trabajo con mis socios de DANOK. Iba a publicar un post con las sensaciones que me traje a Zaragoza, a las que di forma mientras regresaba conduciendo desde Vitoria-Gasteiz.

Luego de haber terminado el post, me pareció poco prudente publicarlo para garantizar la discreción de algunas de las cosas que estuvimos comentando y trabajando, Pero por lo menos voy a compartir por aquí la conclusión.

En el post hablaba de “lo que me llevo”, a modo de colofón.

Lo que me llevo

Al final del día, lo que ayuda a construir organizaciones no son los momentos fáciles. Son estos otros: los incómodos, los que te obligan a mirarte al espejo, los que te hacen preguntarte si de verdad quieres estar aquí.

Y cuando después de varias horas intensas sales de esa sala con más claridad que cuando entraste, sabes que estás en el lugar correcto. Con la gente correcta. Haciendo las cosas de la manera correcta.

Honestamente no sé si dentro de un año estaremos celebrando éxitos o gestionando fracasos. Pero lo que sí sé es que habremos dado todo lo que teníamos que dar. Con honestidad, con disciplina y con respeto mutuo.

Y eso, en estos tiempos que corren, ya es mucho.

Mendicidad digital: cuando el diseño de plataformas facilita la autodestrucción

La muerte en directo de Sergio, un streamer catalán que murió en directo por sobredosis mientras hacía streaming a un grupo de suscriptores de pago, ha puesto sobre la mesa una realidad muy chunga que llevamos ya un tiempo evitando nombrar. Pepa Bueno, en el telediario de TVE, ha acuñado una expresión que resume perfectamente el fenómeno: mendicidad digital.

No es un caso aislado, por desgracia. En España hemos conocido el ejemplo de Simón Pérez, cuya espiral autodestructiva ha quedado documentada en los memes donde aparecía claramente bajo los efectos de sustancias, hablando de hipotecas junto a su pareja. Lo que comenzó como unas risas ha derivado en algo mucho más feo: la monetización del deterioro personal de otro ser humano.

Desde que en 2020 trabajamos en el Estudio en la revisión de experiencia de usuario para una plataforma vinculada con el negocio del streaming, hay una pregunta me persigue: ¿qué responsabilidad tenemos quienes diseñamos estas plataformas en proteger a las personas que las usan? Y no me refiero solo a proteger al usuario final que consume contenido, sino también y especialmente a quienes generan ese contenido y pueden estar poniéndose en riesgo.

El problema no es sólo ético, es de diseño

Hay una tendencia mas o menos establecida a trasladar por defecto toda la responsabilidad al ámbito legal (fuerzas de seguridad o legislación) o moral (la ética individual de quien paga por ver esto). Pero lo cierto es que esa perspectiva no quiere mirar de frente a una verdad clara: las plataformas digitales no son espacios neutrales. Están diseñadas. Y cada decisión de diseño, cada affordance, cada flujo de interacción, cada sistema de notificaciones o cada mecánica de monetización, configura comportamientos de los usuarios y facilita ciertas acciones a la vez que dificulta otras. Esto es así.

Creo que no hace falta explicar que cuando una plataforma permite que alguien transmita en directo durante horas sin pausas, consume sustancias frente a la cámara, y recibe incentivos económicos directos por mantener esa transmisión activa, no estamos sólo ante un problema de libertad individual. Estamos ante un problema de diseño que facilita y monetiza conductas de riesgo.

Vamos a hacer un pequeño repaso de marcos de trabajo en diseño ético, que es algo que no es nuevo, pero tiene todo el sentido del mundo en este contexto. El Ethical OS Toolkit, desarrollado por el Institute for the Future, proponía unas zonas de riesgo (enlace a Web Archive) que toda plataforma digital debería considerar. Entre ellas: adicción y economía dopamínica, vigilancia del estado del bienestar emocional, y responsabilidad algorítmica.

El Center for Humane Technology lleva años documentando cómo ciertos patrones de diseño explotan vulnerabilidades psicológicas humanas.

En Design Ethically tenemos a nuestra disposición un framework para trabajar los procesos que llevan a tomar decisiones de diseño con garantías éticas.

Por supuesto, no faltan recursos accesibles, gratuitos, sencillos de entender, pedagógicos, accionables y útiles como por ejemplo Ethical Design: What Is It and Key Principles Of Ethical Design.

Y aquí estamos, seguimos construyendo plataformas como si estas consideraciones fueran opcionales.

La anatomía del problema: patrones de diseño que facilitan el daño

Vamos a hacer un repaso de qué elementos de diseño están presentes en estos casos de mendicidad digital:

Sistemas de monetización sin protección

Las plataformas implementan sistemas de donaciones, suscripciones y pagos en tiempo real que incentivan la prolongación del contenido sin considerar el estado del creador. Cuanto más tiempo en directo, más ingresos potenciales. No parecen existir mecanismos suficientes que detecten patrones de comportamiento que puedan ser catalogados como preocupantes o que sugieran pausas.

Ausencia de detección de riesgo en tiempo real

Las plataformas más avanzadas implementan sistemas de moderación de contenido para detectar violencia explícita o contenido sexual. Pero ¿dónde están los sistemas que detecten signos de intoxicación, fatiga extrema o deterioro del estado de un creador? La tecnología existe. La voluntad de implementarla tiene que ser reforzada.

Gamificación sin límites

Los sistemas de logros, badges, contadores en tiempo real de espectadores y donaciones funcionan como refuerzos intermitentes que mantienen al creador enganchado a seguir produciendo contenido, incluso cuando su estado físico o mental debería ser una señal de alarma para detenerse. Hay mecanismos que monitorizan algunas variables vinculadas al tiempo prolongado de emisiones pero no parece que las funcionalidades se enfoquen en la protección y cuidado de los creadores de contenido.

Opacidad en los algoritmos de recomendación

Los algoritmos que determinan qué contenido se promueve no son neutrales. Si un contenido controvertido o extremo genera más engagement, el algoritmo lo premiará con mayor visibilidad, independientemente de si ese contenido es dañino para quien lo genera o consume.

Falta de controles parentales justificados

Existe un tabú en torno a implementar controles que puedan interpretarse como paternalistas. Pero hay contextos donde el paternalismo está justificado: cuando existe un riesgo evidente para la salud o la vida de una persona. Las plataformas médicas implementan alertas cuando detectan patrones preocupantes. La pregunta abierta y seguramente no exenta de controversia es ¿por qué las plataformas de streaming no pueden hacer lo mismo?

Diseño responsable en plataformas de contenido en directo

No se trata de censurar ni de eliminar libertades. Se trata de diseñar sistemas que protejan a las personas de sí mismas cuando están en situación de vulnerabilidad, de la misma forma que diseñamos coches con airbags o edificios con salidas de emergencia.

