Hay que recuperar urgentemente el chisme de pasillo

He visto algo que publica Freddy Vega en varios canales que me ha llamado poderosamente la atención. El titular es algo así como que la soledad tiene la capacidad de matar más elevada que beber, la obesidad o el sedentarismo, solamente superada por el hecho de fumar. Esto es demoledor lo miremos por donde lo miremos. Arrollador. Incontestable. Tremendo.

Captura de pantalla de un vídeo de Freddy Vega en Youtube

Independientemente de la discusión acerca de la precisión del dato, esto me ha llevado a acordarme de una interesantísima conversación que tuve con mi socio, Szeran Millo, de Symetria en un seminario al que asistimos juntos en Bangalore, India, acerca del uso de herramientas de inteligencia artificial en el proceso de operaciones de user research este pasado mes de octubre.

Pues bien, en ese contexto Szeran me compartió un estudio que hicieron en Polonia acerca de cómo los profesionales del ámbito del diseño y la experiencia de usuario están experimentando sentimientos y sensaciones vinculadas con la soledad en su desempeño profesional.

Si a eso le sumo algunas experiencias personales/profesionales que he vivido en los últimos años, con compañeros de trabajo, con equipos de mis clientes y con contactos que trabajan en este ámbito, no puedo si no mostrar y escribir aquí acerca de mi preocupación por una problemática que normalmente es silenciosa, pero que empieza a manifestarse con artículos en redes sociales, hablando de los beneficios de parar, de frenar, de compartir un momento complicado, pero con un sustrato que los hace similares: algo no está funcionando bien.

Pero volvamos a Polonia, porque el reporte de Symetria es demoledor. Algunos datos: 

  • La soledad profesional no es un problema marginal, sino una crisis silenciosa que afecta al 82% de los trabajadores del conocimiento en Polonia.
  • Los empleados recurren a la Inteligencia Artificial casi tanto como a sus propios jefes para hablar de dificultades en el trabajo:
    • El 10% habla de sus problemas con la IA.
    • Sólo el 15% lo hace con su supervisor.
    • Esto sugiere que la IA ofrece un espacio seguro, anónimo y sin juicios que los líderes humanos no están logrando proporcionar.
  • A corto plazo, la soledad parece beneficiosa (parece que mejora el foco y la concentración), pero a largo plazo es destructiva (aumenta el estrés, empeora la salud mental y dificulta las relaciones personales).
  • Los líderes sufren una doble soledad: la responsabilidad de tomar decisiones difíciles sin soporte de sus pares y una desconexión de la realidad de sus equipos, por lo que normalmente ven son avatares en lugar de personas. De verdad que me explota la cabeza.
  • Ahora las reuniones son puramente intencionales y no hay charla informal, ni chisme.

Si nos vamos al famoso paper, del que sale el gráfico que comparte Freddy, Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic Review, la conclusión es demoledora: la falta de relaciones sociales (soledad/aislamiento) tiene un impacto en la mortalidad comparable a fumar 15 cigarrillos al día y supera a factores como la obesidad o la inactividad física. Da hasta un poco de miedo, por mucho que el estudio sea de 2010 y esto lo esté escribiendo a finales de 2025.

De hecho en este contexto de 2026, en el que estamos ya entrando, cabría destacar (y esto me lo anoto como gerente y responsable que soy de una empresa que trabaja en remoto) algunas cuestiones de vital importancia en este marco, que toman forma de dos peligros. El peligro de la soledad estructural y el peligro del mito de la conectividad. El informe polaco es un buen ejemplo de cómo esto que se avanzaba en 2010 está sucediendo ahora.

El peligro de la soledad estructural:

  • En el trabajo remoto, eliminamos la estructura social pasiva (el café, el encuentro en el pasillo, el ruido de fondo de compañeros).
  • Si a eso sumamos la sensación de que si no estamos tristes o abatidos es que estamos bien, tenemos un cóctel peligroso. 
  • La falta de roce social diario es un factor de riesgo biológico independiente.
  • No basta con tener reuniones por Zoom (que suelen ser transaccionales, están ligadas a proyectos o a cosas que tenemos que hacer o decidir). 
  • Es necesario diseñar artificialmente interacciones «inútiles» o casuales para recuperar esa estructura perdida.

