Por momentos me guardo las ganas de escribir esto. Y por momentos, como ahora, no puedo guardármelas porque necesito soltar una idea que me ronda la cabeza día sí y día también.
Imaginad que alguien llama a la puerta de vuestra casa. No le conocéis. No le habéis invitado. Pero insiste en que le abráis porque tiene algo que os interesa, que lo necesitáis, y que os lo va a dar porque hoy es vuestro día de suerte. Si eso pasara en la vida real, diríamos devesa persona que tiene una tuerca suelta.
Pues bien, algo parecido sucede cada día en mi bandeja de entrada.

No sé si es el último bootcamp de ventas, el último coach que ha descubierto el fuego, o las plantillas milagrosas que circulan por ahí. El caso es que recibo correos de gente que no sé de dónde ha sacado mi dirección, que incumple con alegría toda la legislación europea de privacidad habida y por haber, y que tiene la desfachatez de recriminarme que no le conteste. Que estoy ignorando la oportunidad de mejorar mis ventas. O de hacer más feliz a mi equipo. O de escalar mi negocio. Ponga usted aquí la promesa que quiera. Manda huevos.
Lo peor no es el spam. El spam tiene la decencia de no tomárselo a personal. Lo peor es el tono. Ese tono de te estoy haciendo un favor y tú no te enteras. Ese seguimiento agresivo disfrazado de persistencia. Esos correos de veo que no has abierto mi anterior mensaje como si mi silencio fuera un error que debo corregir.
No. Mi silencio es mi respuesta.
Llevo quince años con mi empresa. Nadie que me conozca mínimamente pensaría que lo que necesito es que un desconocido me diga cómo vender mejor o cómo gestionar a mi equipo. Y aunque lo necesitara, no sería a través de un correo no solicitado, escrito con una plantilla, enviado en masa, y que viola sin pestañear las normas más básicas de respeto profesional.
Esto no va de ser antipático; quizá ese grado de avinagramiento, me acompañó en tiempos pasados pero no ahora, en ningún caso. Va de poner las cosas en su sitio. Si quieres venderme algo, gánate el derecho a mi atención. Aporta antes de pedir. Conoce a quién le escribes. Respeta que el no también es una respuesta.
Y si todo eso te parece demasiado esfuerzo, quizá el problema no sea que yo no te haga caso. Quizá el problema sea tu método.
En estos casos me gustaría poder enviar un GIF como respuesta, pero las normas de urbanidad que me autoimpongo me lo impiden.
Te doy permiso para contestar siempre con Don Labordeta. 🙂 me ha encantado «mi silencio es mi respuesta». 🙂
Fíjate que siempre me pareció una estrategia equivocada responder con el silencio. Pero es cierto que hay contextos en los que no hay, o yo no encuentro, alternativa.
OLÉ!