Propuestas desde el diseño de producto

Detección de patrones de riesgo mediante IA

Implementar sistemas de análisis de comportamiento que detecten:

  • Transmisiones de duración más prolongada de lo habitual (más de X horas sin pausas)
  • Cambios en patrones de habla o movimiento que puedan indicar intoxicación
  • Comentarios de la audiencia que expresen preocupación por el estado del streamer
  • Incrementos repentinos en donaciones correlacionados con comportamientos de riesgo

Cuando se detecten estos patrones, el sistema debería activar protocolos de protección, no de penalización.

Pausas obligatorias y límites de duración

De la misma forma que las aplicaciones de bienestar digital implementan límites de uso, las plataformas de streaming podrían:

  • Requerir pausas cada X horas de transmisión continua
  • Establecer límites diarios de horas en directo configurables (con la opción de que el streamer los desactive, pero activados por defecto)
  • Implementar algo así como un “modo seguro” que se active automáticamente ante señales de riesgo

Separación temporal entre contenido y monetización

Esta es una medida radical pero eficaz: desacoplar la monetización en tiempo real del contenido en directo. De esa forma las donaciones y pagos podrían procesarse con un diferimiento de, por ejemplo, 24-48 horas, lo que eliminaría el incentivo inmediato de prolongar transmisiones potencialmente peligrosas para recibir más ingresos.

Canales de intervención para la comunidad

Habilitar mecanismos para que la propia comunidad pueda reportar situaciones de riesgo con consecuencias inmediatas:

  • Botón de “preocupación por el creador” (distinto del reporte de contenido inapropiado)
  • Sistema de escalado rápido cuando múltiples usuarios expresan preocupación
  • Protocolo de contacto con servicios de emergencia si la situación lo requiere

Transparencia algorítmica y control de amplificación

Los algoritmos de recomendación deberían incluir:

  • Penalización de contenido que muestre comportamientos de riesgo evidente
  • Indicadores bien visibles para usuarios de que están viendo contenido que pueda resultar perturbador

Formación obligatoria para streamers

Yo sé que puede sonar un tanto extraño, pero el tema no es menor. Antes de habilitar funciones de monetización, requerir que los streamers completen módulos formativos sobre:

  • Riesgos de las transmisiones prolongadas
  • Señales de alerta de problemas de salud mental
  • Recursos disponibles si necesitan ayuda
  • Responsabilidad hacia su audiencia

El papel de los diseñadores y gestores de producto

Porque al final, aquí vamos a acabare hablando de lo que nos impacta como profesionales del diseño. Implementar estas medidas requiere sí o sí de voluntad, pero también de valentía profesional por parte de quienes contribuimos al diseño y desarrollo de estas plataformas.

Elementos que debemos incorporar en nuestros procesos, o por lo menos considerarelo:

  1. Risk assessment en la fase de diseño: utilizar frameworks para anticipar cómo nuestras decisiones de diseño pueden facilitar daños.
  2. Considerar métricas que vayan más allá del engagement: medir no sólo cuánto tiempo pasan los usuarios en la plataforma, sino también indicadores de bienestar, reportes de preocupación, y contenido que genera angustia.
  3. De verdad, necesitamos equipos multidisciplinares: incluir en los equipos de producto a profesionales de psicología, trabajo social y ética aplicada, no sólo como consultores externos sino como miembros permanentes (cuando aplique, claro).
  4. Principios de diseño explícitos: documentar y hacer públicos los principios éticos que guían el diseño de la plataforma, y rendir cuentas cuando no se cumplen.
  5. Protocolos de emergencia: tener claridad sobre qué hacer cuando se detecta una situación de riesgo: quién toma decisiones, cómo se contacta con el creador, cuándo se involucra a servicios de emergencia.

Checklist de diseño responsable para plataformas de contenido en vivo

Como aquí estamos para aprender y para facilitar que otros lo hagan, vamos con una lista accionable que cualquier equipo de producto puede implementar, de manera gradual o de manera completa, dependiendo de su contexto:

Antes de lanzar

  • Hacer un ejercicio de previsión de riesgos usando el Ethical OS Toolkit
  • Definir y documentar principios éticos explícitos de la plataforma
  • Establecer límites técnicos por defecto (duración de streams, pausas obligatorias, etc.)
  • Diseñar sistema de detección de patrones de riesgo
  • Crear protocolo de intervención ante situaciones de emergencia
  • Configurar canales de reporte diferenciados (contenido inapropiado vs. preocupación por el/la streamer)
  • Implementar formación obligatoria para streamers antes de habilitar la monetización

Durante la operación

  • Monitorizar las métricas de bienestar además de las de engagement
  • Hacer auditorías periódicas de contenido amplificado por algoritmos
  • Revisar reportes de preocupación y actuar sobre ellos
  • Evaluar si las pausas obligatorias están funcionando
  • Analizar la correlación entre monetización y comportamientos de riesgo
  • Mantener abierto un canal de comunicación con organizaciones de salud mental

Evaluación continua

  • Medir el impacto de las medidas implementadas (no sólo en las métricas de negocio)
  • Recoger feedback de streamers sobre cómo las medidas de protección afectan su trabajo
  • Documentar los casos de éxito de estos protocolos
  • Mantener conversaciones activas con la comunidad sobre estos temas

Gobernanza

  • Incluir profesionales o roles de ética y bienestar en los equipos de producto
  • Establecer un comité/roles de revisión ética con poder de veto sobre las funcionalidades de la plataforma
  • Definir KPIs de responsabilidad social además de los KPIs de negocio
  • Habilitar presupuesto específico para iniciativas de diseño responsable (aquí es donde se ve realmente el compromiso con el tema)
  • Formar a todo el equipo en principios de diseño ético y humano

El diseño como acto político

Yo sé que me ha quedado un post largo y por momentos puede hasta resultar como que estoy regañando a la audiencia. Pero es que diseñar, en un sentido amplio, es tomar decisiones sobre cómo será el mundo. Cada interfaz, cada pantalla, cada flujo de interacción, cada sistema de incentivos configura comportamientos y, en última instancia, vidas. A los hechos mencionados al principio me remito. Es un tema muy serio.

La mendicidad digital no es un problema tecnológico que haya que resolver con más tecnología. Es un problema ético que requiere, entre otras cosas, que quienes diseñamos y construimos plataformas asumamos la responsabilidad de anticipar y mitigar los daños que nuestro trabajo puede causar.

Sergio no debería haber muerto en directo. Simón Pérez no debería haber podido monetizar su deterioro personal ante miles de espectadores. Y ambos casos deberían avergonzarnos lo suficiente como para que dejemos de construir plataformas que faciliten o promuevan estas situaciones.

Tenemos las herramientas. Tenemos el conocimiento. Lo que necesitamos es la voluntad colectiva de usarlos. No para censurar, ni para limitar libertades, sino para diseñar sistemas que protejan la dignidad y la vida de las personas que los habitan. Yo sé que no sólo depende de nosotros, por supuesto que no. Pero un esfuerzo como este en un post largo, aburrido por momentos, un tanto ejemplarizante y abierto, bien merece que nos haga calibrar la importancia de estas cuestiones.

El diseño puede ser una forma de cuidado, atención, empatía y protección.