El mito de la conectividad: 

  • Las herramientas como Slack, Teams o Discord nos dan una falsa sensación de estar conectados.
  • Tener un montón canales de Slack activos no cuenta como integración social si la comunicación es sólo de trabajo.
  • Es más saludable tener 15 minutos de charla real, audio o vídeo, sobre la vida con un colega o compartiendo unos buenos chismes, que 8 horas de chat de texto comentando no sé cuántos temas profesionales.

Y luego hay algo que me parece brutal. Las empresas suelen/solemos tratar de combatir el burnout con medidas que están más en el lado de lo material. La solución la tenemos en la promoción de la socialización.

Es decir, como consecuencia de todo esto, tenemos un panorama en el que hay un diagnóstico acertado porque básicamente estamos cayendo como moscas, pero la solución pasa por promocionar la socialización de manera radical, además de otras medidas que pueden estar muy bien y que ya se están tomando.

Este es un temazo, y como tal, de complejo abordaje. Y de solución sencilla, nada de nada.

Los datos tienen razón, pero no toda la razón

Instagram ha rediseñado su navegación de primer nivel, esa que vemos en la parte inferior. Fuera “Crear” y “Actividad”, dentro “Reels” y “Chat”. Adam Mosseri lo ha dicho clarito: prácticamente todo el crecimiento de la plataforma viene de los DMs, los Reels y las recomendaciones. Y los números parece que le dan la razón: los usuarios pasan alrededor del 50% de su tiempo viendo Reels.

Desde una perspectiva de negocio, la decisión parece clara. Pones a golpe de pulgar lo que la gente más usa. Reduces fricción. Compites con TikTok en su terreno. Perfecto.

Pero aquí viene la parte que me interesa como profesional del diseño UX: los datos te dicen el qué, no el cómo.

Que la gente consumimos más Reels que publiquemos contenido es un hecho. Mirar más que contribuir. Que la gente usemos más los DMs que la pestaña de Actividad también. Lo que los datos no te cuentan es que llevamos años entrenando a los usuarios para que el botón de crear esté en el centro. Se llama memoria muscular. Es un automatismo, un flujo que, aunque menos frecuente, está muy arraigado.

Si rompemos eso, la frustración inicial y el mosqueo del personal no es un fallo atribuible los usuarios. Es una consecuencia directa de esa decisión.

No estoy diciendo que Instagram se haya equivocado. Han hecho A/B testing exhaustivo y tienen datos que justifican el cambio a largo plazo, seguro. Lo que me parece relevante es usar este caso para reflexionar sobre algo que veo constantemente en proyectos de producto: la tentación de dejarse llevar sólo por los datos de uso.

Los datos de comportamiento son descriptivos: nos dicen qué hace la gente. Pero las decisiones de diseño son de otra naturaleza: determinan qué queremos que la gente pueda hacer y cómo. Y ahí entra el criterio profesional, el entender los flujos completos, las expectativas, los modelos mentales que hemos construido con el tiempo.

Un usuario puede pasar el 50% de su tiempo en Reels y aun así mosquearse si no encuentra el botón de crear donde esperaba, porque el tiempo de uso y la satisfacción con la experiencia no son lo mismo.

Indi Young lo explica bien cuando habla de modelos mentales: no diseñamos para funcionalidades aisladas, diseñamos para la experiencia completa de una persona con nuestro producto. Y esa experiencia incluye los hábitos, las expectativas y también la memoria muscular.

¿La lección? Los datos son imprescindibles para tomar decisiones informadas. Pero el contexto, el flujo del usuario, su historia con el producto, sus automatismos, es lo que convierte una decisión informada en una decisión inteligente.

O dicho de otra manera: los datos te dan el mapa, pero necesitas entender el territorio.

Nunca me preocupó tanto un 14%

Me parece alucinante que lo que he visto en redes sociales lo he contrastado en un medio del que me fío. El 14% de los españoles han discutido o han roto alguna amistad por diferencias políticas.

El 14% de los españoles tiene un serio problema con la democracia.

Precisamente se trata de convivir, de cultivar amistades, de trabajar su pervivencia, incluso cuando se piensa diferente, lo contrario, o radicalmente opuesto.

No salgo de mi asombro.

