Hoy he tenido sesión de trabajo con mis socios de DANOK. La hemos hecho en Zaragoza y consencuencia de ello hemos sido los anfitriones. Nos tocaba. Lo cuento aquí, en mi blog personal, porque al final es el sitio donde dejo estas cosas que me rondan la cabeza y porque, honestamente, he flipado bastante (spoiler: para bien).
A ver, pongámonos en situación. Estamos hablando de un proyecto donde hay que alinear los intereses de nueve compañías. Se dice pronto. Sobre el papel, esto tiene todos los ingredientes para ser un dolor de muelas: conversaciones infinitas, intereses cruzados y el riesgo casi constante de algún desencuentro. Lo fácil, lo habitual en estos casos, es que la cosa se encalle por cualquier tontería.
Pero hoy ha pasado algo diferente.
En medio del debate, alguien ha soltado una propuesta. Me vais a permitir que no lo detalle porque eso queda para nosotros, y además mis socios probablemente me darían una colleja si lo cuento por aquí. No ha sido una propuesta cualquiera; ha funcionado como una llave maestra. De repente, se han abierto puertas que llevaban cerradas ni se sabe y se han desencallado conversaciones que no llevaban a ninguna parte. Es que funciona. Es que cuando das con la tecla, todo fluye.
Y esto me lleva a un temazo sobre el que llevo tiempo reflexionando: el compromiso real.
No estoy hablando de cumplir horas ni de quedar bien en la foto. Hablo de la aportación desinteresada de atención, tiempo y trabajo duro cuando quieres echar a rodar algo que realmente merece la pena. Es entender que el ecosistema es un valor en sí mismo. Pero para eso hay que dar. Dar antes de esperar recibir. Dar como forma de pertenencia.
En DANOK tenemos una cosa clara: somos una organización que, cuando las cosas se ponen feas, no tiene miedo a las conversaciones difíciles. Hablamos claro. Y si hay que estar en desacuerdo, se está. A la cara y sin filtros. Porque la única forma de avanzar en entornos complejos es poner los problemas encima de la mesa, por muy jodido que sea el tema.
Y ojo, que el escenario importa. Hacer esto en Zaragoza no ha sido casualidad. De alguna forma pienso que estar en Aragón tiene mucho que ver. Esta es una tierra donde el pacto es algo histórico, algo que nos caracteriza. La convivencia entre distintos, pero siempre desde el respeto como iguales.
Hoy he visto esa madurez en el equipo. He visto cómo hemos gestionado la diferencia para construir algo sólido. Y me he vuelto a casa (en bici) pensando que, cuando hay confianza y el equipo entiende de qué va la vaina, es arrollador. O cuando menos, tiene un punto que genera una confianza muy potente.
Ha sido una jornada muy clarificadora. Me ha hecho aprender y me ha confirmado que estamos en el lugar correcto con las personas adecuadas. En la foto no estamos todos los que somos. Me los he llevado a comer a La Bodega de Chema, y ahora todos me dicen que les ha encantado, jeje.

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