El inbox zero como oportunidad de diseño para la seguridad

En algunos círculos profesionales llevamos años persiguiendo lo que hemos dado en llamar inbox zero como si fuera el santo grial de la productividad digital. La realidad es que la mayoría de nosotros convivimos con decenas de correos pendientes, recordatorios sin gestionar y esa sensación permanente de algo se me está olvidando. Y por supuesto no son pocas las iniciativas y extensiones que tenemos a nuestra disposición para hacer toda esa gestión.

Pero hay un momento que casi nadie diseña bien: precisamente cuando alcanzamos ese inbox zero. Ese instante en el que nuestra bandeja de entrada está vacía debería ser algo más que una pantalla en blanco con un mensaje genérico del tipo “¡Enhorabuena, no tienes correos pendientes!”. Es una oportunidad desperdiciada.

Proton Mail lo ha entendido (a medias)

El único servicio que he visto aprovechar este momento de forma inteligente es Proton Mail. Aunque curiosamente no lo hacen dentro del propio cliente, sino a través de correos periódicos recordando buenas prácticas de seguridad, privacidad y protección de datos. Es útil, funciona, pero me parece que se quedan cortos.

¿Por qué no integrar esas recomendaciones directamente en el momento inbox cero? Es el instante perfecto: tienes la atención del usuario, ha completado una tarea (vaciar la bandeja) y está receptivo. No es intrusivo porque ha llegado ahí de forma natural, no porque le hayas interrumpido. No encuentro ninguna razón para no hacerlo ahí.

Una oportunidad de diseño real

Imaginemos que al alcanzar inbox zero, el cliente de correo nos mostrara:

  • Un recordatorio para revisar qué aplicaciones tienen acceso a tu cuenta
  • Una sugerencia para actualizar contraseñas antiguas
  • Un check rápido sobre configuración de autenticación en dos pasos
  • Información sobre intentos de acceso sospechosos recientes
  • Tips contextuales sobre phishing basados en los correos que hemos recibido últimamente

No se trata de agobiar al usuario con alertas constantes ni de convertir cada sesión en un curso de seguridad. Se trata de aprovechar un momento de bajo estrés cognitivo para reforzar comportamientos que sabemos que son importantes pero que sistemáticamente postponemos: en parte, porque si no nos ocurre nada, no nos preocupamos por la seguridad, pero también en parte porque nadie nos lo recuerda de manera consistente.

El contexto importa

La diferencia está en el timing y el contexto. Recibir un correo genérico sobre seguridad un martes cualquiera es fácil de ignorar. Encontrarte con esa información cuando acabas de procesar todos tus mensajes y tienes ese micro-momento de ¿y ahora qué? es otra historia completamente distinta.

Es un fabuloso ejemplo de diseño de experiencia de usuario aplicado a algo que realmente importa: no sólo hacer el producto más usable, sino contribuir de manera proactiva a que las personas estén más seguras. Y de paso, diferenciarte como servicio porque estás demostrando que te importa algo más que las métricas de engagement.

Pero claro, eso requiere pensar en el usuario más allá del siguiente click. Y parece que no todo el mundo está dispuesto a hacer ese esfuerzo.​​​​​​​​​​​​​​​​

Soberanía digital desde el escritorio: un experimento personal con software europeo

Hoy he decidido arrancar un experimento. Nada revolucionario, nada que vaya a cambiar el mundo. Simplemente quiero probar a reconstruir mi infraestructura digital personal, la que uso para mis cosas y no para el trabajo, sobre software europeo.

He elegido tres herramientas fundamentales: Vivaldi como navegador, Proton Mail para el correo electrónico y Qwant como motor de búsqueda.

Por qué lo hago (y por qué ahora)

Tengo una convicción personal bastante arraigada sobre la soberanía digital. No como un eslogan, sino más bien como una pregunta práctica: ¿dónde están mis datos personales? ¿Bajo qué marco legal operan? ¿Qué modelo de negocio sostiene las herramientas que uso cada día para cosas que no tienen nada que ver con mi actividad profesional?

Profesionalmente trabajo con equipos FANG. Conozco bien sus productos, respeto muy profundamente a las personas que están detrás y valoro la calidad de lo que hacen. Puedo decir que colaboro a construir parte de ese producto. Pero precisamente por eso sé que hay una diferencia entre las herramientas que elijo para mi trabajo, donde prima la integración, la eficiencia y la interoperabilidad con clientes y colaboradores, y las que uso para mi vida personal, donde puedo permitirme explorar alternativas que responden a otros criterios.

La propuesta: Vivaldi, Proton y Qwant

Vivaldi es un navegador desarrollado en Noruega con una filosofía de personalización radical. No te impone un flujo de trabajo “óptimo”, sino te da herramientas para que construyas el tuyo. Me gusta esa idea de respeto al criterio del usuario.

Proton Mail viene de Suiza, y es un sistema de cliente de correo electrónico (aunque hacen muchas más cosas) que ofrece cifrado de extremo a extremo por defecto y tiene un modelo de negocio transparente: pagas por el servicio, no eres el producto. Simple. En realidad tan simple como el internet de principios de los 2000, pero ya se nos ha olvidado cómo era.

Qwant es francés, no hace tracking, no construye perfiles comerciales sobre uno y devuelve resultados de búsqueda sin movidas de filtros. Quiero ver qué se siente al buscar sin que alguien edite internet para mí.

Qué espero aprender

No sé si estas herramientas serán mejores, peores o simplemente diferentes. Tampoco sé si el experimento durará tres meses o tres años. Lo que sí sé es que quiero entender, en primera persona, qué implica operar con software que parte del RGPD como estándar, no como obligación legal a cumplir.

Quiero comprobar si la privacidad como sistema por defecto cambia algo en mi forma de trabajar. Quiero ver si pierdo funcionalidad significativa o si gano algo que no sabía que me estaba perdiendo. Y quiero hacerlo desde la curiosidad, no desde el rechazo a lo que uso ahora.

Esto no va de purismo tecnológico. Va de explorar alternativas viables que respondan a una visión diferente sobre qué debe ser la infraestructura digital básica.

Un punto de partida, no una cruzada

Arranco hoy. Vivaldi ya está instalado y configurado. Proton Mail está listo para funcionar. Qwant es mi buscador por defecto. Iré contando cómo evoluciona esto, qué funciona, qué no, y qué aprendo en el proceso.

No es una declaración de principios contra nada ni contra nadie. Es, simplemente, un experimento personal sobre soberanía digital. Empezamos.​​​​​​​​​​​​​​​​

Pedagogía sobre el uso responsable de herramientas generativas

Ha caído en mis manos un artículo en el que se habla de un informe que OpenAI ha compartido con Axios, en el que se dice que más del 5% de todos los mensajes enviados a ChatGPT a nivel global tratan sobre temas de salud. Sólo en Estados Unidos, 40 millones de personas usan el chatbot a diario para consultas médicas. Estamos hablando de casi dos millones de preguntas semanales sobre seguros de salud.

El dato me parece cuando menos llamativo, pero necesita contexto. No es lo mismo, no significa lo mismo en cualquier lugar del mundo.