El AI Decisioning y el mito del usuario dispuesto a ceder el control

He leído con mucho interés esta pieza de Good Rebels sobre AI Decisioning. Plantean algo que suena muy moderno: el customer journey lineal está obsoleto, los flujos deterministas han muerto, y el futuro pertenece a agentes autónomos que optimizan en tiempo real. La narrativa es potente y tiene partes que me resultan muy sugerentes.

Me cuadra la crítica al modelo tradicional. Es verdad que el marketing automation ha operado bajo una premisa cuestionable: que el cliente recorre caminos predecibles. Y es verdad que forzar realidades complejas en flujos tipo “si hace A, entonces B” genera saturación e irrelevancia. Hasta aquí, de acuerdo.

También me parece interesante la anatomía que describen: la convergencia entre el “cerebro” (aprendizaje por refuerzo) y el “músculo” (IA generativa). Tiene sentido conceptual.

Pero hay cosas que me chirrían un poco.

El feedback instantáneo no es tan limpio

El artículo plantea que la reacción del usuario actualiza los pesos de la red neuronal al momento. Aquí quiero puntualizar que hay que leer el artículo original para entender esta cuestión. Si una oferta deja de convertir a las 10:05, el sistema deja de enviarla a las 10:06. Suena elegante, pero la realidad del comportamiento es más sucia.

Las acciones del usuario no siempre responden a intención consciente y deliberada. A veces hay errores. A veces hay curiosidad que no implica interés real. A veces hay contextos que el sistema no puede capturar. Interpretar cada señal como dato válido para optimización puede generar ruido, no conocimiento accionable.

La hipótesis del usuario que cede el control

Aquí es donde tengo más reservas. Cualquier discurso que asuma que los usuarios van a aceptar que un artefacto tome decisiones por ellos me genera precaución. No porque sea imposible, sino porque el trabajo de campo que llevamos haciendo los últimos dos años muestra precisamente un escenario no alineado con esa hipótesis.

Lo que encontramos, una y otra vez, es resistencia, desconfianza, la necesidad de entender qué está pasando y por qué. Los usuarios quieren control, o al menos la ilusión de tenerlo.

Que nadie dé con la tecla es parte del proceso

Los intentos de las grandes firmas en marketing automation, incluido el Agentforce de Salesforce que menciona el artículo, son reacciones normales ante un cambio de paradigma. Que el mercado se muestre escéptico, que las acciones sufran, que nadie termine de acertar… todo eso debería considerarse parte del proceso, no un fracaso.

Ninguna solución genérica es la buena en este momento. Y menos cuando hablamos de algo tan profundo como la autonomía en la toma de decisiones.

El journey lineal no ha muerto

De hecho, en un estudio de investigación con usuarios que estamos trabajando ahora mismo en el marco de una consultoría estratégica, lo que descubrimos es que el journey lineal sigue siendo piedra angular de muchas decisiones. Estamos hablando de un journey de máximos, sí, pero donde el componente lineal tiene importancia capital porque es previsible, es esperable, y sobre él se depositan expectativas nucleares.

Los usuarios buscan hitos. Quieren saber dónde están y hacia dónde van. La previsibilidad no es limitación sino que es estructura cognitiva que reduce ansiedad. Eso es un facto, como diría la chavalería.

Puedo comprar que a nivel micro la decisión sea agéntica. Pero eso todavía está por ver. Y mientras tanto, construir estrategias sobre hipótesis no validadas es un riesgo que no todo el mundo puede permitirse.

No digo que el AI Decisioning no tenga futuro. Probablemente lo tenga. Pero el discurso que presenta la IA como el nuevo paradigma definitivo, donde las marcas que “sigan dibujando flujos competirán en desventaja”, me parece prematuro.

En UX llevamos décadas aprendiendo que la tecnología no determina el comportamiento. Lo facilita, lo modifica, a veces lo amplifica. Pero el usuario tiene la última palabra. Y esa palabra, de momento, sigue pidiendo claridad, control y previsibilidad.

Las herramientas cambian. Los principios del comportamiento humano, bastante menos.

