No sé a vosotros, pero a mí el mundo últimamente me tiene un poco saturado. Abres cualquier red social o pones las noticias y lo que te encuentras es un ruido constante, un caos que parece que no descansa ni en festivos. Hoy puede ser un ejemplo estupendo de esto. Precisamente por eso, he decidido que este año, que ya viene cargadito de planes en mi lista, necesito algo que me saque de aquí sin necesidad de pasar por el control de seguridad de un aeropuerto.
Tengo una espina clavada desde 2025: leer Cien años de soledad. Se me quedó ahí, en la lista de tareas pendientes, mirándome de reojo mientras pasaban los meses. Pero hoy, con todo lo que está cayendo, el cuerpo me pide Macondo a gritos.
¿Por qué ahora? Pues porque creo que el realismo mágico es la única forma lógica de mirar de frente a una realidad que, honestamente, a veces no hay por dónde cogerla.
Objetivos y propósito
Este año me he propuesto objetivos muy claros: bajar a los 85 kg, viajar a Varsovia o Budapest y, sobre todo, defender mis fines de semana a capa y espada, entre otros. Ahí es donde entra García Márquez. No quiero leerlo por postureo ni por tachar un clásico de la lista. Quiero leerlo porque necesito un sitio donde las mariposas amarillas sean más importantes que la última crisis geopolítica.
Dicen que en Macondo el tiempo no pasa, sino que da vueltas en círculo. Y yo, que ando ahora obsesionado con organizar mis semanas en Armillas o Madrid y con no seguir no trabajando en festivos, creo que necesito esa pausa. Quizás perderse entre tantos Aurelianos y Josés Arcadios sea la mejor manera de encontrarse un poco de calma entre tanto algoritmo y tanta prisa.
Así que, si me veis un poco ausente los próximos sábados, ya sabéis dónde estoy. No me busquéis en el móvil; estaré intentando descifrar el árbol genealógico de los Buendía, buscando un poco de esa magia que a este mundo le empieza a hacer falta de forma urgente.
Al final, si la realidad se pone fea, siempre nos quedará la ficción. Y si es de la buena, mejor.