El contexto estadounidense no es extrapolable

Estos números corresponden sólo a Estados Unidos, un país en el que el sistema de salud es caro, fragmentado y con acceso muy limitado para millones de personas. Es decir, no estamos hablando de sistemas públicos de salud como los europeos, donde la atención primaria es accesible y gratuita. En EEUU, ir al médico puede costarte mucho mucho dinero. Además de eso, lidiar con el sistema de seguros es un laberinto burocrático que pocos entienden completamente.

Users ask it to explain medical bills, compare insurance plans, or check symptoms, often because they can’t get in to see a doctor right away.

Entonces, cuando el artículo menciona que la gente usa ChatGPT “porque no hay médico disponible en ese momento”, hay que leer entre líneas. No se trata solamente una cuestión de disponibilidad horaria. Es que acudir al médico puede significar un coste económico inasumible o enfrentarse a una burocracia tremenda.

En ese contexto, la gente le pregunta a la IA cómo interpretar una factura médica, qué plan de seguro contratar, o si sus síntomas son preocupantes. OpenAI ha detectado esta tendencia y ha posicionado GPT-5 como especialmente capaz para estos casos de uso.

Los riesgos que no deberíamos cansarnos de subrayar

Aquí viene lo importante, y es algo sobre lo que no deberíamos cansarnos de insistir: usar IA para buscar consejo médico conlleva riesgos no menores.

Los modelos de lenguaje alucinan. Inventan información con una confianza que puede ser peligrosa y muchos usuarios probablemente están usando versiones más débiles, sin capacidades de razonamiento avanzadas. No olvidemos que en el contexto tecnológico, normalmente somos lo que se viene a determinar como early adopters, pero eso no lo deberíamos extrapolar al común de los mortales.

Todo esto que sugiero no es alarmismo sino que es realismo. Estamos en un momento muy inicial de las herramientas de inteligencia artificial generativa, y mucha gente todavía no sabe cómo usarlas. No entienden sus limitaciones, confían en las respuestas que dan como si fueran definitivas, y pueden tomar decisiones importantes con base en esa información.

La responsabilidad del diseño

Aquí es donde el diseño tiene, o tendría, mucho que hacer. No se trata de poner sobre la mesa soluciones tecnológicas mágicas, sino que estoy hablando de responsabilidad profesional.

Estoy hablando de diseñar interfaces que no induzcan a confianza ciega, de contextualizar y establecer limitaciones de forma clara. También, por supuesto, de formar y educar en el uso a través del propio diseño de la experiencia de usuario.

Cuando diseñamos productos que integran IA, no podemos ignorar estos contextos. No es lo mismo diseñar para alguien en España con acceso a atención primaria gratuita que para alguien en Estados Unidos que se juega 500 dólares en una visita a urgencias. La IA no es neutral, opera en circunstancias específicas que condicionan cómo se usa y qué riesgos conlleva.

Datos muy sabrosos para procesar adecuadamente

Hacer pedagogía sobre el uso responsable de herramientas digitales es parte de nuestra labor profesional. Especialmente ahora, cuando estas tecnologías son tan nuevas, aunque no lo parezca, y tan potentes.

Y hablando de información sabrosa: esos dos millones de consultas semanales sobre salud que OpenAI registra son, efectivamente, información muy valiosa para procesar adecuadamente. Estamos hablando de ingentes cantidades de información a gran escala sobre las preocupaciones sanitarias de millones de ciudadanos. Sus miedos, sus síntomas, sus dudas sobre seguros médicos. Todo eso queda registrado, las herramientas de IA tienen acceso a grandes volúmenes de información relevante. Es un nivel de conocimiento sobre la población que tiene implicaciones que van mucho más allá de la simple asistencia técnica.

No se trata de demonizar la tecnología ni de prohibir su uso. Se trata de entender sus límites, comunicar sus riesgos, y diseñar experiencias que ayuden a las personas a tomar mejores decisiones.

Esa es nuestra responsabilidad como profesionales que trabajamos en la intersección entre tecnología y personas.

El CEO de Instagram anuncia la muerte del feed y descubre el fuego

Vamos hoy con algo a lo que merece mucho la pena poner foco con calma, datos y una mirada crítica. Adam Mosseri, CEO de Instagram, ha cerrado el año 2025 con una reflexión en forma de carrusel de 20 imágenes en Instagram donde nos cuenta que el feed ha muerto y que entramos en la era del contenido sintético infinito. Esta es una declaración que suena a revelación épica, pero que quienes llevamos años observando la evolución de las redes sociales recibimos con una mezcla de «ya era hora» y cierto escepticismo. Hagamos amigos.

Captura de pantalla del post de Mosseri en Instagram

Porque sí, quizá lo estamos anunciando ahora, pero hace años que el concepto del feed está cayendo cuesta abajo y sin frenos, con el aplauso de Instagram y otros, que siempre se han caracterizado por mirar hacia otro lado. Venga, va, vamos a por ello.

Instagram y su relación complicada con la autenticidad

Lo primero que me llama la atención del discurso de Mosseri es que habla de un internet que ya no existe, lleno de contenido generado por IA y de lo que en inglés llaman slop (basura digital, vamos). Y tiene razón. Pero Instagram tampoco se ha caracterizado precisamente por respetar los principios y convenciones de Internet, especialmente los de la web abierta.

La plataforma ha pasado de ser un álbum de fotos personal a convertirse en un escaparate global de influencers favorecido por el algoritmo. Ese cambio no ha sido producto de un accidente o de algo orgánico: ha sido una decisión de producto. Así que cuando Mosseri lamenta que la gente ha dejado de compartir momentos personales en el feed hace años, la pregunta obvia es: ¿y por qué crees que ha sido pues? Lo siento, no puedo evitar cierta retranca aragonesa.

Vamos a intentar profundizar en las causas antes de proponer soluciones.

La migración a los DM: volver a los orígenes

Uno de los puntos que destaca Mosseri es que ahora los usuarios mantienen al día a sus contactos con fotos improvisadas de zapatos y posados poco favorecedores compartidos a través de mensajes directos. Aquí la gente puede ver el uso de mensajes privados, pero yo lo que veo es una vuelta a los orígenes del hecho de compartir con pares, sin riesgo ni exposición y con seguridad.

Es decir, los usuarios han encontrado su propio camino para recuperar lo que Instagram les quitó: la intimidad y la autenticidad. Han dejado de competir en el feed público y se han refugiado donde el algoritmo no manda. Por momentos parece que estamos descubriendo el fuego, pero más vale tarde que nunca. En todo caso, déjame recordar el choteo que hubo cuando Instagram implementó los mensajes directos y, en un giro de guion, parece que van a resultar aliados de la defensa de los intereses de los usuarios.

El cinismo de criticar los filtros

Hay un momento en la reflexión de Mosseri que me resulta especialmente llamativo. Dice que los fabricantes de cámaras y móviles se están equivocando al democratizar la capacidad de parecer un fotógrafo profesional de 2015. Que las imágenes RAW y con defectos son, todavía, una señal de realidad.