El día que lo cambió todo estaba durmiendo en un colchón de aire

Colchón de aire y contrato que lo cambió todo

Estaba subiendo una foto a Flickr y me salió una descripción, quizá un poco épica, pero bastante cercana a la realidad. Decía algo así como: el día que cambió todo estaba durmiendo en un colchón de aire, en una habitación vacía en una casa nueva, a punto de empezar una mudanza. Y era cierto.

A veces puede resultar paradójico el hecho de estar viviendo uno de los momentos más dulces desde la perspectiva profesional, mientras desde un plano personal se está en un plano donde la incomodidad es la nota predominante. Pero cuidado, es una incomodidad transitoria porque estoy hablando de una mudanza, no de algo más profundo, serio o de impacto.

La cosa es que echando la vista atrás, que es algo que se suele hacer cuando se encara la última parte del mes de diciembre, me ha parecido bastante paradójico darme cuenta de eso, de que el día que estuve firmando un contrato con un cliente que lo cambió todo en mi empresa, estaba durmiendo en un colchón de aire porque al día siguiente tenía que gestionar una mudanza en un tiempo récord y con la mayor dimensión de todas las mudanzas que he hecho en mi vida.

Una muestra más de que uno nunca sabe, de que las cosas a veces no son lo que parecen y en general de la fragilidad de las apariencias.

Crónica de un fracasado con éxito: Txarly Brown

Ayer fui con mi amigo Lizano a la presentación del último libro de Txarly Brown en Zaragoza y, si os soy sincero, esperaba una charla sobre diseño gráfico y música jamaicana. Lo que nos encontramos fue una clase magistral de supervivencia creativa, honestidad brutal y una reivindicación del fracaso como estilo de vida.

Txarly Brown no es un tipo normal y tampoco es un desconocido para nosotros, ni mucho menos.. Es una enciclopedia con patas de la subcultura catalana y española de los últimos 35 años, diseñador de portadas icónicas (especialmente en la escena ska y rumba), coleccionista compulsivo y, según él mismo, un dinosaurio tecnológico. Su libro, Grandes fracasos, no es una biografía al uso, y su presentación tampoco lo fue.

Aquí os dejo lo que, para mí, define a este personaje inclasificable tras escucharle hablar sin filtros.

Lo primero que me chocó fue algo así como la motivación del libro. Y he de reconocer que eso me enganchó (el ambiente al principio de la presentación era más frío que otra cosa, la verdad). No hay ego de artista, hay paternidad. Txarly contó que cuando su hijo cumplió 20 años y abandonó el nido, se encontró con un vacío existencial. Su hijo había crecido en un Ford Fiesta del 85 escuchando cintas de casete de los Amaya y Kiko Veneno como si fueran el MCU de Marvel, pero Txarly compartió que de alguna manera sintió la necesidad de cerrar etapas.

El libro es, básicamente, una carta larga (escrita en formato de mensajes de WhatsApp, sin palabras raras ni pretensiones literarias) para explicarle a su hijo quién demonios ha sido su padre antes de que se muera y solo quede una entrada fría en Google. Fue una historieta muy bien contada, con una alta carga emocional disfrazada de gamberrismo y palabrotas.

El título, Grandes fracasos, no es falsa modestia. Es una filosofía. Txarly nos explicó que el éxito es peligroso y estresante. Recordó anécdotas de clientes suyos que pasaron de llenar plazas de toros y petarlo, a tocar en garitos para 50 personas, gastándose la pasta en psicólogos para gestionar semejante transición.

Contó que prefiere definirse como una colección de micro-fracasos que, sumados, le han permitido vivir de lo que le gusta durante tres décadas y media. No tiene Discos de Oro ni Grammys, pero ha hecho 500 portadas y sigue en la brecha. «Soy un fracasado que ha podido vivir toda la vida de esto». Y qué queréis que os diga, me pareció la definición más sana de éxito que he oído en años. Honesta, sin filtros (literalmente, porque el diccionario de Txarly, por momentos, es hilarante) y brutal.

Esta parte, como digo, fue hilarante. En el contexto de un mundo obsesionado con la última actualización de Adobe y la IA, Txarly se plantó allí a confesar que trabaja con Freehand 8.0 (millenials y zetas: es un programa ya extinto) en un ordenador de 2008 que no puede conectarse a internet. He de reconocer que en ese momento la conversación corrió un serio riesgo de decantarse por lo que yo llamo mal envejecer, pero, afortunadamente, no fue así.

