El síndrome del impostor no desaparece con los años. Aprendes a convivir con él.

Pongamos en la situación verosímil. Llevas décadas trabajando en tu campo. Tienes proyectos, clientes y reconocimiento. Gente que te cita, que sigue tu trabajo y que va a escucharte. Aun así, antes de entrar a una reunión importante, antes de subir a un escenario, hay ese momento: la boca seca, el corazón acelerado y la maldita voz interior que te susurra ¿y si no estoy a la altura?

Ilustración del magnífico Hugo Tobio

Eso tiene nombre: síndrome del impostor. Y lo que nadie te dice es que los años de experiencia no lo eliminan. Lo que cambia, si trabajas en ello, es tu relación con él.

La trampa de creer que los expertos no tienen miedo

Hay una imagen bastante extendida del profesional senior que entra a cualquier sala con total seguridad, sin dudas y sin nervios. Dominando y controlando la situación. Bien, permitidme estropear la foto. Es una ficción. Lo que distingue a alguien con trayectoria no es la ausencia de inseguridad, sino la capacidad de actuar a pesar de ella. Y ese escenario es totalmente distinto.

El síndrome del impostor no es señal de incompetencia. Además podemos constatar, la investigación sugiere lo contrario: quienes lo experimentan con más intensidad suelen ser personas con altos estándares, muy conscientes de lo mucho que aún no saben. Es el precio de seguir aprendiendo.

Lo que sí puedes cambiar

La primera palanca es cognitiva: distinguir entre el miedo al fracaso y la evidencia real de tu trayectoria. Cuando la voz interna te dice no eres suficiente, vale la pena preguntarle: ¿en qué se basa eso? ¿Qué datos tienes? Normalmente, los datos apuntan en la dirección contraria. Esa es una primera señal.

La segunda palanca es conductual: actuar antes de sentirte preparado del todo. La confianza no llega esperando a tenerla sino que más bien llega actuando. Cada presentación, cada propuesta que defiendes, cada conversación difícil que afrontas, es una pequeña prueba que actualiza la imagen que tienes de ti mismo.

La tercera palanca, y quizás la más subestimada, es la del contexto. El síndrome del impostor se alimenta del aislamiento: creer que eres el único que siente esto. Parece claro que hablar con colegas de confianza sobre estas inseguridades suele ponernos sobre el espejo de que son universales.

Una paradoja que vale la pena sostener

Cuanto más sabes de algo, más ves lo que no sabes. Eso puede leerse como debilidad, o puede leerse como precisamente lo que te hace valioso: tienes la madurez suficiente para comprender la complejidad real de tu campo.

La humildad que nos hace conscientes de esa conciencia de los propios límites, no es lo contrario de la competencia. Es una forma sofisticada de ella.

Lo que me ha funcionado a mí

Antes de una situación de alta exposición, me ayuda recordar el recorrido, no el destino. No ¿soy suficientemente bueno para esto?, sino ¿qué he hecho que me ha traído hasta aquí? La respuesta, cuando eres honesto contigo mismo, casi siempre es más sólida de lo que el síndrome del impostor quiere que creas.

Y luego, sencillamente, también hay una cuestión de tomar la decisión de empezar. Porque una vez que empiezas, el miedo se transforma en algo más manejable: presencia, atención, energía. Los primeros segundos son los más duros. Lo que viene después suele ser lo que sabes hacer.

Esto que parece por momentos un manual de autoayuda, está basado en la experiencia personal de este que escribe. Quizá hablar en tercera persona es un escudo protector de la inseguridad que aún queda, incluso por reconocerlo.

Publicado por

torresburriel

Llevo más de 20 años trabajando en diseño digital e investigación con usuarios. Soy CEO de Torresburriel Estudio, miembro español de UXalliance, presidente de UXPA Spain y autor de tres libros sobre diseño digital.

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