Aquí el cinismo se desborda por todas partes, porque ese fue precisamente uno de los elementos que hicieron de Instagram algo popular en 2010, con un crecimiento extraordinario. Los filtros de Instagram (Valencia, Nashville, X-Pro II) convirtieron a cualquier aficionado en un supuesto artista visual. Ahora resulta que la estética pulida es el problema.

La crisis epistemológica de lo visual

Más allá de las contradicciones de Instagram (eso les hace humanos, hay que decirlo), hay una cuestión de fondo que sí merece atención seria. Como bien señala el artículo de Xataka citando a Javier Lacort:

toda nuestra epistemología se basa en que ver es una forma de saber. Si ves un tigre, hay un tigre. Si ves una foto de un tigre, alguien estuvo cerca de uno.

Y me permito añadir: vamos a circunscribirlo a lo sensorial, lo que entra por los sentidos y es una forma de saber. Y eso, efectivamente, se ha roto. Ahora crear un deepfake es trivial. Cualquiera con una herramienta como Nano Banana Pro puede generar imágenes realistas en un abrir y cerrar de ojos.

Mosseri reconoce que vamos a tardar años en adaptarnos. Pero, ¿de verdad tardaremos años? A no ser que los fabricantes se pongan de acuerdo y se termine el debate con una simple argucia técnica que identifique lo real de lo sintético. ¿O es que hay algún debate acerca de los metadatos vinculados a la geolocalización de las fotos? No, ¿no?.

Las soluciones propuestas: entre el optimismo y la contradicción

Mosseri propone varias líneas de trabajo:

  • Construir las mejores herramientas creativas
  • Etiquetar el contenido generado por IA y verificar el contenido auténtico
  • Mostrar señales de credibilidad sobre quién está publicando (sin caer en el cinismo de Melon, añado)
  • Seguir mejorando el posicionamiento de la originalidad
  • Implementar huellas digitales y firmas criptográficas en cámaras

Pues ya están tardando en diseñar un roadmap que nos lleve ahí lo antes posible. Porque si esto es tan importante como dice, el tiempo corre.

También dice Mosseri que nos gusta quejarnos del contenido basura de IA, pero hay mucho contenido increíble creado con IA. Esto es un poco lo de siempre: querer soplar y sorber a la vez. Meta integra herramientas de IA en Instagram y Facebook, incluido AI Studio para crear chatbots que lidien con tus seguidores, y al mismo tiempo nos advierte de los peligros del contenido sintético.

Lo dicho, la industria es parte de todo esto.

Breve historia de la muerte del feed: del RSS al contenido sintético

Para entender el anuncio de Mosseri hay que mirar atrás. La muerte del feed no es un evento, es un proceso que lleva más de una década gestándose. Y tiene hitos muy claros. Vamos a repasarlos brevemente. Aunque si os digo la verdad creo que un día tengo que pararme a hacer una retrospectiva un poco más extensa y profunda porque el tema tiene mucha miga y mucho impacto. Y por el camino hay mucha, muchísimas decisiones de producto en las que merece la pena pararse a observar.

2009-2011: Facebook inventa el problema

Todo empieza cuando Facebook lanza EdgeRank en 2009. Hasta entonces, el News Feed mostraba las publicaciones en orden cronológico. Con EdgeRank, Facebook decide que un algoritmo sabe mejor que tú qué quieres ver. El argumento era que los usuarios se perdían contenido relevante. La realidad era que el contenido cronológico no genera el mismo engagement (ni los mismos ingresos publicitarios) que un feed optimizado para retenerte el mayor tiempo posible.

2013: Google mata el RSS e Instagram abre los DM

El 1 de julio de 2013, Google cierra Google Reader. Este momento es clave. El RSS representaba el control del usuario sobre su consumo de información: tú decidías a qué te suscribías, tú recibías todo en orden cronológico, sin intermediarios. Google alegó declive de uso, pero la realidad es que el RSS no generaba datos de comportamiento ni permitía insertar publicidad de la forma en que hubieran querido.

Con el cierre de Google Reader, la industria envió un mensaje claro: el futuro no es que tú elijas qué ver, sino que las plataformas decidan por ti. Muchos migramos a Feedly (aunque muchos sabíamos que ese nunca sería ya nuestro sitio) y seguimos con nuestros feeds, pero el daño estaba hecho. El RSS dejó de ser mainstream y con ello los blogs recibieron un golpe mortal.

Ese mismo año, el 12 de diciembre de 2013, Instagram lanza Instagram Direct, sus mensajes privados. Nacieron como respuesta al crecimiento de Snapchat y eran muy limitados: sólo podías iniciar una conversación enviando una foto, nada de texto solo. Una funcionalidad secundaria, casi anecdótica.

La ironía es brutal: doce años después, Mosseri reconoce que es precisamente en los DM donde los usuarios han refugiado su comunicación auténtica. Instagram creó sin querer el único espacio de la plataforma donde el algoritmo no manda. Tardaron más de una década en darse cuenta.

2016: Instagram abandona el orden cronológico

En junio de 2016, Instagram da el paso definitivo. Kevin Systrom (el mismo que había trabajado en Google Reader antes de fundar Instagram, qué cosas) anuncia que el feed dejará de ser cronológico. El argumento oficial: los usuarios se pierden el 70% del contenido.

La traducción real: necesitamos que paséis más tiempo en la app para mostrar más anuncios. A partir de ese momento, Instagram premia el contenido que genera interacción, no el que publican tus amigos. Los influencers y las marcas ganan; los usuarios corrientes perdemos.

2017-2020: TikTok demuestra que el feed ya no importa

Con la llegada de TikTok y su For You Page, el modelo cambia por completo. TikTok no tiene feed de seguidos como elemento principal. Su algoritmo decide qué vas a ver basándose en tu comportamiento, no en a quién sigues. Es la culminación lógica del camino iniciado por Facebook: el algoritmo manda, el usuario obedece.

El éxito de TikTok obliga a Instagram a lanzar Reels en 2020, copiando el modelo. El feed tradicional pasa a segundo plano.

2022-2025: el feed vuelve… pero ya nadie lo usa

En 2022, Instagram reintroduce la opción de ver el feed en orden cronológico. Pero hay trampa: cada vez que abres la app, vuelve al feed regido por el algoritmo por defecto. En realidad no es una funcionalidad sino que es un checkbox para callar críticas. Otra decisión de producto.

Y ahora, en 2025, Mosseri nos dice que el feed ha muerto. Como si fuera una revelación. Como si no llevásemos una década viendo cómo lo mataban.

Reflexión final: los enterradores del feed no pueden ser sus herederos

Hay algo profundamente irónico en que sea el CEO de Instagram quien anuncie la muerte del feed. Es como si el pirómano se presentase a dar el pésame en el funeral.

Porque el feed no murió de causas naturales. Lo mataron. Lo mató Facebook con EdgeRank en 2009, Google cerrando Reader en 2013, Instagram abandonando el orden cronológico en 2016 y TikTok demostrando que un algoritmo que decide por ti es más adictivo que uno que te deja elegir. Y ahora Mosseri viene a decirnos que el feed ha muerto como si fuera una revelación, como si hubiera sido inevitable, como si ellos no hubieran apretado el gatillo.