Es por eso que esta esta es la parte que más me fascinó. Conto que tiene ocho ordenadores antiguos guardados en armarios por si uno se le quema o se le rompe. Se niega a pagar suscripciones de software y se ríe de la obsolescencia programada. Es un artesano digital que diseña tipografías tomando como modelos rótulos viejos que ve por la calle porque le aburre la perfección de las nuevas helvéticas (ahí nos reímos todos mucho). Su método es el caos ordenado: lo guarda todo, fecha todo (aprendió a poner el año en los carteles a base de broncas) y su archivo es su memoria. Detrás de una interfaz llena de referencias de los 90s, palabrotas que adornan todo el discurso y anécdotas desternillantes de las noches barcelonesas y donostiarras, se esconde una pequeña Wikipedia de la subcultura ibérica que bien haríamos en reconocer.

Txarly contó algo propio de los genios o de los inconscientes: no tiene portfolio. Nunca lo ha tenido. La gente le contrata porque sabe quién es o porque él se enamora del proyecto. Si un grupo le gusta, les hace la portada, a veces cobrando en jamones o cenas.

Nos contó una anécdota tremenda de los 90s: por un despecho amoroso (una chica le rechazó por su compañero de piso y socio), robó un fax con la contratación del grupo The Breeders y se lo pasó a la competencia. Eso le costó ser desterrado de su casa y perder amigos en Barcelona, lo que le llevó a refugiarse los fines de semana en Donosti, convirtiéndose en un puente cultural entre ambas ciudades. «La lié, pero no hago nada conscientemente, soy un puto inconsciente». Es un genio.

Escucharle hablar de sus ídolos musicales es una mezcla de fanatismo y realidad cruda. Contó cómo trajo a Laurel Aitken (padrino del Ska) a España cuando nadie sabía quién era, recogiéndolo en un Ford Fiesta destartalado, o cómo acompañaba a Dr. Calypso cuando casi no sabían tocar. También habló de la decepción de conocer a leyendas como Prince Buster y descubrir que eran unos cretinos, aunque su música fuera genial.

Salimos de la presentación con la sensación de haber conocido a un superviviente. Eso sí, José Luis y yo antes de salir fuimos a saludarle porque Txarly colaboró durante la última etapa de la revista Ciclo, que a finales de los 90 ocupaba nuestro primer intento emprendedor. Txarly Brown diseña pósters para Metallica y Lady Gaga (trabajos alimenticios que pagan facturas) para luego poder dedicarse a diseñar discos para grupos jamaicanos que le pagan 100 euros.

Su libro promete ser eso: no una lección de diseño, sino una lección de vida de alguien que ha decidido que, si va a fracasar, lo hará a su manera, con su propia música y, por supuesto, usando Freehand 8.0.

Si tenéis la oportunidad de leer Grandes Fracasos, hacedlo. Aunque sólo sea para entender que, a veces, el plan B es mucho más divertido.

Dos vectores que están destrozando la experiencia de usuario

Llevo un tiempo observando cómo muchas aplicaciones y servicios digitales van perdiendo aquello que las hacía útiles, diferentes o simplemente agradables de usar. A finales de 2025 esto ya no es una sensación: es un patrón que podemos identificar y nombrar. Y lo que me parece más preocupante, tiene causas muy concretas que lejos de atajarse parecen campar a sus anchas.

Hay dos procesos que convergen para crear una tormenta perfecta contra la experiencia de usuario. Ninguno de los dos es nuevo, pero su combinación está resultando demoledora.

Vamos a mojarnos, que para eso he montado esto.

La mierdificación

El término es feo, lo sé. Pero describe muy bien lo que está pasando. Ale Muñoz lo usaba hace poco para explicar cómo Front, una herramienta que le encantaba para gestionar el soporte, se había transformado en “una herramienta genérica de helpdesk”. De algo específico, bien pensado y con un propósito claro, a algo hinchado y difuso.