A mi se me antoja que la solución no puede venir de quienes crearon el problema. Instagram no puede presentarse como el guardián de la autenticidad cuando ha pasado quince años premiando exactamente lo contrario. Meta no puede hablar de los peligros del contenido sintético mientras integra herramientas de IA en todas sus plataformas. No puedes soplar y sorber a la vez.

¿Y hacia dónde vamos? Algún día nos daremos cuenta de que el concepto sintético aplicado al contenido (al menos como lo conocemos ahora) es más perjudicial que beneficioso. Pero quizá estamos en un estadio demasiado inicial para verlo con claridad. Lo que sí veo es que los usuarios ya han hecho una elección: se han refugiado en los DM, en los grupos cerrados, en los espacios donde el algoritmo no llega. Han reconstruido por su cuenta lo que las plataformas les quitaron.

Quizá la pregunta no es si el feed ha muerto, sino si alguna vez volveremos a tener control sobre lo que vemos. El RSS sigue ahí, Feedly tiene millones de usuarios, los newsletters han resurgido con fuerza. Hay alternativas. Lo que falta es voluntad, de las plataformas y de los usuarios, para abandonar el modelo de atención infinita que nos ha traído hasta aquí.

Mientras tanto, seguiremos viendo cómo los que enterraron el feed cronológico nos explican, con cara de sorpresa, que el feed ha muerto.

Por qué me voy a vivir a un libro este 2026

No sé a vosotros, pero a mí el mundo últimamente me tiene un poco saturado. Abres cualquier red social o pones las noticias y lo que te encuentras es un ruido constante, un caos que parece que no descansa ni en festivos. Hoy puede ser un ejemplo estupendo de esto. Precisamente por eso, he decidido que este año, que ya viene cargadito de planes en mi lista, necesito algo que me saque de aquí sin necesidad de pasar por el control de seguridad de un aeropuerto.

Tengo una espina clavada desde 2025: leer Cien años de soledad. Se me quedó ahí, en la lista de tareas pendientes, mirándome de reojo mientras pasaban los meses. Pero hoy, con todo lo que está cayendo, el cuerpo me pide Macondo a gritos.

¿Por qué ahora? Pues porque creo que el realismo mágico es la única forma lógica de mirar de frente a una realidad que, honestamente, a veces no hay por dónde cogerla.

Objetivos y propósito

Este año me he propuesto objetivos muy claros: bajar a los 85 kg, viajar a Varsovia o Budapest y, sobre todo, defender mis fines de semana a capa y espada, entre otros. Ahí es donde entra García Márquez. No quiero leerlo por postureo ni por tachar un clásico de la lista. Quiero leerlo porque necesito un sitio donde las mariposas amarillas sean más importantes que la última crisis geopolítica.

Dicen que en Macondo el tiempo no pasa, sino que da vueltas en círculo. Y yo, que ando ahora obsesionado con organizar mis semanas en Armillas o Madrid y con no seguir no trabajando en festivos, creo que necesito esa pausa. Quizás perderse entre tantos Aurelianos y Josés Arcadios sea la mejor manera de encontrarse un poco de calma entre tanto algoritmo y tanta prisa.

Así que, si me veis un poco ausente los próximos sábados, ya sabéis dónde estoy. No me busquéis en el móvil; estaré intentando descifrar el árbol genealógico de los Buendía, buscando un poco de esa magia que a este mundo le empieza a hacer falta de forma urgente.

Al final, si la realidad se pone fea, siempre nos quedará la ficción. Y si es de la buena, mejor.

Lo único que importa es lo que sucede a partir de ahora

Hace tiempo Freddy Vega me dijo algo que se me quedó grabado: lo importante es lo que sucede a partir de ahora. Lo de atrás importa poco, sólo debemos quedarnos con lo aprendido para llevar la mejor caja de herramientas de aquí en adelante.

Ayer vi compartido por bastantes personas un un gráfico de Tim Urban que visualiza esta idea de forma brutal. Muestra cómo desde el momento en que nacemos hasta hoy, hemos recorrido un único camino entre miles de opciones que se fueron cerrando. Pero lo realmente potente está en el lado derecho del gráfico: desde hoy hacia adelante, tenemos ante nosotros infinitas posibilidades abiertas.

Esta imagen es muy potente. Me ha hecho pensar sobre lo que significa liderar equipos de diseño porque hay una paradoja incómoda en ella: es tremendamente liberador y tremendamente exigente al mismo tiempo. Y como líderes, necesitamos entender ambas caras para ayudar a nuestros equipos a crecer.

La liberación de los caminos cerrados

Una de las conversaciones complicadas que tenemos que afrontar como líderes es cuando alguien del equipo viene lastrado por decisiones del pasado. “Debería haber aprendido desarrollo front”, “tendría que haberme especializado en research antes”, “perdí años en proyectos que no me aportaron nada”. Siendo sinceros, yo mismo pienso más de una vez y más de dos todas las semanas en cosas así.

El gráfico de Tim Urban deja claro algo que a veces nos cuesta asumir: esos caminos cerrados ya no importan. No es que no hayan sido relevantes en su momento, es que obsesionarse con ellos es mirar hacia el lado equivocado del diagrama. Y es una forma bastante estúpida de perder el tiempo.

Como líderes, una de las cosas más valiosas que podemos hacer es ayudar a nuestro equipo a soltar esa carga. No se trata de negar el pasado o de fingir que todas las decisiones pasadas fueron las buenas, sino de reconocer lo aprendido y fijar la mirada hacia delante. Porque mientras alguien está lamentando no haber tomado aquel curso de service design hace cinco años, hay diez caminos abiertos esperando que elija uno.

He visto a diseñadores brillantes bloqueados por decisiones que tomaron (o que no tomaron) hace una década. Y lo curioso es que el bloqueo no viene del pasado en sí, sino de seguir mirándolo como si pudiera cambiarse. No puede. Los caminos negros están cerrados. Punto.

Nuestra responsabilidad como líderes es hacer visible esta realidad. No para minimizar frustraciones legítimas, sino para canalizar la energía hacia donde realmente puede generar movimiento: hacia adelante. Así de simple.

La responsabilidad de los caminos abiertos

Aquí viene la parte incómoda, tanto para nosotros como para nuestros equipos: si hay infinitas posibilidades abiertas desde hoy, también hay la responsabilidad de elegir. Y elegir es renunciar. Y es incómoda porque a veces es mucho más fácil no tomar esas decisiones. Pero hay que hacerlo.

Cada vez que alguien de tu equipo decide profundizar en accesibilidad, está dejando de profundizar en otra cosa. Cuando una persona se especializa en research cualitativo, está posponiendo (quizá para siempre) convertirse en experta en analytics. Y está bien. Es necesario. Pero requiere una decisión activa.

Como líderes no podemos ni debemos elegir por nuestro equipo. Pero sí podemos (y debemos) crear el contexto para que tomen decisiones conscientes. No es cuestión de presionar para que se especialicen o de forzar planes de carrera rígidos. Se trata de hacer visibles las opciones, de hablar abiertamente sobre las implicaciones de cada elección, y de acompañar sin paternalismos. No olvidemos que estamos asumiendo un cierto nivel de madurez en el equipo, necesario para poder llevar adelante este tipo de iniciativas.

El gráfico de Tim Urban nos recuerda también algo que a veces olvidamos: tener opciones abiertas no significa que todas se puedan recorrer a la vez. El tiempo y la energía son finitos para todos sin excepción. Parte de nuestro trabajo como líderes es ayudar a que las personas de nuestro equipo entiendan esto sin sentirse limitadas, sino empoderadas para elegir con criterio.

Crear contexto, no caminos

Si lideramos un equipo de diseño, el gráfico nos plantea una pregunta directa: ¿estamos ayudando a nuestra gente a ver los caminos verdes o estamos reforzando su obsesión con los caminos ya cerrados?

Las canas que pueblan mi cabeza me permiten decir que he aprendido algunas cosas sobre cómo abordar esto que pueden ser útiles:

Compartir información, no instrucciones. Las personas necesitan contexto para tomar decisiones, no que les digamos qué decidir. Si hay una oportunidad de liderar un proyecto de design systems, tenemos que explicar qué implica, qué se aprende, qué se sacrifica. Luego, que decidan ellas.

Normalizar el cambio de dirección. Alguien que ha estado tres años enfocado en UX research puede perfectamente pivotar hacia product design. Los caminos verdes (abiertos) siguen ahí. No deberíamos convertir las decisiones pasadas en identidades inamovibles. Como líderes, tenemos que dejar claro que cambiar de rumbo no es fracasar, es elegir.

Reconocer el coste de oportunidad. Cada proyecto, cada aprendizaje, cada especialización tiene un coste: el tiempo que no se dedica a otra cosa. Hablarlo abiertamente con el equipo ayuda a que las decisiones sean más conscientes y menos frustrantes después. No se trata de desanimar, sino de ayudar a decidir con los ojos abiertos.

Celebrar los aprendizajes de los caminos cerrados. Que un camino esté cerrado no significa necesariamente que fue un error recorrerlo. Puede que lo aprendido en aquel proyecto fallido sea exactamente lo que alguien necesita para el siguiente. Pero eso solamente se ve mirando hacia adelante, no hacia atrás. Como líderes, debemos ayudar a conectar esos puntos.

Generar espacios de conversación honestos. Las mejores decisiones sobre caminos profesionales no se toman en las evaluaciones anuales de desempeño. Se cocinan en conversaciones informales, en momentos de confianza, cuando hay espacio para la duda y la exploración sin presión. Crear esos espacios es nuestra responsabilidad, que además es ineludible.

No forzar la urgencia, pero nunca permitir la parálisis. Hay personas que necesitan tiempo para decidir y otras que se quedan eternamente en modo exploración. Como líderes, nuestro trabajo es calibrar cuándo dar espacio y cuándo invitar a la acción. No hay una fórmula que yo pueda compartir ahora, pero sí hay señales: cuando alguien lleva meses diciendo que quiere cambiar de enfoque pero no da ningún paso, seguramente necesita un empujón. Cuando alguien acaba de descubrir una nueva área y quiere zambullirse de cabeza, quizá necesita que le recuerdes que los caminos verdes seguirán ahí mañana. No olvidemos aquel viejo eslogan de un comercial de neumáticos: la potencia sin control no sirve de nada.

Lo que sucede a partir de ahora

Vuelvo a la frase de Freddy Vega porque me parece que captura perfectamente el equilibrio del gráfico de Tim Urban: lo importante es lo que sucede a partir de ahora, llevando contigo lo aprendido.

Como líderes de diseño, nuestra responsabilidad no es elegir los caminos de nuestro equipo. Es crear el entorno donde esa elección sea posible, informada y apoyada. No paternalista, no directiva, pero sí consciente.

Esto significa varias cosas en la práctica:

Primero, tenemos que ser honestos sobre las opciones reales que existen. No todos los caminos verdes son igual de accesibles para todas las personas en todos los momentos. El contexto importa: la estructura del equipo, las necesidades del negocio, las habilidades actuales de cada persona. Pero tampoco podemos usar esto como excusa para cerrar puertas demasiado deprisa.

Segundo, debemos estar dispuestos a invertir en el desarrollo de nuestro equipo incluso cuando eso signifique algo que puede gustarnos: que nos dejen o cambien de rol. Los caminos verdes no tienen por qué quedarse dentro de nuestra organización. Si creemos en el desarrollo profesional, tenemos que aceptar que a veces la mejor decisión para alguien es explorar un camino que nosotros no podemos ofrecerle. Este es un reto guapo que conviene que tengamos presente, porque las cosas a veces son así.

Tercero, necesitamos revisar este comportamiento nosotros mismos. Tenemos que ser honestos con nosotros mismos y preguntarnos si estamos tomando decisiones activas sobre nuestro propio desarrollo o estamos en piloto automático. Tenemos que dar respuesta honesta a si revisamos nuestros propios caminos verdes o seguimos lamentando los ya cerrados. La coherencia importa porque entre otras cosas somos un espejo, en el cual el equipo se fija.

Los caminos negros ya están cerrados. Los verdes están esperando. Como líderes, nuestra pregunta no es qué debió haber elegido cada persona antes. Nuestra pregunta es cómo creamos las condiciones para que puedan elegir bien ahora.

Y “bien” no significa “perfectamente”. Significa conscientemente, con información suficiente, con apoyo real, y con la libertad de cambiar de rumbo cuando sea necesario.

Porque al final, liderar equipos de diseño no es dictar caminos. Es ayudar a que las personas vean los suyos con claridad y tengan la valentía de recorrerlos.​​​​​​​​​​​​​​​​

Por un 2026 sin excusas y sin amargura

El otro día, mientras cerraba el típico resumen profesional de fin de año, ese que muchos publicamos en diciembre para sacar pecho o hacer balance de facturación y proyectos, me di cuenta de algo que me dejó un poco así. Llevamos años midiendo el éxito con base en lo que otros validan: el cliente, el mercado, los seguidores de turno. Que, en cierto modo, me parece razonable, pero también lo es el no venirse arriba y pisar suelo firme, mancharse los zapatos y pensar que tampoco pasa nada por eso.

Con mis ojeras del 1 de enero y mis mejores deseos para el nuevo año

Me ha apetecido estrenar el año en mi blog personal de otra manera. Sin métricas de vanidad. A tumba abierta.

He estado dándole vueltas a mis objetivos para este 2026. Son personales. No los voy a poner aquí con nombres y apellidos porque, francamente, no le importan a nadie más que a mí. Pero hay algo en ellos que me ha hecho click: dependen enteramente de mi voluntad.