Es un patrón que vemos en todas partes. Las aplicaciones se van llenando de funcionalidades que ya no es que no sean básicas, sino que directamente no son necesarias, son accesorias. Si faltaba alguien por unirse a la fiesta, se mete inteligencia artificial con calzador, sin que aporte valor real al usuario, simplemente porque hay presión por tener IA en el producto o porque se quiere molar o por lo que sea (no me quiero adelantar). Se diseñan mecanismos de enganche (hookers) que buscan atrapar usuarios y disparar la fricción de migración. El objetivo ya no es resolver mejor el problema del usuario, sino secuestrarlo.

La aplicación que empezó siendo simple y con una función concreta bien resuelta termina convertida en un monstruo que intenta hacer de todo y no hace nada especialmente bien. Y lo peor: el usuario que llegó por aquella primera propuesta de valor se ve secuestrado de mala manera en algo que ya no reconoce, pero de lo que no puede salir fácilmente porque sus datos, su historial, sus integraciones están ahí dentro.

Es que todo el mundo lo hace

No me quería adelantar. El segundo vector es todavía más hilarante. Jeremy Keith lo explicaba ayer mismo con ejemplos muy reconocibles: desde los carruseles en páginas de inicio hasta los banners de cookies, pasando por decisiones técnicas cuestionables como hacer una SPA con React para una web que no lo necesita.

La frase “everyone else is doing it” (o su equivalente en castellano, “es que todo el mundo lo hace”) se ha convertido en sustituto de cualquier tipo de análisis o responsabilidad. Keith recuerda los intros de Flash: todo dios sabía que eran molestos e innecesarios, pero todo el mundo los ponía. La solución no fue eliminarlos, sino añadir el famoso enlace de “skip intro” que tenía un 100% de clics. Así cualquiera.

Es francamente deprimente ver cómo esta lógica sigue funcionando igual veinte años después. Cuando una decisión de diseño o de negocio se justifica únicamente porque “los demás lo hacen”, estamos renunciado al criterio profesional. Estamos dejando de preguntarnos si tiene sentido para los usuarios, para el contexto y para el producto. Un desastre.

La combinación es tóxica

Cada uno de estos dos vectores por separado ya es problemático. Pero cuando se combinan, el resultado es devastador para la experiencia de usuario.

Por un lado, la mierdificación va hinchando los productos con funcionalidades innecesarias y mecanismos de captura (secuestro más bien) del usuario. Por otro, esas decisiones se justifican con el “todo el mundo lo hace”, lo que impide y pone freno a cualquier reflexión crítica. El resultado es una carrera cuesta abajo donde todos los productos van convergiendo hacia el mismo modelo deformado, genérico y hostil con el usuario. Estoy haciendo esfuerzos para no decir eso de la convergencia hacia una mierda.

Lo que se pierde en el camino es precisamente aquello que hacía valiosos y deseados a esos productos: un propósito claro, su simplicidad, su capacidad de resolver un problema concreto de una forma correcta y eficaz.

Qué podemos hacer

Ante esta realidad, quienes trabajamos en experiencia de usuario tenemos la responsabilidad de plantear alternativas. Y desde mi punto de vista pasan por tres ejes fundamentales.

Hacer investigación con usuarios. No como un trámite ni como una validación de decisiones ya tomadas, sino como una práctica honesta para entender qué necesitan realmente las personas que usan nuestros productos. La investigación es el antídoto contra el “todo el mundo lo hace”, porque nos obliga a mirar a nuestros usuarios, no a lo que hacen los demás.

Aumentar el nivel de madurez UX de las organizaciones. Muchas de estas decisiones se toman porque no hay criterio ni estructura para cuestionarlas. Cuando UX es sólo un departamento que “pone bonitas las pantallas”, no tiene capacidad de influir en decisiones estratégicas. Necesitamos organizaciones donde la experiencia de usuario sea un criterio de negocio, no una capa de maquillaje. Y eso también necesariamente pasa por contar con referentes en el liderazgo en diseño.

Asegurar una buena formación de los equipos. Y no me refiero sólo a formación en herramientas o metodologías, sino en criterio profesional. Equipos que sepan argumentar por qué una funcionalidad no debe añadirse, que entiendan las implicaciones de las decisiones de diseño, que tengan la capacidad de decir “no” cuando corresponde.

No es un problema que se resuelva con una checklist ni con una herramienta nueva. Es un problema de cultura, de criterio y de responsabilidad profesional. Y si algo podemos hacer quienes trabajamos en esto, es no quedarnos callados cuando vemos estas dinámicas en marcha.

La cara B de las herramientas de User Research

He de reconocer que a veces no salgo de mi asombro cuando pongo la brújula en el lugar correcto y ésta me indica la dirección por la que debería ir mi preocupación profesional.

En este caso estoy hablando de la estrategia de compra, mantenimiento y uso de herramientas para llevar a cabo las tareas de User Research en el Estudio. Esto viene a colación de una discusión muy reveladora que he visto en Reddit a partir de una queja bastante explícita de lo que podemos denominar un usuario cabreado.

Lo interesante del asunto es que esta queja ha animado a más profesionales del ramo a compartir sus lamentos, sus decepciones y lo poco que les gusta el panorama de herramientas que nos está ofreciendo actualmente el mercado. Y eso es lo que me ha parecido revelador.

El otro día escribía acerca del nivel de madurez de cliente y proveedor cuando se trata de dirimir la cuestión de cómo diseñar la estructura del equipo de User Research. Hoy me temo que voy a tener que apelar a lo mismo a la hora de dilucidar la forma en la que gestionamos las decisiones de compra, mantenimiento y utilización de herramientas en el seno del equipo de trabajo.

Si vamos a lo concreto, en la discusión a la que hago referencia, hay quejas bastante explícitas al respecto de temas muy concretos:

  • Carencia de funcionalidades básicas
  • Fragmentación grave del flujo de trabajo
  • Una mala experiencia de usuario

Estos temas son los que parecen suponer el arranque del cabreo de un sector de profesionales. Pero claro, si esto quedase aquí podríamos hablar de que se trata de una cuestión en la que hay abundantes elementos de juicio subjetivos. Sin embargo, si nos vamos a ver las causas origen que hay debajo, a mí el tema me preocupa un poco más, porque le veo ciertos visos de realidad.

Según he podido deducir de la conversación y los diferentes cabreos entrelazados, hay una causa origen general que está basada en decisiones de negocio y no tanto en decisiones tecnológicas. Por ejemplo, hablar de democratización de la investigación implica que se baja mucho la vara en las exigencias técnicas para que casi cualquier perfil pueda utilizar las herramientas de User Research. Esto alejaría a los profesionales experimentados y a los profesionales de nicho, abriendo la puerta a nuevas audiencias, que, desde una perspectiva de negocio puede ser interesante, en detrimento de la calidad del software.

Si nos vamos a analizar los orígenes vinculados con el negocio en relación a cómo se desarrollan las herramientas, pues parece que también este vector relacionado con el business sería el que guiaría el roadmap del software. Una nueva vuelta de tuerca, en principio, para cabrear a los usuarios de nicho, a los profesionales del User Research, que no encontrarían los elementos que satisfarían sus expectativas.

Y por último, tendríamos al protagonista de turno, ese que en 2025 y probablemente en 2026, continuar siendo protagonista en muchos aspectos de la vía digital: el fenómeno de la enshittification (mierdificación). No hay ni que explicarlo, porque se explica solo.

El sentimiento general con el que me he quedado al leer todo el hilo es de frustración y resignación. Los profesionales parecen sentirse atrapados en algo así como una edad oscura de la investigación con usuarios en sus propias herramientas y parecen sentirse obligados a justificar gastos no menores por software que funciona peor que las soluciones de hace una década, mientras luchan por mantener el rigor científico en un entorno que prioriza la velocidad y una democratización superficial.

Pues el tema tiene mucho rollo. El diagnóstico que en primera instancia me atrevo a compartir es que el grado de madurez, como decía el otro día, es diferencial. Hacer un esfuerzo en generar un stack de herramientas propio y personalizado para un equipo suficientemente maduro, es la solución que mejor resultados devuelve y la que es más sostenible. Es más difícil, más complejo, más laborioso y se necesita de mayor grado de madurez.

Nadie dijo que todo esto fuera fácil.

Zaragoza, el pacto y la llave maestra

Hoy he tenido sesión de trabajo con mis socios de DANOK. La hemos hecho en Zaragoza y consencuencia de ello hemos sido los anfitriones. Nos tocaba. Lo cuento aquí, en mi blog personal, porque al final es el sitio donde dejo estas cosas que me rondan la cabeza y porque, honestamente, he flipado bastante (spoiler: para bien).