Ni del presupuesto de un tercero, ni de si el algoritmo me trata bien, ni de si el contexto internacional acompaña. Todo eso quizás sirve para los objetivos profesionales, ya os digo que sí. Pero esto es distinto. Si no los cumplo, el único responsable soy yo. Y eso, que a mucha gente le da un pánico atroz, a mí me da paz mental. Básicamente porque significa que tengo el control. Es que es así de simple.

Pero bueno, lo que de verdad me importa no es la lista de tareas, sino el cómo quiero recorrer el camino este año.

Saber lo que uno quiere, y lo que no

Hace poco escribí sobre la amargura y he flipado con la de gente que se ha visto reflejada. Yo el primero. He estado ahí. También he sido esa (mierda de) persona que ha llevado la queja por bandera, que ha mirado lo que hacen los demás con el colmillo afilado y que se ha dejado arrastrar por esa inercia de que todo está fatal.

He identificado el patrón. Y una vez que lo ves, ya no puedes dejar de verlo. Hay muchísima gente operando desde ahí, desde un resentimiento que al final lo único que hace es chuparte la energía. Este año, mi línea roja es esa: alejarme de la amargura y de quienes la llevan como estandarte. No es una cuestión de ser Mr. Wonderful, que ya sabéis que me da alergia, es una cuestión de higiene mental.

Manos a la obra

Para este 2026 he decidido que hay una serie de principios transversales que van a mandar sobre todo lo demás. Cosas que no están en la lista de objetivos, pero que son el suelo que quiero pisar.

Sumar, siempre sumar. No me interesa la crítica que destruye por el placer de destruir. Si no vas a aportar algo que construya, mejor nos tomamos un café y hablamos del tiempo. Ante la duda, bondad. Suena cursi, ¿verdad? Pues me da igual. En un mundo lleno de cínicos, capullos y de gente que va de vuelta de todo, elegir la bondad es un acto de rebeldía.

Voy a doblar la apuesta por quienes lo merecen. Mi tiempo y mi energía son finitos. Voy a poner el resto en la gente que suma, en la que está ahí, en la que aporta valor real. Y dar. Así de simple. Sin esperar el retorno inmediato, sin llevar la cuenta de te debo una.

Al final, este 2026 va de eso. De una responsabilidad individual que asusta un poco pero que libera muchísimo. Pero también de ser generoso porque sí. De entender que, si quiero que mi entorno sea mejor, el primero que tiene que dejar de lado el runrún de la amargura soy yo.

Aquí hemos venido a jugar, pero a jugar limpio y con el corazón por delante. Sin filtros. A ver qué tal se nos da el año. Yo, de momento, empiezo con ganas.

Cuando la mejor interacción es ninguna interacción

Empiezo hoy una serie de posts en los que voy a ir contando las aplicaciones que he ido construyendo a lo largo de 2025 mientras aprendía Vibe Coding. No sé cuántas serán, tengo varias en el cajón, pero creo que merece la pena documentar el proceso porque hay más chicha de la que parece a simple vista.

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Empiezo por What To Wear, que fue una de las primeras y la que más veces he iterado.

La premisa: cero fricción

La idea de esta aplicación surgió de una necesidad cotidiana y muy tonta, casi ridícula: saber qué ponerme antes de salir de casa sin tener que interpretar iconos meteorológicos, porcentajes de precipitaciones o gráficos de temperatura por horas. Quería algo que me dijera, en lenguaje humano sencillo, qué tipo de ropa era razonable para ponerse ese día.

Pero sobre todo quería una cosa: que no hubiera que hacer absolutamente nada. Ni pulsar botones, ni elegir ciudades, ni configurar preferencias. Abres la aplicación y ya está. Eso es todo. Parece sencillo, ¿verdad? Pues ahí está precisamente estaba el reto.

Lo que hay por debajo

Cuando dices “no hay interacción” lo que en realidad estás diciendo es que toda la complejidad te la comes tú como diseñador y desarrollador. De ese modo la aplicación:

  1. Pide acceso a la geolocalización del dispositivo (el único momento en que el usuario tiene que hacer algo).
  2. Conecta con un servicio meteorológico externo para obtener datos en tiempo real.
  3. Procesa esos datos y los almacena en una base de datos para optimizar las consultas posteriores.
  4. Traduce la información meteorológica a recomendaciones de vestimenta, categorizadas por tipo de ropa, no por prendas específicas. Esto es importante: no te digo que te pongas una chaqueta Barbour, te digo que necesitas abrigo ligero. La libertad de elección sigue siendo del usuario.
  5. Detecta condiciones extremas: olas de calor, heladas o tormentas severas y añade recomendaciones de salud cuando corresponde.
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Todo esto ocurre en décimas de segundo. Si tarda, falla. Si falla, no sirve.

Decisiones de diseño que importan

He trabajado bastante el estilo visual para que se parezca a lo que hace 37 Signals con sus productos: limpio, tipografía clara, jerarquía visual evidente, cero adornos innecesarios. La información más relevante como qué tiempo hace y qué ponerte, tiene que entrar por los ojos sin esfuerzo. Como cuchillo en mantequilla.

La localidad en la que está el usuario aparece siempre visible para eliminar la incertidumbre: sabes que la aplicación está funcionando correctamente porque te confirma dónde estás.

Un apunte sobre la decoración navideña: intenté añadir algunos elementos decorativos festivos y, siendo honesto, no me ha convencido el resultado. Pero tiene fecha de caducidad: el 7 de enero desaparece automáticamente, así que lo considero un experimento controlado. A veces iterar también significa saber cuándo has estirado demasiado el chicle y la cosa ha quedado un poco meh.

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Lo que aprendes construyendo producto

Esta aplicación la hice con Lovable, y de lo que más satisfecho estoy es del resultado final como producto terminado. Funciona. No da errores. Hace exactamente lo que promete.

Pero para llegar ahí he tenido que entender y tomar decisiones sobre:

  • Arquitectura de la información: qué mostrar, en qué orden, con qué prioridad.
  • Integración con APIs externas: gestión de errores, tiempos de respuesta, fallbacks.
  • Persistencia de datos: cuándo guardar, cuándo consultar, cómo optimizar.
  • Diseño de interacción (o mejor dicho, de no interacción): anticiparte a lo que el usuario necesita sin preguntarle.
  • Diseño visual: coherencia, legibilidad, jerarquía.
  • Edge cases: ¿qué pasa si no hay conexión? ¿Y si el GPS falla? ¿Y si el servicio meteorológico no responde?

Esto es construir producto. No es sólo maquetar pantallas bonitas ni escribir código que funcione. Es el conjunto de decisiones que hacen que algo sea útil, fiable y, con suerte, agradable de usar.

Iré publicando más aplicaciones de esta serie. Algunas son más complejas, otras igual de simples pero con otros objetivos. Lo que tienen en común es que todas me han obligado a pensar como diseñador de producto, no sólo como alguien que escribe prompts para que una IA genere código.

Porque al final, las herramientas de Vibe Coding aceleran la ejecución, pero el criterio profesional sigue siendo insustituible.​​​​​​​​​​​​​​​​