A ver, pongámonos en situación. Estamos hablando de un proyecto donde hay que alinear los intereses de nueve compañías. Se dice pronto. Sobre el papel, esto tiene todos los ingredientes para ser un dolor de muelas: conversaciones infinitas, intereses cruzados y el riesgo casi constante de algún desencuentro. Lo fácil, lo habitual en estos casos, es que la cosa se encalle por cualquier tontería.

Pero hoy ha pasado algo diferente.

En medio del debate, alguien ha soltado una propuesta. Me vais a permitir que no lo detalle porque eso queda para nosotros, y además mis socios probablemente me darían una colleja si lo cuento por aquí. No ha sido una propuesta cualquiera; ha funcionado como una llave maestra. De repente, se han abierto puertas que llevaban cerradas ni se sabe y se han desencallado conversaciones que no llevaban a ninguna parte. Es que funciona. Es que cuando das con la tecla, todo fluye.

Y esto me lleva a un temazo sobre el que llevo tiempo reflexionando: el compromiso real.

No estoy hablando de cumplir horas ni de quedar bien en la foto. Hablo de la aportación desinteresada de atención, tiempo y trabajo duro cuando quieres echar a rodar algo que realmente merece la pena. Es entender que el ecosistema es un valor en sí mismo. Pero para eso hay que dar. Dar antes de esperar recibir. Dar como forma de pertenencia.

En DANOK tenemos una cosa clara: somos una organización que, cuando las cosas se ponen feas, no tiene miedo a las conversaciones difíciles. Hablamos claro. Y si hay que estar en desacuerdo, se está. A la cara y sin filtros. Porque la única forma de avanzar en entornos complejos es poner los problemas encima de la mesa, por muy jodido que sea el tema.

Y ojo, que el escenario importa. Hacer esto en Zaragoza no ha sido casualidad. De alguna forma pienso que estar en Aragón tiene mucho que ver. Esta es una tierra donde el pacto es algo histórico, algo que nos caracteriza. La convivencia entre distintos, pero siempre desde el respeto como iguales.

Hoy he visto esa madurez en el equipo. He visto cómo hemos gestionado la diferencia para construir algo sólido. Y me he vuelto a casa (en bici) pensando que, cuando hay confianza y el equipo entiende de qué va la vaina, es arrollador. O cuando menos, tiene un punto que genera una confianza muy potente.

Ha sido una jornada muy clarificadora. Me ha hecho aprender y me ha confirmado que estamos en el lugar correcto con las personas adecuadas. En la foto no estamos todos los que somos. Me los he llevado a comer a La Bodega de Chema, y ahora todos me dicen que les ha encantado, jeje.

Ir con Excel debajo del brazo

Ha caído en mis manos un artículo en el que se explica algo que podríamos denominar un borrador de la historia de Microsoft Excel. Me ha parecido tan bueno que no he podido evitar revisar entre líneas algunos aprendizajes tanto de producto como de experiencia de usuario.

He flipado bastante, con aprendizajes del tipo cómo dejar que la gente haga lo que necesita, enseñar avances con transparencia, entender que aprendemos por capas, considerar el ecosistema como un valor en sí mismo y confiar en que el diseño de lo posible es más importante que el diseño de lo deseable. Es que funciona. Es que les ha funcionado. Es que es arrollador. Ni tan siquiera Google ha conseguido batirles con las Spreadsheets.

Si nos vamos a la parte más de diseño, también me ha parecido flipante, observar y constatar cómo entender que resolver necesidades que importan al usuario está muy por encima de otras consideraciones. Hoy mismo tengo un debate LinkedIn bastante intenso al respecto. Me genera también algún pensamiento contradictorio y el hecho de que diseñar los costes de migración puede ser altamente rentable, aunque pueda ser cuestionable, según como se conciba. Un buen ejemplo de esto puede ser que cada macro que genera el usuario, sostenida en el tiempo, y desde una perspectiva acumulativa, genera dependencia y hace que te lo pienses dos veces ante cualquier tentación de migración. Ese es un temazo.

En fin, que me ha parecido un artículo muy chulo, que me ha hecho aprender y me ha dado que pensar.